
Alfombra roja y brisa marina: cómo el Evolution Film Fest encanta a Palma durante una semana
Una noche de flashes, alabanzas al trabajo en equipo y la sensación de que Palma, por unas horas, se convirtió en cine. El Evolution Film Fest reúne a personas, perspectivas y noctámbulos.
Palma brilla por un instante: cine, olor a bar y un soplo de puerto
No pasaron diez minutos y Palma ya se sentía como un decorado cinematográfico, pero no el artificial, sino el real: con olor a sal, máquinas de espresso que zumban suavemente y el timbre de una bicicleta en el Passeig Mallorca. La alfombra roja frente al Palacio de Congresos absorbía la ciudad, pero lo que allí ocurría era menos Hollywood y más una noche muy mallorquina: cercana, con miradas amistosas y algunas conversaciones improvisadas en el muro del puerto.
Premios con los pies en la tierra
Los galardones de la noche sonaron más a palabras de agradecimiento personales que a gestos grandilocuentes. Steve Buscemi recibió el Evolution Icon Award: no un discurso épico, sino un breve y afectuoso agradecimiento en el que volvió una y otra vez a la palabra “equipo”. La estatuilla se le entregó Colm Meaney, un momento más de compañerismo que de algarabía. Eso encaja con una isla que apuesta más por la cercanía que por los reflectores. Más información sobre Steve Buscemi en nuestro artículo sobre su visita a Mallorca.
El director de fotografía Phedon Papamichael recibió el Cinematography Icon Award y contó cómo la luz adecuada acerca a las personas, algo que aquí en Mallorca se practica a menudo en largas noches junto al mar. Y Ingrid García-Jonsson, como New Talent: su media sonrisa en el escenario prometía que volverá. El festival da espacio a caras jóvenes sin disciplinarlas de inmediato con los focos.
Momentos del público: entre la Plaça d’Espanya y Santa Catalina
Unas 1.000 personas llenaron la sala, y fuera la ciudad seguía latiendo. Nombres internacionales se sentaban al lado de gente que aquí va todos los viernes al mismo bar. Entre fotos de cortesía y conversaciones en voz baja se susurraba cuál es la mejor tapería de Santa Catalina o cuál es el mejor copazo en el Paseo Urbano: pequeñas charlas muy concretas que muestran que un festival en Mallorca no sólo significa estrenos, sino también volver a jugar con los lugares.
El estreno de Los Domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, hizo callar las luces de la sala: dos horas de atención concentrada y, al terminar, ese aplauso cálido y largo que recuerda a los cines de programación íntima. Después la gente se dispersó: unos se dirigieron al puerto, otros se quedaron en bares donde las conversaciones sobre cine continuaron hasta bien entrada la noche.
Lo que el festival significa para la isla
Evolution Film Fest continúa hasta el 29 de octubre. Unos 300 profesionales del cine de alrededor de 30 países están en la isla y 130 películas forman parte del programa —seleccionadas entre más de 1.150 inscripciones. La directora del festival, Sandra Lipski, ha descrito a Evolution como una marca en el Mediterráneo; para el público de Mallorca es, sobre todo, una invitación a ser parte de una escena cinematográfica en crecimiento. Lea más al respecto en nuestro artículo sobre el impacto del festival en la escena cinematográfica local.
El efecto realmente palpable no está sólo en los nombres de la alfombra roja, sino en las muchas conversaciones paralelas: paneles, sesiones de preguntas y respuestas (Q&A), proyecciones nocturnas. Las puertas que aquí se abren conducen a la red local: para cineastas emergentes, para directores de fotografía con ideas y para salas que, de otro modo, suelen recibir público solo por la noche. La Plaça d’Espanya como punto de encuentro, Santa Catalina como barrio de la escena, el Paseo Urbano como ruta para el último trago: los lugares adquieren papeles dentro del festival y eso cambia la sensación de la ciudad.
Un pequeño encanto urbano y una mirada hacia delante
Quien camine por Palma en los próximos días quizá siga oyendo el eco de los aplausos. El festival no es un fin en sí mismo, sino un estímulo: para el intercambio, para las cooperaciones y para la visibilidad de historias locales. Muestra cómo el cine hace la isla más audible y visible —no como postal, sino como espacio vital para personas que trabajan aquí, tienen ideas y por la noche disfrutan tomando un último espresso juntos.
Y al final queda lo cotidiano, que es bonito: cuando un bar de esquina sigue abierto y a primeras horas de la mañana se discute sobre escenas de una película, entonces el festival ha cumplido su función. Ha transformado Palma durante una semana —no de forma grandiosa, pero sí palpable. Y en Mallorca a veces eso ya basta para celebrar un pequeño milagro. Además, escenas de vecindario como la noche de cine en Lío Palma muestran ese cruce entre fama y cercanía.
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