Célia Margalef en el jardín de esculturas: una noche templada en Can Brut

Célia Margalef en el jardín de esculturas: una noche templada en Can Brut

Una templada noche de junio en Can Brut, un piano, el susurro de las hojas — y una joven pianista que interpreta a Bach, Mozart y de Falla con sello propio. Una velada que invita a más.

Célia Margalef en el jardín de esculturas: una noche templada en Can Brut

Era una de esas noches que uno imagina en un junio mallorquín: aire cálido con aroma a lavanda, una brisa suave que atraviesa olivos y pinos carrascos, y de vez en cuando el taconeo sobre el camino de grava. En la finca de artistas Can Brut, dentro del ciclo «Música en el jardín de esculturas», la joven pianista Célia Margalef Boquera se sentó al piano — y el pequeño grupo reunido alrededor de las esculturas contuvo la respiración.

El programa fue audaz y al mismo tiempo personal: la apertura corrió a cargo de la famosa Toccata en re menor de Bach, escrita originalmente para órgano. Margalef resolvió el reto de pensar la obra de órgano en el piano no con una retórica historicista ingeniosamente disfrazada, sino con un uso cuidadoso del pedal y un legato cálido que dejó respirar las líneas. Pequeños cantos de pájaros se mezclaban en los registros agudos, el viento jugaba con las hojas — un momento íntimo que no sonó forzado, sino simplemente ocurrido.

Del 'Clave bien temperado' y extractos de las 'Variaciones Goldberg' emergió una profundidad discreta; se notaba que había una verdadera pasión por las formas de Bach, sin asfixiarlas. Eso hizo el enfoque cercano y simpático: no había afán por abrumar, sino una propuesta de diálogo personal entre la artista, el compositor y el público.

Tras el intermedio, Mozart reabrió el programa: el Rondo KV 485 sonó marcado, sin ninguna complacencia rococó; aquí no había falsos afectos, sino articulación precisa y un sentido de la estructura. Margalef contó más tarde que su relación con Mozart se ha ido forjando también a través de conciertos — eso se escuchaba en el equilibrio entre ligereza y seriedad.

Las doce variaciones sobre 'Ah! vous dirai‑je, Maman' fueron interpretadas con sobriedad y atrevimiento a la vez: el tema como llamada nítida, las variaciones como pequeños talleres, ora virtuosas, ora contemplativas. La Balada nº 1 op. 23 de Chopin ofreció, en cambio, otro color: más oscura, suspirante, con esa calidez melancólica que a menudo se encuentra en la isla en instantes pequeños e inesperados.

Un breve aliento nórdico apareció con los 'Piezas líricas' de Grieg, y luego la biografía de Margalef se abrió en colores españoles: Albéniz y, por fin, Manuel de Falla con la 'Danza ritual del fuego', que en el jardín generó una tensión casi física. Los breves aplausos intermedios funcionaron menos como interrupciones y más como exhalaciones colectivas de la velada.

De propina eligió un preludio coral de Bach: «Wachet auf, ruft uns die Stimme». Un agradecimiento sencillo, casi humilde, al compositor, a los organizadores Anna y Rudi Neuland y a un público que prefirió escuchar antes que mirar el móvil. Pequeñas escenas al margen: un señor mayor se ajusta el sombrero, dos estudiantes susurran entusiasmadas, en la penumbra suena el cierre de una bicicleta — pura realidad insular.

¿Qué significa una velada así para Mallorca? Es más que un bocado cultural entre flujos turísticos y días de playa. Lugares como Can Brut y ciclos como «Música en el jardín de esculturas» crean espacios de descubrimiento: una joven artista dispone de un escenario, el público vive cercanía en lugar de formato gigante. Eso fortalece la red cultural de la isla y demuestra que la música clásica aquí no es una conserva polvorienta, sino algo vivo y accesible.

