Paisaje mallorquín: costa salina, limoneros, muros de piedra y flores de jazmín al atardecer.

Mar, cítricos, muros cálidos: cómo Mallorca actúa en la nariz

Mar, cítricos, muros cálidos: cómo Mallorca actúa en la nariz

Una entrenadora olfativa de Alemania clasifica la isla en seis paisajes olfativos —desde el aliento salado de la costa hasta el acorde nocturno de piedra, vino y jazmín. Incluye un consejo para pasear: cómo agudizar la nariz.

Mar, cítricos, muros cálidos: cómo Mallorca actúa en la nariz

Una entrenadora olfativa ordena la isla en seis paisajes olfativos —y muestra cómo escuchar con atención.

A veces basta un paso desde una calleja sombreada hacia la plaza para darse cuenta: Mallorca no solo tiembla por la luz, también respira. Tina Tzschoppe, originaria de Celle y residente aquí desde hace casi ocho años, acompaña a las personas para descubrir conscientemente la riqueza de estos olores. Como coach olfativa trabaja en Alemania, Italia y España y ha trazado para la isla una especie de mapa olfativo urbano —libre de clichés, lleno de escenas cotidianas.

Quien camina con los sentidos abiertos reconoce pronto que la isla tiene varios rostros. Tzschoppe distingue seis familias olfativas, cada una con su propio territorio y su propio ánimo. Y sí: se pueden probar prácticamente —con un paseo matutino junto al mar, una caminata al mediodía por la garriga o una tarde en la terraza laberíntica de un casco antiguo.

1) Costa y viento atlántico

En el mar se mezcla la sal con un matiz mineral: rocas húmedas, cordajes de los muelles, tablas de madera calentadas por el sol. Se añaden notas de yodo y el sutil rastro de protector solar sobre piel bronceada. Esta composición resulta despejada, amplia —muchos la sienten como liberadora. Temprano por la mañana, cuando el viento viene del agua, esta familia olfativa es la más intensa. Quien busca calas rocosas puede leer Calma, rocas y mar: descubrir Mallorca fuera de las playas de arena.

2) Estepa, hierbas y calor

A lo largo de los senderos hacia el interior de la isla crecen matas de romero, cojines de tomillo y hinojo silvestre. Con el calor desprenden un componente seco, casi medicinal, junto con tierra polvorienta. En los caminos estrechos de la Serra de Tramuntana esta mezcla resulta poderosa y arcaica —despierta, pone en alerta y recuerda la resistencia de las plantas locales.

3) Huertos de cítricos

En los valles alrededor de Sóller y en algunos jardines privados se percibe olor a naranja amarga y limón, complementado por hojas de un verde fresco y la tierra húmeda a la sombra de árboles viejos. Tras un chubasco la frescura se hace aún más nítida, como relatan en Mallorca vuelve al modo verano: calma tras el teatro del tiempo. Estas notas hacen que las plazas parezcan más ligeras y amables; por la mañana o al final de la tarde desplegan su peculiar elegancia.

4) Pinos, agujas y sol de la tarde

Cerca de la costa y en extensos pinares suben resinas mezcladas con agujas cálidas y polvo fino. A menudo se cuela una leve nota a humo, como si alguien hubiera encendido una hoguera más arriba. Este olor crea una sensación de cuidado y relajación —más intenso por la tarde, cuando el sol calienta las agujas.

5) Piedra, pátina y tiempo

Casas de cal, plazas de pueblo estrechas, patios interiores con puertas de madera antiguas: calor de piedra y polvo, un toque de pátina y muebles viejos. Esta composición transmite lentitud y permanencia. Bajo el sol del mediodía, cuando las callejas están en calma, el aroma tiene algo sumergido, casi como una conversación con la historia de los lugares.

6) Acorde vespertino: gente, humo, jazmín

Cuando se encienden las luces los aromas cambian. Terrazas, bares y callejuelas liberan una mezcla cálida y humana: piel, tabaco, de vez en cuando humo de leña, acompañados de vino y flores nocturnas. El resultado es íntimo y sosegado —un olor que provoca cercanía y, a veces, una leve melancolía.

Un pequeño consejo de Tzschoppe para los curiosos: no corran. Cinco minutos en un lugar bastan para abarcar detalles. Cierra los ojos, respira hondo y piensa qué recuerdo despierta en ti ese olor. Un paseo por el Passeig Marítim con la rompiente acercándose, una pausa de senderismo en el Coll dels Reis con aroma a romero o una tarde en la Lonja —esos pequeños rituales agudizan la nariz.

¿Por qué es bueno para Mallorca enfatizar este lado de la isla? Porque la percepción consciente aumenta la apreciación del paisaje y la vida cotidiana. Quien conoce el olor de los pinos quizá mire con más atención la reforestación; quien ama el aroma de los caseríos antiguos tendrá otra sensibilidad hacia la protección del patrimonio. Es una vía suave para profundizar la relación entre las personas y la naturaleza.

Al final queda la certeza: Mallorca no es un solo olor, sino un mosaico. Y: la práctica hace al que huele. Con pequeños ejercicios cotidianos se puede cosechar más del carácter insular —una ganancia para residentes y visitantes que aprenden a viajar no solo con los ojos, sino con toda la nariz, como sugieren artículos sobre el Final de verano en Mallorca: aún días de playa, noches templadas y pueblos relajados.

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