Agentes policiales junto a cinta de señalización en la costa, escena acordonada tras investigarse doble homicidio.

¿Cuánto riesgo puede conllevar una absolución? Dudas tras un doble asesinato en la Costa Blanca

Dos sospechosos, detenidos días antes y luego puestos en libertad. El incidente mortal en la Costa Blanca plantea preguntas sobre los procedimientos de la policía y la justicia.

¿Cuánto riesgo puede conllevar una absolución? Dudas tras un doble asesinato en la Costa Blanca

¿Cuánto riesgo puede conllevar una absolución? Dudas tras un doble asesinato en la Costa Blanca

Breve detención y luego liberación: por qué el caso inquieta a la población en las Baleares

Una pregunta simple pero urgente se escucha ahora por todas partes: ¿Cómo pudieron dos hombres, que días antes habían estado bajo custodia tras incidentes a veces violentos, recuperar la libertad —y poco después supuestamente acabar con la vida de dos personas? El caso en la Costa Blanca ha alarmado no solo a familiares, sino también a responsables municipales y cuerpos policiales, y casos recientes, como Doble homicidio en Manacor: cuando la psicosis y la ley chocan, reavivan el debate.

Los hechos conocidos: dos ciudadanos polacos de 19 y 42 años fueron detenidos a finales de la semana pasada tras una agresión y posteriores actos de resistencia. Pasaron varios días en una comisaría y fueron presentados ante un juez de instrucción; este los dejó en libertad bajo medidas cautelares. La noche siguiente se produjo un enfrentamiento mortal en una urbanización vacacional, en el que murieron dos hombres y un tercero resultó gravemente herido. Los presuntos autores se atrincheraron después en la casa; unidades especiales de la Guardia Civil los detuvieron más tarde. La investigación continúa y un juez ha ordenado diligencias adicionales.

Lo que aviva el debate es la percepción de un fallo del sistema: en varias ocasiones los mismos hombres ya habían tenido actuaciones policiales, consta una detención en 2023 por violencia doméstica en los registros, además de varios servicios en los meses previos. El alcalde de una localidad afectada habló de un error escandaloso —no en un tono de comentario televisivo, sino por preocupación por la seguridad pública.

Un análisis sobrio muestra dónde pueden estar los problemas. El derecho procesal penal español otorga a los jueces margen de discrecionalidad para decretar la prisión provisional, concepto clave en estas decisiones y regulado por la normativa procesal, por ejemplo en la entrada sobre prisión provisional. Deben valorar si la prisión es necesaria para evitar la huida, la destrucción de pruebas o la comisión de nuevos delitos. En la práctica eso significa: sin indicios claros y documentados de un alto riesgo de reincidencia o sin pruebas concretas, los responsables a veces tienden a dejar en libertad a los investigados bajo medidas —especialmente cuando faltan plazas de prisión y los procedimientos se acumulan.

Lo que suele faltar es: una evaluación de riesgo sistemática que reúna antecedentes policiales, conductas agresivas en custodia e indicios procedentes de distintas administraciones. En las pequeñas dependencias de la costa, que se ocupan con frecuencia de controles de propietarios de viviendas vacacionales, ocupaciones ilegales y robos, la experiencia suele residir en los agentes locales. Sin embargo, su valoración no siempre llega a la instancia judicial de forma útil.

Lo que hasta ahora escasea en el debate público es la perspectiva de los propietarios, los vecinos y quienes patrullan a diario: el propietario alemán que envía a un conocido a la casa, la vecina que oye las sirenas en el estrecho camino costero —todos actúan en una cotidianeidad que no solo se compone de textos legales. En Cala Major o en el Paseo Marítimo se ve por las mañanas a jubilados leyendo el periódico en cafeterías y comentando a media voz la seguridad; no hace mucho un suceso en la ciudad, Fuga en Palma: acusado habría matado a una mujer alemana — juicio próximo, también marcó la sensación de inseguridad. Observaciones así forman parte de la realidad, pero en los grandes debates sobre reformas rara vez se les presta atención.

Se pueden nombrar soluciones concretas sin poner en peligro el principio de presunción de inocencia: primero, una transmisión de información más vinculante entre comisarías y justicia —informes de riesgo estandarizados podrían ayudar en las presentaciones ante el juez. Segundo, vías procesales aceleradas para reincidentes: cuando alguien destaca repetidamente por hechos violentos, ello debería pesar en la decisión sobre prisión. Tercero, equipos de coordinación local que asesoren a propietarios, acompañen rondas de control seguras y, si hace falta, organicen medidas de protección policial; casos relacionados, como Sospecha de encargo en s'Arenal: la liberación que deja preguntas abiertas, ilustran la inquietud pública. Cuarto, más recursos para la celebración de juicios, para que los magistrados no decidan únicamente por la presión del tiempo.

Esto no es una panacea. Se necesitan debates políticos en los ayuntamientos y en los palacios de justicia, pero también reglas prácticas y sencillas en la base: protocolos comunes, expedientes digitales, criterios claros para la «peligrosidad por reincidencia». Y explicaciones más transparentes sobre por qué un juez decide como decide —para que la ciudadanía pueda entender qué ponderaciones se han realizado.

Al final queda la pregunta que inquieta a muchos residentes de Mallorca: ¿queremos que la protección de la colectividad ceda ante obstáculos administrativos? ¿O se logrará ajustar el equilibrio entre derechos civiles y seguridad preventiva de manera que no se repitan escenas como las de la Costa Blanca? Esa es la tarea de los próximos meses —con largas sesiones en despachos oficiales, pero también con conversaciones sencillas en la calle, en la panadería, cuando empieza la semana y pita el ferry.

Conclusión: el caso pone de manifiesto, ni más ni menos, una debilidad en la coordinación entre policía y justicia. Quien atribuya las causas solo a personas concretas pasa por alto las lagunas estructurales. Quien quiera reformar sin anteojeras debería actuar donde se preparan las decisiones: mejores flujos de información, criterios de riesgo claros, más rapidez en los procedimientos judiciales y coordinación regional. Solo así puede recuperarse la confianza en el ordenamiento jurídico —y quizás salvar la vida de personas que de otro modo no hubieran sido salvadas.

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