Quien regresa del concierto por las oliveras que se hacen más oscuras en la noche no solo lleva música en la cabeza, sino la sensación de haber formado parte de algo local. Ojalá Margalef vuelva pronto — y ojalá haya muchas más veladas de este tipo, en pequeñas fincas, patios y plazas de iglesia. Mallorca necesita precisamente esa mezcla de calma y calidad: lugares donde tocar siga siendo un encuentro.

Perspectiva

Para quienes se perdieron la velada: el ciclo vive de las sorpresas. Mantener ojos y oídos abiertos y seguir la programación de los meses de verano — quién sabe qué descubrimiento seguirá.

Preguntas frecuentes

¿Qué hace especial una velada de música clásica en Can Brut durante junio en Mallorca?

En Can Brut, una finca de artistas, la experiencia se tiñe de calma y cercanía: el jardín de esculturas, el aroma a lavanda y una brisa que atraviesa olivos y pinos crean un marco único. La pianista Célia Margalef Boquera propone una lectura íntima del programa, desde Bach hasta Falla, sin perder el pulso del público. Es un encuentro humano entre artista, escenario y oyentes, más que un gran evento.

Qué piezas interpretó Célia Margalef y cómo las abordó al piano?

Abrió con la Toccata en re menor de Bach, escrita para órgano, y la abordó desde el piano con trabajo de pedal y legato cálido para dejar respirar las líneas. Después exploró obras que dialogan con Bach, como extractos del Clave bien temperado y las Variaciones Goldberg, buscando profundidad sin forzar la retórica. También incluyó Mozart, las Variaciones sobre un tema de la misma y otras piezas como la Balada de Chopin, con un tono sobrio y contundente.

Qué aporta este tipo de eventos a la escena cultural de Mallorca?

Proponen espacios de descubrimiento, a veces en fincas y patios, donde la música clásica rompe con formatos habituales. Fomentan una red cultural local al poner a artistas jóvenes frente a un público cercano y dejar constancia de que Mallorca puede ser escenario de propuestas de calidad. Así, la isla deja de verse solo como destino de playa para convertirse en lugar de encuentro y aprendizaje.

Qué se puede esperar de la experiencia en Can Brut durante este ciclo?

Se espera un recital en el jardín de esculturas, con una atmósfera de junio mallorquín: aire templado, aromas y silencio entre piezas. La audiencia suele estar relajada, con aplausos que funcionan como exhalaciones colectivas y momentos de reflexión entre cortes. Es un formato que favorece la cercanía entre intérprete y oyentes, sin grandes montajes.

Qué elementos de la ambientación natural destacan en estas veladas?

El marco combina aire cálido de junio, aroma a lavanda y brisa que juega entre olivos y pinos, creando un paisaje sonoro y visual. El entorno no es decorado: la propia naturaleza acompaña la interpretación, con pequeños ruidos de pájaros y el susurro de las hojas. Todo ello potencia la experiencia del oyente sin distraer.

Qué recuerdos o sensaciones deja una noche templada de junio para los asistentes?

Quedan con la sensación de haber formado parte de algo local y cercano, más que de un simple evento. Las exhalaciones colectivas y las escenas de la gente en la penumbra confirman esa cercanía entre público y artista. Es una memoria que se lleva a Mallorca como un encuentro cultural auténtico.

Qué consejos prácticos darías para asistir a este tipo de recitales en Mallorca?

Llega con calma para disfrutar del entorno y del silencio entre piezas. Viste cómodo y lleva calzado adecuado para caminar por fincas y jardines. Y, si puedes, apoya la experiencia manteniendo el móvil fuera y respetando el paisaje y al intérprete.

Qué futuro tiene la programación de verano en Mallorca según estas veladas?

El ciclo de Can Brut se presenta como una propuesta que vive de las sorpresas y la curiosidad del público. Seguir la programación de los meses de verano puede abrir la puerta a nuevos artistas y lugares. Mallorca gana así una oferta cultural que equilibra calma y calidad, fuera de los formatos masivos.

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