Ana Ivanović en Deià con una raqueta de tenis y sus hijos en la playa

Ana Ivanović en Mallorca: entre playa, tenis y el caos familiar cotidiano

Ana Ivanović vive retirada en Deià: entrenamientos de tenis al amanecer, almuerzos en Ca’s Patro March y una vida cotidiana en la que la estabilidad prima sobre la sensación. Una mirada a la calma, los rituales y los pequeños espacios de libertad en la isla.

Deià en lugar de los focos: un regreso a la lentitud

En una mañana tardía en Deià, cuando las piedras de las callejuelas están tibias por el sol y los barcos del pequeño puerto se mecen suavemente, se observa una imagen conocida: Ana Ivanović, descalza, con el pelo despeinado y una raqueta de tenis en el maletero. No hay montaje de Hollywood, sino una serie de pequeñas costumbres que juntas ofrecen estabilidad. Se oye el lejano tintinear de los barcos pesqueros, el zumbido de las cigarras y a veces una campana de iglesia —y en medio de todo, conversaciones sobre juguetes, bocadillos y el siguiente golpe de entrenamiento.

El deporte como ancla, pero no como escenario

El tenis sigue siendo su sostén. No es un titular, es la vida diaria: en las pistas de tierra algo antiguas de la isla, cuando la niebla matinal se disipa y una ligera brisa marina atraviesa los pinos, se ve a Ana entrenando. No para atender a los fans, sino porque el movimiento le da estructura. No son sesiones profesionales de antaño, sino hábitos rítmicos: servicio, sprint corto, pausa, un espresso después. La pista tiene algo de familiar, casi como un jardín secreto, y los pocos que llegan temprano conocen el ritual silencioso: saludo, intercambio de pelotas, un gesto de reconocimiento.

Rituales de mediodía y el sonido de la costa

Un almuerzo en Ca’s Patro March ya forma parte de las rutinas fijas. Pescado fresco, una copa de vino blanco, las rocas que actúan como público paciente —y conversaciones que se mantienen casuales. Ana no protagoniza grandes apariciones; sus fotos son recortes, no estrenos. Se ven castillos de arena, manos pequeñas que la buscan y el espresso que se toma sin postureo. En las callejuelas huele a mar y a pescado frito, las gaviotas discuten ruidosamente por las migas, y los vecinos saludan con cariño porque aquí la gente se conoce —y eso se valora.

Familia: calma en vez de sensación

La vida familiar parece casi artesanal: por la mañana tenis, por la tarde playa, por la noche leer cuentos y lavarse los dientes. Son las pequeñas repeticiones las que ordenan el día. Ana no se muestra como una celebrity que comparte cada instante, sino como una madre que se relaciona con cercanía sincera —sin la cámara como filtro. Hay días de agobio, como en cualquier familia: un zapato perdido, una función escolar a la que no se llega, lluvia que trastoca la visita a la playa. Y hay otros días que se recomponen: risas por pantalones empapados, arena en el pelo y conversaciones sobre fútbol o pequeños descubrimientos en la orilla.

Un nuevo capítulo, no un titular

El fin de una larga relación y el divorcio de Ana Ivanović han dejado huella; no hay grandes palabras. En su lugar se aprecia pragmatismo, un humor seco ocasional y el intento de reorganizar el ritmo. Los rumores sobre nuevos conocidos siguen siendo eso: rumores —ahora parece más importante otra cosa: los ritmos del día marcados por el sol, el deporte y la familia. Ana parece no ver Mallorca como un escenario, sino como un lugar donde se aprende a respirar despacio de nuevo. La isla ofrece espacio: para la calma, para pequeños errores y para la improvisación.

Por qué esto encaja en Mallorca

Esos refugios son típicos de la isla. Aquí el ruido de las olas se funde con el sonido de la vida cotidiana en la isla —risas de niños, pelotas de tenis enrolladas en la pista, el burbujeo de un espresso en la terraza. Para Mallorca es positivo que caras conocidas no traigan solo espectáculo, sino que compartan el ritmo local: visitan los mismos locales, se encuentran con la misma gente y recuerdan que la vida insular está hecha de muchas pequeñas costumbres, no de grandes estrenos.

En Deià queda un trozo de normalidad: Ana caminando con arena entre los dedos, dos manos infantiles sujetando su chaqueta y una pista donde la pelota cae suavemente sobre la tierra —esa es la pequeña, insospechada poesía del día a día.

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