Mirador Na Miranda restaurado con suelo de piedra seca y vista panorámica al islote Sa Dragonera.

Na Miranda vuelve a abrir: pequeño mirador, gran vista sobre Sa Dragonera

El mirador Na Miranda en Sant Elm vuelve a estar accesible tras más de tres años cerrado. Con 70 metros cuadrados de nuevo suelo, técnica tradicional de piedra seca y un presupuesto moderado, se ha completado un mirador seguro y acorde con el paisaje: un pequeño trozo de la vida cotidiana que recuperan los residentes y los paseantes.

Na Miranda vuelve a abrir: pequeño mirador, gran vista sobre Sa Dragonera

Na Miranda vuelve a abrir: pequeño mirador, gran vista sobre Sa Dragonera

Tras más de tres años cerrado, la terraza del mirador vuelve a ser transitable

En la ladera por encima de Sant Elm, donde el viento a menudo trae olor a pino y a agua salada, ha vuelto un lugar pequeño pero importante: el mirador Na Miranda. La explanada de casi 70 metros cuadrados, que estuvo mucho tiempo cerrada, cuenta ahora con una nueva superficie útil y un pavimento renovado. Para quienes suben por la mañana con termo y abrigo grueso o, por la tarde, pasean al perro para contemplar la luz sobre la isla lagartija Sa Dragonera, esto es un regalo espontáneo.

El departamento de Medio Ambiente, Territorio Rural y Deportes del Consell insular encargó las obras. Se retiraron las partes peligrosas y en mal estado de la solera antigua, se ajustaron cotas y revestimientos del suelo, de modo que la terraza puede volver a ser transitada con seguridad. Los albañiles del Consell llevaron a cabo las tareas en unos seis meses. El presupuesto fue reducido: 10.100 euros — no una obra pomposa, sino una reparación dirigida con medios y saber hacer locales.

A los implicados les importaba no solo la seguridad, sino también la integración paisajística. Los trabajadores emplearon técnicas tradicionales de piedra seca y piedras de la isla para que la pequeña obra encaje armoniosamente. No solo se reparó, también se intentó adaptar material y construcción al entorno: no cuerpos extraños, sino un mirador que parece haber estado ahí siempre.

Para la gente de Sant Elm y los paseantes, es más que una obra terminada. Los miradores en Mallorca son puntos de encuentro para las rondas matinales, para fotógrafos aficionados, para jóvenes que en invierno disfrutan brevemente de la vista antes de bajar al pueblo. Me imagino los grupos en el paseo que suben los fines de semana, el crujir de los zapatos sobre el pavimento nuevo, el llamado distante de un pescador y las gaviotas que sobrevuelan la isla. Esas imágenes dan cotidianeidad al lugar y hacen la isla habitable.

Que los trabajos se ejecutaran con albañiles propios del Consell tiene un aire pragmático: se dispone de conocimientos de la técnica tradicional de muros, la logística de materiales se mantiene manejable, la obra es pequeña — y al final queda un mirador seguro que no supone una intervención ruidosa en el paisaje. Esto también revela una cierta Ambiente mallorquín para el salón: reparar, sí, pero de forma discreta y bien hecha.

¿Qué se puede aprender de un mini-proyecto así? Primero: pequeñas inversiones pueden lograr mucho si están bien enfocadas — aquí en seguridad, imagen paisajística y utilidad. Segundo: el uso de técnicas tradicionales rinde doblemente: se preservan las imágenes del paisaje y se mantiene el saber local. Tercero: estos lugares no son solo importantes para turistas; forman parte del sentimiento cotidiano de los habitantes de la isla.

Una mirada breve hacia adelante: el mirador reabierto invita a volver — quizás no en masa, sino con cuidado. Unas placas informativas sobre Sa Dragonera, un pequeño asiento en un lugar apropiado y indicaciones de respeto podrían valorar aún más el lugar, sin restarle su tranquilidad. La responsabilidad recae en todos: visitantes, ayuntamiento y Consell pueden juntos garantizar que Na Miranda perdure más allá de los seis meses de su reconstrucción.

Al final es una pequeña historia de restauración y prudencia. No un gran proyecto, ni un titular sonoro, pero son precisamente estos lugares los que hacen que Mallorca siga ofreciendo dentro de unos años esos momentos redondos — el amanecer sobre Sa Dragonera, la taza de café en la explanada y la pequeña bocanada de aire bueno que uno toma en sitios así.

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