
Por qué el arquitecto olvidado de Palma debe volver al paisaje urbano
Por qué el arquitecto olvidado de Palma debe volver al paisaje urbano
Can Ribas en el Paseo Borne cumple 100 años. La casa con el número 16 lleva la firma de Gaspar Bennazar, pero faltan celebración y protección. Un balance entre escaparates brillantes, placas polvorientas y una fuente bebedero olvidada.
Por qué el arquitecto olvidado de Palma debe volver al paisaje urbano
Pregunta clave: ¿Por qué Palma apenas recuerda a Gaspar Bennazar, aunque su firma arquitectónica marque la ciudad — y qué pasaría si Ajuntament de Palma tomara el legado en serio?
Si se pasea por las plátanos del Passeig del Born en una fría tarde de enero, el viento hace crujir las ramas desnudas y las luces de los escaparates proyectan franjas claras sobre el empedrado. Ante el número 16 se detienen personas, contemplan a la altura de los ojos las vitrinas de joyería de Bulgari y la elegante fachada de la boutique de moda. Pocos levantan la vista hacia la planta superior, donde en una placa de color piedra aparece el nombre del arquitecto: Gaspar Bennazar.
Bennazar (1869–1933) fue durante mucho tiempo arquitecto oficial del Ayuntamiento de Palma. Su estilo osciló entre fachadas representativas y soluciones pragmáticas para la vida urbana. Can Ribas en el Borne, terminado en 1925, es un ejemplo de su trabajo: una casa urbana que combina comercios en la planta baja y viviendas representativas arriba. Justo cien años después llama la atención lo poco público que ha sido este aniversario.
Eso no es una negligencia inocua. El cuidado del patrimonio cultural no consiste solo en limpiezas ocasionales de placas de mármol. En la esquina, no lejos del Borne, se encuentra una fuente bebedero, también obra de 1925, que en su día fue un servicio para el vecindario. Hoy está estropeada, erosionada y apenas recibe mantenimiento. Una placa cerámica de 2011 recuerda la modernización del suministro de agua —pequeños testimonios que muestran que la obra de Bennazar fue algo más que adorno en las fachadas.
Otro capítulo de la falta de cuidado: en los años 2000 se demolió un puente modernista cerca de la estación (Demolición en Palma: cuando la reconstrucción sustituye al original) —tras protestas se reconstruyó, pero el incidente revela lo frágil que puede ser aquí la protección de los monumentos. Y en Can Ribas recuerda una placa de mármol de los años 40 antiguos nombres de calles; la inscripción, que en su día fue una dedicatoria, hoy es casi ilegible tras una limpieza. Un símbolo de que la memoria suele quedar en la superficie.
Análisis crítico: la ciudad cuenta con edificios monumentales, pero suele faltar el interés sistemático por las obras de escala media del patrimonio arquitectónico urbano. Problemas señalados: falta de inventario, escaso mantenimiento de pequeños monumentos, ausencia de presupuesto regular para restaurar elementos como fuentes y placas. Resultado: la memoria es aleatoria — depende de nietas comprometidas, proyectos escolares aislados o protestas ciudadanas ruidosas.
Lo que falta en el discurso público: una clara responsabilidad. ¿Quién se ocupa de las placas, quién de la restauración funcional de los pequeños monumentos? Además, la arquitectura se considera a menudo solo un fondo para el comercio y los eventos, no como un componente identitario del día a día. Faltan informaciones de fácil acceso: catálogos digitales, paneles explicativos visibles, visitas guiadas regulares con foco local.
Una escena de la vida cotidiana: martes por la tarde, el bullicio del mercado del Carrer de la Llotja llega hasta aquí, una anciana mallorquina con bolsa de la compra se detiene, lee de pasada la placa de piedra de Bennazar y murmura: «Ah, mi abuelo trabajó en el otro lado de la ciudad.» Se encoge de hombros y sigue su camino. Este pequeño encuentro muestra que el conocimiento podría existir — si se reuniera y se hiciera visible.
Propuestas concretas: 1) Elaborar un inventario vinculante de todas las obras de Bennazar, accesible públicamente y con una lista de prioridades para su conservación. 2) Un pequeño programa de restauración para los micro-monumentos (fuentes, placas, barandillas metálicas) con subvenciones anualizadas. 3) Información visible: nuevos paneles explicativos resistentes al clima en varios idiomas y un mapa digital conjunto con rutas guiadas. 4) Programas escolares: pasaportes de arquitectura para alumnos, para que los jóvenes investiguen activamente los edificios. 5) Cooperación con residentes y comerciantes del Borne, de modo que las medidas de cuidado no dependan únicamente de las oficinas municipales. 6) Una exposición semestral en un espacio municipal que muestre la vida y la obra de Bennazar —no una sala de escritos académicos, sino fotos, planos y anécdotas del vecindario.
Algunos de estos pasos requieren poco dinero, otros voluntad política y continuidad. Pero no se trata solo de protección técnica de monumentos: se trata de identidad. Si las fachadas son solo decorado, las calles pierden sus historias.
Conclusión contundente: Palma tiene en Gaspar Bennazar a un proyectista cuyas huellas son visibles en la vida cotidiana. Que el centenario de Can Ribas pasara sin reconocimiento municipal no es una trivialidad —es una señal de alarma. Quien entiende la historia solo como evento corre el riesgo de vaciar su propia ciudad. Una ciudad que quiere recordar empieza por la fuente bebedero y la placa de piedra —y termina con planes de protección a largo plazo.
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