Reloj Rolex sobre mesa, simboliza robos de relojes de lujo y la investigación en Mallorca

Banda 'Rolex' condenada: cuando los relojes de lujo se convierten en un problema de seguridad

Banda 'Rolex' condenada: cuando los relojes de lujo se convierten en un problema de seguridad

Tres italianos fueron condenados en Palma a penas de prisión; las penas pueden ser sustituidas por una prohibición de entrada de ocho años. Los hechos en Port d'Andratx y Port Adriano plantean preguntas sobre la prevención y el manejo del llamado turismo de delincuencia.

Banda 'Rolex' condenada: cuando los relojes de lujo se convierten en un problema de seguridad

Penas de prisión, salida del país y la cuestión de las medidas de protección en los puertos

Pregunta central: ¿Cómo se protege a los visitantes en las pequeñas paseos marítimos y atraques sin destruir la viva imagen portuaria?

En Palma, un tribunal penal dictó recientemente sentencias contra tres ciudadanos italianos que en el otoño de 2023 habrían estado implicados en varios asaltos a turistas en Port d'Andratx y Port Adriano. Los acusados admitieron haber participado en tres atracos; la suma de las condenas asciende en total a siete años y medio de prisión. Las penas impuestas pueden ser sustituidas por una prohibición de entrada a España de ocho años. Dos de los condenados deberán pagar a una víctima 24.000 euros en concepto de indemnización; además, el tribunal impuso multas de 4.500 euros a cada uno por las lesiones causadas en los hechos.

Los sucesos, relatados de forma sucinta: a finales de octubre un turista fue golpeado fuertemente por la espalda cerca del Café Cappuccino en Port d'Andratx antes de que le arrancaran un Richard Mille RM 35-02 valorado en alrededor de 60.000 euros. A principios de noviembre se produjo en Port Adriano un incidente en el que a un ciclista le arrebataron con violencia una Rolex Daytona 6263 (aprox. 50.000 euros); cayó al suelo durante el forcejeo. A mediados de noviembre tuvo lugar otro asalto en el aparcamiento detrás del café en Port d'Andratx, en el que se sustrajo un Patek Philippe Nautilus. Los agresores se retiraron tras los ataques en parte en motocicleta; en un robo un sospechoso fue puesto en libertad más tarde y abandonó España ese mismo día con un billete de avión que compró inmediatamente después de su comparecencia judicial. Dos de los acusados declararon por videoconferencia; hay indicios de otros cómplices aún no identificados, y otro presunto implicado se encontraría en el extranjero. Casos parecidos se han registrado también en la ciudad, como el asalto en el casco antiguo de Palma.

Estos casos tienen, como saben muchos en la isla, más que una dimensión jurídica. En el muro del puerto de Port d'Andratx, algunas mañanas, los pescadores con gorras desgastadas están junto a los visitantes que toman su café en las mesas del Café Cappuccino. Los motores de los grandes yates rugen, el olor a diésel está en el aire y en la esquina suele aparcar un scooter: un lugar que parece relajado para los visitantes, pero que a la vez ofrece puntos de observación para personas con malas intenciones. Estas escenas cotidianas deberían alertarnos: basta un breve momento de distracción para que desaparezca un reloj caro, a veces con consecuencias físicas para las víctimas.

Análisis crítico: la condena es importante, pero apenas rasca la superficie de un problema más profundo. Los atacantes aparentemente viajaban con el propósito expreso de cometer robos, según sus propias declaraciones. Eso convierte a la isla en un campo de operaciones temporal para ladrones organizados de relojes en las Baleares. La sola presencia policial no es suficiente; los procedimientos —desde la vigilancia, la selección de víctimas hasta la huida— apuntan a división de tareas y buen conocimiento del terreno. La sentencia castiga a los delincuentes desde el punto de vista jurídico, pero no responde por qué estas bandas encuentran las condiciones necesarias: anonimato favorecido en temporada alta, rutas de fuga concurridas mediante vehículos de alquiler o motocicletas, y a veces una supervisión insuficiente en zonas sensibles de los puertos.

Lo que suele faltar en el debate público: primero, la perspectiva de las víctimas y cómo se las atiende después. Segundo, un balance honesto de las medidas preventivas en los puertos: qué cámaras funcionan, con qué rapidez responden las guardias portuarias, y qué tan buena es la cooperación entre la policía local y la nacional. Tercero, una mirada a la infraestructura: aparcamientos con mala iluminación, poco personal en puntos críticos y lagunas en los controles de vehículos de alquiler facilitan las acciones de los agresores. Casos de robo en otras zonas turísticas, como el del reloj de 6.000 euros robado en Can Pastilla, subrayan la extensión del problema.

Propuestas concretas y prácticas: una mayor coordinación entre los operadores portuarios y la policía con vías de alarma claras; refuerzo puntual de patrullas visibles a pie en las primeras horas de la noche, cuando muchas personas llevan joyas; campañas informativas sencillas y rápidas para los huéspedes en el momento del check-in (no exhibir objetos valiosos, guardar los objetos en cajas fuertes del hotel); vías obligatorias de notificación para observaciones inusuales en las marinas; mejor registro de las empresas de alquiler de coches y motocicletas en temporada alta, combinado con controles aleatorios; ampliación de medios técnicos como cámaras operativas en los accesos y señales visibles en los aparcamientos.

Además, medidas jurídicas e internacionales: intercambio más rápido de información con los países de origen de los agresores para bloquear rutas de huida; sanciones más severas para grupos organizados, combinadas con controles de retorno y verificaciones de salida en caso de prohibiciones de entrada. Un elemento adicional sería un fondo de protección para las víctimas, que cubra costes médicos inmediatos y asistencia psicológica, financiado por multas de casos similares.

Un recuerdo personal para cerrar: un vecino recuerda que antes los paseos del puerto eran lugares seguros donde los niños compraban helados y los pescadores remendaban redes. Hoy en día a esas imágenes se suma la preocupación de que paseando hacia el próximo bar uno pueda convertirse en un objetivo. Es posible recuperar el equilibrio: con presencia visible, normas pragmáticas en las marinas y una dosis de precaución por parte de los visitantes, sin transformar el puerto en un área militarizada.

Conclusión: las condenas son correctas e importantes. Muestran que el sistema judicial reacciona. Aun así, la sentencia no debe ocultar la falta de medidas estructurales. Quienes viven o pasan sus vacaciones en Mallorca merecen puertos más seguros, prevención clara y autoridades mejor coordinadas. Si no, las condenas seguirán siendo parches y los paseos marítimos seguirán siendo escenarios vulnerables para delincuentes que actúan contra personas concretas.

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