
Zarpar temprano, dos pasajeros quedaron atrás: lo que revela el caso «Aida Luna»
Zarpar temprano, dos pasajeros quedaron atrás: lo que revela el caso «Aida Luna»
Un crucero salió del puerto antes de lo previsto y dos pasajeros se quedaron en tierra. ¿Quién asume la responsabilidad y cómo podría evitarse algo así en Mallorca o en otros puertos?
Zarpar temprano, dos pasajeros quedaron atrás: lo que revela el caso «Aida Luna»
Cuando el tiempo y el programa chocan, las personas quedan atrapadas entre el mar y la burocracia
Pregunta clave: ¿Pueden las navieras de cruceros dejar pasajeros en tierra si el barco zarpa antes por razones de seguridad, y cómo deberían mejorarse los procedimientos para que no vuelva a suceder?
La madrugada del miércoles, la Aida Luna abandonó su atraque en Funchal antes de lo previsto. Motivo: malas previsiones de viento y una situación delicada en el muelle, según los comunicados oficiales. El barco zarpó ya alrededor de las 06:15 h, pero dos pasajeros se quedaron en tierra: pasaron la noche en Madeira y, aparentemente, no pudieron ser localizados por teléfono de forma inmediata. Más tarde se organizó su continuación del viaje. La Aida Luna, un barco construido en 2009 de la clase Sphinx (unos 252 metros, capacidad para aproximadamente 2.050 pasajeros), realizó tras el incidente escalas adicionales en las Canarias, entre ellas Arrecife y Puerto del Rosario (ver Aida-Luna brilla en Palma tras estancia en astillero — Estrellas a bordo y nuevas rutas).
Los hechos son claros. Aun así quedan preguntas incómodas: ¿fue la decisión del capitán inevitable? ¿Podría otra organización de los procesos haber mantenido a los dos viajeros a bordo? ¿Y qué significa esto para los viajeros que están de compras, de excursión o simplemente tomando el aire en tierra?
Desde el punto de vista náutico, la actuación puede entenderse. Dejar un barco en un mal atraque sometido a fuertes vientos que lo empujan contra la estructura del muelle puede causar daños, tanto a bordo como en tierra. Quien haya estado en el puerto de Palma conoce la sensación incómoda cuando las rachas de viento agitan el agua y las embarcaciones pequeñas golpean los bolardos como si fueran papel. En una situación así, la dirección del barco suele priorizar la seguridad de todos a bordo y del propio buque. Pero la seguridad no puede terminar en una mera comunicación formal; casos recientes hacen patente la gravedad de los incidentes en el mar, por ejemplo Patera vuelca en Portopetro — un muerto, tres desaparecidos y muchas preguntas abiertas.
Aquí surge la crítica: la responsabilidad sobre la presencia de los pasajeros es compartida. Los viajeros deben ser localizables —en la práctica esto es difícil: redes móviles en islas, teléfonos apagados, llamadas perdidas. Al mismo tiempo, la naviera debe contar con cadenas internas de verificación y comunicación que no dependan únicamente de localizar un número privado. Un breve y sonoro anuncio de comprobación, una ventana fija de regreso antes de la salida o incluso personal local que pueda llamar en puntos de encuentro serían medidas posibles.
Lo que casi nunca se discute en el debate público es la perspectiva de los puertos y los proveedores locales. Para un puerto como Funchal, una salida repentina y adelantada supone menos ingresos para taxis, operadores de excursiones y restaurantes, y a la vez más presión para el personal turístico local que atiende a los pasajeros dejados atrás. En Mallorca lo vemos a menor escala: cuando una excursión de día se cancela, la gente se queda en el Passeig Mallorca preguntándose cómo volver a casa; un episodio de conflicto con pasajeros en el aeropuerto se relató en «Una imposición» en el aeropuerto de Palma: ¿Por qué desembarcaron los pasajeros — y el avión despegó vacío?. En ambos casos queda claro lo entrelazadas que están las decisiones marítimas con la vida en tierra.
Mejoras concretas serían posibles tanto técnica como organizativamente:
1. Registro obligatorio antes de la salida: Un intervalo de tiempo estandarizado (p. ej. 90–120 minutos antes de la salida prevista) en el que todos los pasajeros deben confirmar una vez si están a bordo o dónde se encuentran. Ante la falta de respuesta se activan escalones de escalación claramente definidos.
2. Alerta multicanal: Utilizar SMS, notificaciones de la app, megafonía a bordo y personal del puerto en paralelo en lugar de un único intento telefónico. Una breve geolocalización automática vía app (con consentimiento) podría ayudar a identificar a las personas en ciudades portuarias.
3. Cooperación con los puertos: Planes de emergencia contractuales entre la naviera y la administración portuaria que regulen los procedimientos ante viento, fallo de lanchas o salidas adelantadas, y que garanticen alojamiento/transporte local si fuera necesario.
4. Derechos del cliente transparentes: Información clara antes de la reserva sobre cómo procede el operador en caso de salida adelantada, incluida la cobertura de costes para el viaje alternativo y el alojamiento cuando la falta no sea únicamente culpa del pasajero.
Como redactor que pasa a menudo por el Passeig Mallorca, veo las escenas pequeñas: a primera hora los pescadores recogen sus redes, los botes de café suenan, y los turistas consultan mapas. Una mañana similar en Madeira debió ser distinta para los dejados atrás: camas extranjeras, llamadas telefónicas, un taxi y la presión del horario de salida. Esas imágenes muestran el equilibrio entre el deber del capitán y el malestar humano; la prensa local también refleja otros episodios vinculados a accidentes y sus consecuencias, como Tres ocupantes más se entregan tras accidente mortal en Palma o la Tragedia frente a Mallorca: Numerosos migrantes aparentemente desaparecidos tras un peligro en el mar.
Conclusión: la salida anticipada de la Aida Luna puede estar justificada desde el punto de vista náutico. No obstante, la organización en torno al control de la presencia y la protección de los pasajeros fue insuficiente. Si miramos paseos marítimos, oficinas portuarias y cruceros, queda claro algo: la seguridad también significa no dejar a la gente desamparada. Reglas prácticas, herramientas digitales y mejores acuerdos con los puertos podrían evitar que las decisiones del capitán se conviertan en situaciones personales de emergencia.
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