
Un lugar junto al camino: nuevos bancos de tronco entre Bunyola y Orient generan debate
Bancos rústicos hechos con troncos apilados enriquecen el sendero Bunyola–Orient. Un gesto bonito — ¿pero quién asume la responsabilidad del mantenimiento y la seguridad?
Un lugar junto al camino: una buena idea — con cuentas pendientes
Entre las empinadas terrazas de Bunyola y la pequeña aldea de Orient, alguien ha colocado asientos que llaman la atención: troncos toscamente hendidos, anclados sobre piedras de campo y pintados de oscuro, que son los bancos de tronco entre Bunyola y Orient. Por la mañana flotaba en el aire el aroma de la resina de pino y la piedra caliente, las cigarras cantaban, y los bancos parecían obra conjunta de guardas forestales y escultores de madera. ¿Encantadores? Sí. ¿Sin problemas? No del todo.
¿Quién lo hizo — y por qué el ayuntamiento se enteró después?
Al preguntar, el ayuntamiento mostró sorpresa: no había sido informado sobre quién colocó los bancos de madera entre Bunyola y Orient. Las primeras pistas apuntan a un propietario privado de la zona, que parece haber actuado por vecindad y con el deseo de hacer más atractivo el paseo. Para los caminantes los asientos son prácticos: ciclistas usan los tramos de tronco para descansar, una mujer mayor se ató los cordones, y en una curva estrecha hay tres bancos en la curva — pausas perfectas cuando falta el aire y la vista queda prendida en las paredes de roca.
Más ambiente que garantía: las cuestiones técnicas
La construcción aparenta ser sólida; carpinteros locales confirman una ejecución robusta. Pero las valoraciones técnicas no lo son todo: ¿a quién pertenecen legalmente los bancos? ¿Quién paga en caso de vandalismo o si una tabla se rompe? La carretera depende del Consell de Mallorca y figura en una lista de mejoras. Intervenciones no coordinadas pueden complicar luego el mantenimiento — por ejemplo si hay que hacer reparaciones o trabajos en la vía y los bancos estorban.
Ecología, seguridad y diligencia
Las buenas intenciones no bastan para la sostenibilidad. Una pintura oscura protege de la intemperie, pero puede contener compuestos orgánicos volátiles; con la lluvia pueden producirse escurrimientos al suelo. La madera junto al camino aumenta además la carga de combustible en verano — un aspecto que muchos paseantes no consideran a primera vista. Y, por supuesto, queda la cuestión de las revisiones periódicas: astillas, uniones sueltas, riesgo de resbalones en humedad — todo ello necesita responsabilidades claramente establecidas.
Lo que a menudo falta en el debate público
La discusión se centra primero en simpatía versus formalidad. Así se pierden de vista dos puntos: primero, la relación entre acciones vecinales espontáneas y el espacio público — ¿cuánta iniciativa es aceptable antes de que se convierta en un problema? Segundo: la protección social. ¿Quién responde si un turista se cae? ¿Quién organiza el mantenimiento? Preguntas poco llamativas, pero decisivas para que una buena idea no resulte luego cara o peligrosa.
Pequeños pasos con un plan claro — propuestas concretas
No se trata de retirar los bancos de inmediato. Al contrario: muchos locales celebran las plazas adicionales a lo largo del camino. Pero para que un gesto amable no acabe siendo un problema, propongo los siguientes pasos pragmáticos:
Transparencia: Un cartel breve indicando el donante o un contacto aporta claridad. Eso puede evitar malentendidos.
Coordinación: El ayuntamiento y el consejo insular deberían sentarse a hablar para clarificar responsabilidades sobre mantenimiento y posible retirada.
Revisiones regulares: Un taller local o un equipo de voluntarios podría realizar controles de seguridad anuales.
Evaluación ambiental: Revisar las pinturas utilizadas por su compatibilidad ambiental y ofrecer recomendaciones para prevención de incendios en épocas secas.
Custodia comunitaria: Una adopción por parte de los clubes de senderismo locales o de la vecindad puede asegurar el cuidado a largo plazo.
Por qué este debate es más que un problema de asientos
Los bancos entre Bunyola y Orient son un pequeño ejemplo de una cuestión mayor: cómo regulamos el espacio público en una sociedad insular vivaz que vive de gestos espontáneos y cariñosos — pero que también debe tener en cuenta el turismo, la seguridad y la ecología. Si el ayuntamiento, el consejo insular y el presunto donante se sientan a la mesa, de una acción sorpresa puede surgir un proyecto comunitario que enriquezca el camino sin generar problemas posteriores.
Hasta entonces queda tiempo para sentarse, respirar y mirar: el olor a resina, el golpeteo de los bastones sobre la pizarra, el sol que se filtra entre las hojas de pino. Un lugar en el que apetece detenerse un rato — siempre que quede claro quién lo preserva.
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