Hombres locales suben un tronco de pino enjabonado en las calles de Pollença durante la fiesta de Sant Antoni.

Escalada de pinos por Sant Antoni en Pollença: un tronco que une al vecindario

Escalada de pinos por Sant Antoni en Pollença: un tronco que une al vecindario

Para celebrar Sant Antoni, en Pollença y Port de Pollença el sábado enormes troncos de pino recorren las calles; por la noche, hombres se atreven a subir por la madera enjabonada. Quien llega a la cima recibe aplausos. Un trozo de cultura insular que fomenta la comunidad.

Escalada de pinos por Sant Antoni en Pollença: un tronco que une al vecindario

Cuando el pino llega a la ciudad y las noches se alargan

El sábado, partes de Pollença y Port de Pollença se transforman de nuevo en un pequeño escenario: pesados troncos de pino son trasladados al pueblo con esfuerzo y colocados en plazas centrales. Hacia las 14:00 comienza el izado; más tarde, por la noche, toca a los hombres valientes subir por un tronco previamente despejado de ramas y engrasado. Quien llega a la cima recibe sobre todo algo que no aparece en ninguna etiqueta de precio: un fuerte aplauso y un instante de protagonismo.

La escena es inmediata: el olor de la resina del pino se mezcla con el del pan de palo frito y el humo de leña, los niños corretean por los bordes de la plaza junto a bancos de tronco y los vecinos mayores comentan viejas historias de escaladas. En Port de Pollença se añade una ligera brisa marina que hace ondear las esterillas y banderines; a veces es precisamente ese viento el que vuelve la madera más resbaladiza, un plus de emoción.

La norma de limpiar el tronco de ramas y enjabonar la superficie, una práctica similar al palo enjabonado, forma parte de la tradición; antaño se ofrecía como recompensa un gallo, según cuentan los habitantes más mayores. Estos detalles muestran cómo las costumbres experimentan pequeños ajustes con el tiempo sin perder el núcleo: comunidad, pruebas de valor y la solidez de los lazos sociales.

Para los visitantes, la escalada de pinos es una experiencia clara: ruidosa, algo sucia y nada pretenciosa. Quienes observan suelen sentarse en bancos de tronco improvisados o apoyarse en un cálido saliente de piedra. La atmósfera es menos un espectáculo de escenario y más un acontecimiento vecinal; la gente se da consejos en voz alta, aplaude y la banda local aporta el marco sonoro.

¿Por qué es importante para Mallorca? Porque esos pequeños rituales concretos forjan identidad. En tiempos en los que muchas cosas se profesionalizan, aquí perduran tradiciones sostenidas por voluntarios: desde el transporte del tronco y su colocación hasta el vallado de las calles. Son un lugar donde se encuentran generaciones: los jóvenes que trepan y los mayores que transmiten anécdotas de antes.

Quien quiera vivir el espectáculo con respeto: venga temprano, busque un sitio y no cruce las zonas de seguridad. El ayuntamiento suele encargarse del vallado y de las indicaciones; un caso reciente fue Alarma en Palma: el vecindario se opone a las talas de árboles. Es de buen tono sonreír a las personas que ayudan, son parte del todo. Y sí: no está de más llevar ropa abrigada para la noche, porque las noches de enero pueden refrescar en la isla.

Para Pollença, la escalada de pinos es más que un evento en el calendario: es un pequeño trozo de convivencia vivida. El denso aplauso cuando alguien llega a la punta es casi como un breve suspiro colectivo: lo hemos vivido juntos. Eso vale hoy más que cualquier medalla.

Foto: Ayuntamiento de Pollença

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