
Mohamed, el dromedario: una pequeña historia de grandes imágenes en la Playa de Palma
Mohamed, el dromedario: una pequeña historia de grandes imágenes en la Playa de Palma
Un dromedario en los años 1960 se convirtió en un reclamo turístico y en un icono de las postales. ¿Qué nos cuenta este episodio sobre los clichés orientales, el uso de animales y nuestra cultura de la memoria en Mallorca?
Mohamed, el dromedario: una pequeña historia de grandes imágenes en la Playa de Palma
Lo que nos revela un solo animal sobre el turismo, la memoria y la autopercepción en la isla
Pregunta central: ¿qué queda de un recuerdo cuando se vende como recuerdo —y quién falta en esa narración? Esta pregunta flota como la sal en el aire cuando hoy por la mañana se pasea por el Passeig Marítim: gaviotas gritan, un camión de reparto pita, un señor mayor alimenta palomas frente a un café. Donde en los años 1960 los turistas en bañador saludaban al mar, apareció durante un tiempo un acompañante inusual: un dromedario llamado Mohamed, que se movía entre Sant Jordi y la bahía de Palma y que aparece en postales. Este material fotográfico se relaciona con trabajos como Palma en el retrovisor: cómo sonaba y olía la ciudad hace 100 años.
La autora y filósofa Patricia Almarcegui retoma este motivo en su ensayo "30.000 dromedarios" y presenta el texto un sábado en Palma. El punto de partida fue una fotografía que vio en una conferencia sobre turismo y que no dejó de acompañarla. Su investigación condujo a la figura del mallorquín Mateu Campet: en 1962 se dice que trajo tres dromedarios desde Marruecos a Mallorca y que los tuvo temporalmente en Sant Jordi. A partir de estos hechos básicos surge una historia compleja: sobre un animal, sobre elementos de espectáculo y sobre la manera en que un lugar quería venderse. Otra recopilación de imágenes es Mallorca visto desde otra perspectiva: libro de imágenes 'La Magia de lo Inexplorado'.
Análisis crítico: el episodio vale la pena porque conecta dos cosas que a menudo se tratan por separado. Primero: la comercialización de los clichés. Un dromedario en las playas europeas encajaba en una imagen que quería dar a las Baleares un aura lejana y de cuento —una especie de "decoración oriental" lúdica que vinculaba las vacaciones de playa con la fantasía. Segundo: la relación con los animales y su papel como atracción. Hoy hablamos de forma distinta sobre el bienestar animal; entonces la demanda de exotismo superaba el interés por las necesidades del propio animal.
Lo que suele faltar en el discurso público es la contextualización: ¿quién realmente se benefició de esas imágenes y qué voces no se tuvieron en cuenta? Faltan las voces de los trabajadores de cuadras, de las personas que trabajaban directamente con los animales, y la perspectiva de los mallorquines y mallorquinas que usaban los espacios urbanos cada día. Tampoco se habla lo suficiente sobre las consecuencias jurídicas y éticas de las prácticas turísticas pasadas, como reaviva la noticia Tras dos caballos colapsados: Palma ante la decisión — Repensar los paseos en carruajes. La imagen del dromedario como motivo de postal permaneció —los trasfondos a menudo desaparecieron.
Una pequeña escena cotidiana: en la Plaça de Sant Jordi, cerca del patio silencioso donde se supone que Campet tuvo a los animales, una mujer con una bolsa de la compra se sienta. Un turista pregunta por la catedral y señala una vieja postal en el escaparate de una librería de viejo. La vendedora se encoge de hombros y dice el año 1964; la carta la heredó de su padre. Encuentros así son mini-archivos: recuerdos privados que cuentan más que cualquier crónica oficial.
Propuestas concretas para tratar este pasado con más responsabilidad: 1) Los museos locales y los archivos municipales deberían catalogar sistemáticamente postales y fotografías históricas y ofrecer paneles contextualizados que muestren tanto la fascinación como los aspectos problemáticos. 2) El ayuntamiento podría colocar en lugares relevantes —por ejemplo en Sant Jordi o en la Playa de Palma— paneles informativos breves que expliquen la historia, la tenencia de animales y los mecanismos turísticos. 3) Escuelas y centros culturales pueden abordar el tema en proyectos: trabajo de historia oral con residentes mayores para asegurar relatos de vida antes de que se pierdan. 4) Al presentar exotismos históricos debería siempre contemplarse la situación animal; documentales sobre las condiciones de mantenimiento de la época serían un primer paso para la rendición de cuentas.
Lo que logra Almarcegui en su ensayo es precisamente esa doble mirada: la sonrisa que provoca la postal y la inquietud por cómo surgieron esas imágenes. También recuerda que Mohamed no fue solo víctima de una puesta en escena, sino que en los recuerdos de algunas personas apareció como un puente hacia otras posibilidades: el niño que vio la nieve por primera vez, una excursión a Sóller, una mirada más allá del propio horizonte. Hay que saber convivir con esa ambivalencia.
Conclusión contundente: un dromedario en la Playa de Palma no es solo un hallazgo curioso en un álbum de fotos; es un trampolín hacia un debate más serio sobre memoria, responsabilidad y las historias que queremos contar como isla. Quien dé la vuelta a la postal debería poder leer también la otra cara.
Preguntas frecuentes
¿Por qué apareció un dromedario en la Playa de Palma en los años 60?
¿Quién fue Mohamed, el dromedario de Mallorca?
¿Qué tiene que ver Sant Jordi con la historia del dromedario Mohamed?
¿Qué quería vender Mallorca con imágenes como la del dromedario en la playa?
¿Qué nos enseña la historia del dromedario de la Playa de Palma sobre el turismo en Mallorca?
¿Cómo se puede tratar hoy en Mallorca la historia de esos animales turísticos?
¿Es buena idea visitar Playa de Palma para conocer esta historia?
¿Dónde se puede encontrar la historia de Mohamed en Mallorca?
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