
Palma lucha por acabar con las calesas: mayoría, pero sin cierre definitivo
La clásica calesa sigue siendo un motivo de disputa en el casco antiguo de Palma. Mayorías políticas piden su fin, pero las licencias antiguas, los altos costes de recompra y las cuestiones sociales bloquean la salida. Falta un calendario realista.
Entre el repiqueteo de cascos y el pleno municipal: por qué las calesas de Palma aún no son historia
En una tarde cálida del casco antiguo, el repiqueteo de los cascos sigue sonando como un ruido familiar: en la Carrer del Sindicat, en la Plaça Major, frente al café donde los vecinos sorben su espresso. Para algunos es una postal idílica; para otros, el sonido de un problema que no se puede discutir fuera de la realidad: protección animal, la imagen turística y los derechos de personas que llevan generaciones viviendo de las calesas.
Políticamente el debate está en movimiento: en el ayuntamiento hay una mayoría dispuesta a suprimir o restringir fuertemente las calesas. Sin embargo, en los empedrados apenas cambia nada hasta ahora. Esto se debe menos a una falta de empatía y más a enredos jurídicos, financieros y sociales que con frecuencia se pasan por alto.
La trampa de las licencias: por qué las soluciones sencillas no funcionan
Un problema central son las concesiones que en el pasado se otorgaron de por vida. Estos papeles pueden venderse y tienen un valor real de mercado. Los expertos estiman alrededor de 300.000 euros por licencia. Con 28 calesas actualmente, eso suma una necesidad de recompra de aproximadamente 8,4 millones de euros — dinero que el municipio no puede sacar simplemente de la manga. Palma lucha por el fin de las calesas.
Legalmente esas licencias son difíciles de impugnar: las expropiaciones acarrearían largos procesos judiciales. A ello se añaden derechos de transición para herederos y posibles reclamaciones de indemnización. Eso explica por qué voces en el consistorio presionan moralmente por poner fin a las calesas, pero se frenan a la hora de llevarlo a la práctica.
Lo que rara vez se discute: seguros, el calor y las zonas grises
Aparte de las grandes cifras hay problemas técnicos y cotidianos: ¿cómo están asegurados los caballos en caso de accidente? ¿Quién paga si turistas o peatones resultan heridos? El clima también juega un papel: en días de calor extremo (cada vez más frecuentes en verano) los caballos sufren de forma notable — un aspecto que muchos turistas no ven cuando recorren las callejuelas durante dos horas. Caída de un caballo en Palma.
Y luego están las zonas grises: algunos cocheroS trabajan con caballos prestados de forma irregular o subarriendan derechos. Las inspecciones requieren mucho personal; los controles veterinarios municipales no son diarios. Eso convierte la aparente romanticidad en un problema visible cuando un animal colapsa o ocurre un accidente.
Alternativas sobre la mesa — y los tropiezos políticos
Se barajan distintas opciones: una recompra completa de las concesiones mediante indemnización, una prohibición a largo plazo con periodos de transición, o el intercambio por otras concesiones (por ejemplo, modelos de licencias de taxi). Técnicamente ya se han probado en Mallorca carros y calesas eléctricas — más silenciosos, sin emisiones y sin sufrimiento animal. Palma y las calesas.
Pero en la práctica la situación está enquistada: los cocheros se resisten a las transformaciones eléctricas, porque ven amenazados sus conocimientos culturales y sus ingresos. Una oferta de intercambio —derechos de taxi a cambio de renunciar a las calesas— suena pragmática, pero generaría nuevos conflictos de interés con los taxistas y exigiría regulaciones adicionales.
Un calendario realista: pasos que Palma podría dar ahora
La mayoría política es solo el comienzo. Para que la retórica se convierta en cambio real, Palma necesita un plan realista y financieramente razonado. Propuestas que ahora deben ponerse sobre la mesa:
1) Recompra por fases: prioridad para las licencias más antiguas y con mayor riesgo; financiación mediante una tasa turística temporal o la reorientación de ingresos por estacionamiento.
2) Protección social: programas de reconversión profesional para los cocheros, ayudas para nuevas empresas o integración en cooperativas, para que no se rompa de golpe la fuente de ingresos de nadie.
3) Proyectos piloto de calesas eléctricas: probar alternativas visibles en las rutas principales, combinadas con una campaña informativa para visitantes — así se mantiene la experiencia urbana sin el sufrimiento animal.
4) Controles más estrictos: revisiones veterinarias periódicas, normas de protección contra el calor (prohibición de trayectos en temperaturas extremas), obligación de seguro y rastreo GPS para supervisar rutas y tiempos de descanso.
5) Diálogo transparente: una mesa redonda con la administración, la autoridad veterinaria, los afectados, protectores de animales y representantes del sector turístico, moderada por una instancia independiente.
Conclusión: la política necesita valentía — y un plan
Palma está en un punto donde la simbología y la realidad se encuentran. El repiqueteo de cascos no se puede prohibir por mayoría, mientras queden preguntas financieras, jurídicas y sociales abiertas. Quien solo exige a gritos que las calesas “desaparezcan” pasa por alto a las personas detrás de los caballos — y corre el riesgo de no cambiar nada al final. Tras dos caballos colapsados.
Un compromiso honesto no sería una retirada frente a la protección animal, sino una salida acompañada de cifras, calendarios y perspectivas. Hasta entonces, las calesas seguirán recorriendo las callejuelas, el repiqueteo permanecerá — y la discusión también. Palma somete a los caballos de calesas a exámenes médicos.
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