Wolfram Seifert falleció a los 79 años en Palma. El veterano director del principal semanario en alemán marcó la vida pública de la isla durante décadas.
Wolfram Seifert ha fallecido: Una vida dedicada al público de habla alemana en la isla
En Palma, en la Clínica Rotger, se cerró anoche un largo capítulo: Wolfram Seifert falleció a los 79 años tras una breve y grave enfermedad. La noticia encontró pronto su camino por cafés y bares de tapas: se escuchó en la calle Sant Miquel, al pasar por el Passeig y en un espresso cerca del puerto. Para muchos aquí fue un rostro conocido.
Seifert vivió durante décadas en la isla y fue algo más que un editor: fue un punto de encuentro de la comunidad de habla alemana, alguien a quien se acudía para pedir consejo, conseguir un trámite en la administración o simplemente para charlar de paso. Su esposa Petra estuvo a menudo a su lado; juntos aparecían en recepciones, exposiciones y en los actos de despedida de diversas figuras del panorama insular.
Profesionalmente, Seifert inició su camino en la prensa de la República Federal de Alemania, antes de aceptar a principios de los años ochenta la propuesta de hacerse cargo de la redacción de un semanario en alemán en Mallorca. Lo que comenzó como un proyecto modesto lo transformó en un medio que se convirtió en fuente fiable de información para residentes y turistas. De una tirada inicial de pocos miles de ejemplares fue creciendo, y con el interés por la isla aumentaron el volumen y las páginas de sus ediciones.
Bajo su dirección, el periódico se convirtió en una guía para recién llegados, un orientador frente a trámites y cuestiones cotidianas y una ventana a la sociedad local. En una época anterior a Internet, las redes sociales y las noticias online inmediatas, el semanario ofrecía orientación: consejos, contactos, referencias; cosas que hacen la vida lejos de la patria más llevadera.
Seifert no amó Mallorca sólo como ámbito profesional. Conocía restaurantes en Palma, se relacionaba con hosteleros y empresarios, acudía a inauguraciones y celebraciones privadas. Quien paseara una tarde templada de noviembre por el paseo podía verlo a veces, en actitud tranquila, conversando con antiguos compañeros. Fue mentor de muchos jóvenes redactores: les empujó a conocer el norte de la isla, insistió en que descubrieran la diversidad del paisaje y siempre tenía un consejo práctico a mano.
Las colegas contaron después pequeñas gestos que valían más que las palabras: una mano de dinero para una urgencia, una frase de aliento antes de una investigación difícil, el oído atento a las preocupaciones y pequeños dramas del día a día en la redacción. Esos detalles dibujan la figura de un jefe que no ejercía sólo la dirección editorial, sino que aportaba calidez humana.
Vivió también los cambios técnicos: la redacción se trasladó a principios de los 2000 a unas instalaciones modernas a las afueras de Palma, y el periódico estrenó su presencia online ya en torno al cambio de milenio. Para él, la impresión en papel y la presencia digital no eran opuestos, sino vías para llegar a la gente y acompañar a la creciente comunidad de habla alemana.
La vida de Seifert entrelazó anécdotas locales con encuentros internacionales. En los años de su actividad llegaron políticos y personas conocidas a la isla; los encuentros en una azotea sobre Cala Major o en actos sociales formaban parte de su día a día. Esos momentos le convirtieron en cronista de la convivencia entre autóctonos y recién llegados.
Las últimas semanas recordaron a la comunidad insular hasta qué punto las personas moldean estructuras: medios, redes y apoyos. La influencia de Seifert se aprecia en las muchas lectoras y lectores que durante décadas confiaron en informaciones en su lengua materna. Su último saludo a la redacción por SMS a comienzos de verano —un sencillo elogio para sus colegas— quedó en la memoria y da testimonio de su permanente vinculación.
Lo que permanece es la invitación a conservar y relatar recuerdos: las historias de despachos oficiales, los consejos para la vida cotidiana en la isla, las pequeñas ayudas en situaciones difíciles. Todo ello forma parte de una saga colectiva de la isla, a la que ahora se suma otro capítulo. Para muchos aquí, Seifert es un ejemplo de cómo lo local y lo foráneo pueden integrarse cuando alguien construye puentes.
Los detalles sobre la ceremonia de despedida o el funeral se comunicarán más adelante. Hasta entonces, los paseos por el casco histórico de Palma están un poco más silenciosos y las conversaciones nocturnas en los bares algo más reflexivas. Adiós, y gracias por décadas en las que facilitó la llegada a tantos.
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