Bolsas con escombros, muebles viejos y plástico yacen en las calles, en las aceras e incluso en el lecho del arroyo. Un grupo local de protección del medio ambiente critica la pasividad del municipio.
Binissalem ahogado en la basura: vecinos y grupo ambiental exigen acción
No es la imagen que uno espera al pasear por un pueblo con macetas: a primera hora de la mañana, alrededor de las 9:15, estaba en la entrada del polígono industrial de Binissalem y vi bolsas con escombros, sillas rotas y bolsas de plástico que ondeaban al viento. Los vertidos, según testigos, se extienden ya por varios puntos del municipio.
Dónde crecen los montones de basura
No solo están afectadas las vías de acceso al parque industrial. Personas del lugar señalan el Camí de Son Roig, una desviación en el Camí del Raiguer e incluso el lecho del arroyo Rafel Garcés: por todas partes no solo hay bolsas de plástico, sino sacos enteros llenos de materiales de construcción y enseres domésticos. Un lugar al final de la zona industrial ya parece un punto de recogida ilegal, dicen los vecinos.
La crítica del grupo ambiental
El grupo local GADMA ha documentado la situación y advierte que el problema va más allá del polígono industrial. Su portavoz deja claro que recoger sistemáticamente sacos no clasificados puede limpiar las calles a corto plazo, pero no cambia el comportamiento: quien tira de forma anónima a menudo no percibe que todo acaba en la planta de incineración y que los costes y la carga ambiental aumentan para todos.
«La recogida puerta a puerta no ha dado los resultados esperados», dice un representante de la organización y exige que el municipio adopte medidas concretas: más controles, campañas informativas dirigidas y, en su caso, multas para los reincidentes.
Frustración entre los vecinos
Un vecino mayor, a quien encontré junto a la carretera, solo negó con la cabeza: 'Antes esto estaba más limpio, ahora apenas te atreves a sacar al perro'. Otros hablan de olores tras la lluvia, porque los residuos húmedos permanecen más tiempo. Algunos han comenzado a organizar pequeñas jornadas de limpieza, pero se quejan de que las fuerzas se agotan rápidamente.
Qué debería suceder ahora
Las acusaciones son: poco personal, poca presencia y demasiada tolerancia con los vertidos ilegales. Ya sea que el municipio incremente temporalmente las rutas de limpieza, instale vigilancia o ponga en marcha un programa de concienciación para albañiles y empresas, todo esto serían pasos posibles. El ambiente en el pueblo exige señales de que se actúa, no más frases en comunicados de prensa.
Al final queda la amarga constatación: si nadie identifica a los causantes y recoger se convierte en la solución permanente, todos pagarán al final —con tasas más altas y una peor calidad de vida. Y así las bolsas seguirán junto a los caminos hasta que alguien haga algo de verdad.
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