Gabo fotografiando en su finca Rancho Felice con el paisaje de Mallorca de fondo

De la pasarela a la lente: Gabo, su finca y un momento Costner

Gabo vive desde 1999 en su finca 'Rancho Felice' y se ha transformado de modelo a solicitada fotógrafa de retratos. Entre la estufa de leña, visitas al mercado en Palma y la enseñanza en talleres, conecta lo analógico con la precisión digital — y se mantiene firme en cuestiones éticas.

De la pasarela a la lente: cómo Gabo ve Mallorca ahora

Un viento fuerte empuja las nubes sobre la MA-19, las voces de un café se mezclan con el crujir de los olivos — es en una mañana así cuando conozco a Gabo. Ríe a menudo, es directa y tiene esa calma que desarrollan quienes han pasado años bajo los focos: sin prisas, pero con una mirada que sabe lo que importa. Antes ella misma posaba durante horas ante las cámaras; hoy busca el rostro detrás de la mirada.

Rancho Felice: espacio de trabajo, cuadra y ritmo de vida

Vive desde 1999 en una pequeña finca en el sureste, a la que llama con cariño Rancho Felice. Allí forman parte de la rutina dos perros y —hasta hace poco— un caballo. Al mediodía se hace siesta, en invierno chisporrotea una estufa de leña y la iglesia está a cinco minutos a pie. Esa rutina suena sencilla, pero para Gabo es más que decoración: Mallorca es lugar de trabajo, refugio y material a la vez. La isla aporta luz, aire y sonidos — las cigarras que cantan fuerte en verano, las campanas lejanas el domingo — y aporta gente dispuesta a mostrarse; hay relatos cercanos, como el del herrero de la finca, y también historias sobre mudanzas y nuevas casas en la isla, por ejemplo Nuevo hogar, nueva tranquilidad.

Luz, técnica y destreza manual

«Esta luz mediterránea es limpia, pero no carente de alma», dice cuando el sol al atardecer tiñe las fachadas de un dorado cálido. Gabo es de las que aman ambos mundos: el trabajo de estudio con iluminación precisa y el flujo digital cuando los plazos aprietan; y la fotografía analógica, porque el grano, la sensación al tacto y la imprevisibilidad del filme aportan algo auténtico. Habla del revelado como otros hablan de una buena receta — con respeto al material y una pequeña sonrisa cuando algo sale mal.

Ética antes que caché: saber decir no

El dinero resulta tentador, confiesa, pero hay límites claros: no hace campañas de pieles ni proyectos de relaciones públicas que comprometan su conciencia. «Al final tienes que poder mirarte en el espejo», afirma. Esta postura es más que una moral personal; es una señal para una comunidad insular que se debate entre la presión turística y la identidad cultural. Al anteponer valores, ella moldea la escena local — despacio, pero con consistencia.

El incidente con la bala de paja y un toque de Hollywood

Las anécdotas son parte de todo rodaje. Una vez se planeó usar una bala de paja como un accesorio sugerente — y al manager no le pareció nada brillante. Cuando Kevin Costner apareció en el set, reaccionó con humor seco: una frase que hizo reír a todos y que provocó un breve sonrojo en Gabo. Son esos pequeños incidentes, improvisados y humanos, los que ella valora. Convierten las sesiones fotográficas en momentos que no solo se organizan, sino que se viven.

Enseñanza, exposiciones y su papel en la vida cultural de Palma

Además de fotografiar, Gabo comparte su saber: talleres, conferencias invitadas, intercambio con jóvenes fotógrafos. Su portafolio actual se exhibe hasta mediados de octubre en una galería en la península — retratos que no solo agradan, sino que buscan impactar. En Palma se la encuentra a menudo en el mercado semanal, tomando un espresso frente a un pequeño laboratorio fotográfico, o charlando sobre formatos de película y nuevas ideas. Es importante: el trabajo cultural no ocurre solo en galerías, sino en barras, plazas y talleres; en la isla conviven historias artísticas y de convivencia, como la de Gabriela Sabatini.

Entre la digitalización y la humanidad

Un tema que le inquieta es la IA. A Gabo le gustan las posibilidades de optimización, pero rechaza reemplazar ciegamente: «Optimizar sí, reemplazar no.» Su postura es un llamamiento a colegas y clientes para respetar los derechos de autor y no invisibilizar a la persona detrás de la imagen. Es un código ético práctico, no un dogma — y una invitación a la escena para debatir sobre normas y modos de actuar; por ello sigue de cerca debates sobre inteligencia artificial y sus implicaciones.

En resumen: Gabo une empatía con precisión artesanal. Su finca no es un cliché de soledad, sino un espacio de trabajo con perros, estufa de leña y lugar para experimentar. Para Mallorca esto es valioso: artistas así aportan estabilidad a un paisaje cultural y creativo cambiante, forman a las nuevas generaciones y mantienen viva la discusión sobre ética y técnica. Y quién sabe — tal vez en la próxima sesión haya otra bala de paja, un buen espresso y un momento que ninguna máquina pueda reproducir.

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