
Aeropuerto de Palma: entre la suerte de la llegada y el caos – Son Sant Joan, como lo veo
Son Sant Joan a menudo parece una máquina que expulsa a los visitantes: calor, multitudes y tráfico caótico marcan la vida diaria del aeropuerto de Palma.
Un aeropuerto, dos mundos: Llegar y soportar
El fin de semana pasado estuve a las 16:40 en la zona de recogida, el aire estaba cargado, los autobuses apilados y desde la sala de llegadas emergía un flujo interminable de viajeros. AENA: Aeropuerto de Palma (Son Sant Joan) es para muchos la primera imagen de Mallorca, y desafortunadamente ya no la más amigable.
Lo que me molesta (y lo que en realidad no sería tan difícil de solucionar)
La sala a menudo se siente demasiado caliente, no solo por los meses de verano: multitudes, escaleras mecánicas que funcionan poco y anuncios ruidosos hacen de la llegada una pequeña prueba de paciencia; esta sensación se agudiza en días con incidencias, como muestran reportes sobre caos por temporal en el aeropuerto de Palma. ¿La oferta gastronómica? Cara y casi siempre preparada rápidamente — pagas mucho por poco espacio para descansar. Y sí: la publicidad está en todas partes. Se impone ante la vista, hasta que apenas puedes ignorarla.
Frente a la terminal se forman regularmente largas colas en los torniquetes; los taxistas y conductores de autobús, que conozco, hablan de turnos largos, diésel que hiede y la sensación de estar al límite, un escenario también reflejado en relatos sobre retrasos y largas colas en Son Sant Joan. A pesar de ello, me encuentro con caras amables en los controles de seguridad y en el personal de piso; es notable, sobre todo cuando las circunstancias son duras.
Tres impulsores del problema
Primero: Las decisiones sobre la gestión del aeropuerto se toman de forma central. Se nota: los proveedores y los espacios de venta crecen, porque la presión económica es visible.
Segundo: Los vuelos más baratos traen masas. Puede que para los turistas sea bueno, para la infraestructura menos. Más aviones, más gente, más basura, más ruido; incluso eventos puntuales han afectado el funcionamiento, como el cierre temporal del espacio aéreo por una exhibición aérea.
Tercero: A la isla le falta una conexión ferroviaria fiable. Un metro o tranvía aliviaría bastante la carga; ha sido tema durante años, pero la realidad sigue ausente.
Además hay obras, soluciones de emergencia en el estacionamiento y superficies asfaltadas para contener el caos del tráfico. Todo ello parece parcheo en lugar de un plan coherente.
Una mirada rápida al futuro
No soy un agorero, pero deseo más pragmatismo: horarios claros, mejores rutas para los recogedores, precios más justos en la gastronomía y, por fin, una verdadera conexión de transporte público. Son Sant Joan podría volver a ser la bienvenida que merece nuestra isla: amigable, eficiente y no como una auténtica carrera de obstáculos.
Quien trabaja en el aeropuerto o va allí a diario, lo confirmará. Un poco más de consideración y algo de planificación ya cambiarían mucho.
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