Playa en las Baleares con sombrillas y colillas en la arena, ilustrando el problema de fumar en la costa

Baleares apuestan por la voluntariedad en lugar de una prohibición general: una mirada crítica

El gobierno de las Baleares rechaza una prohibición uniforme de fumar en playas y terrazas y prefiere la información y soluciones locales. Por qué esto no es solo pragmatismo y qué alternativas son necesarias ahora.

Las Baleares apuestan por la voluntariedad en lugar de una prohibición general — y con ello no se resuelven todos los problemas

La decisión del gobierno de las Baleares de decir no a la prohibición de fumar en playas y terrazas parece a primera vista pragmática: no más oleadas de sanciones, menos presión añadida sobre los pequeños locales — y en su lugar información, prevención y zonas voluntarias para no fumadores. Pero el rumbo de la región también plantea preguntas que, en el bullicioso verano entre el Passeig Marítimo y Cala Mayor, a menudo pasan desapercibidas: ¿puede la voluntariedad ser suficiente para conciliar salud, protección del medio ambiente e intereses turísticos? Cabe recordar además qué propone el anteproyecto sobre dónde ya no se podrá fumar en Mallorca desde Madrid.

La cuestión central

¿Quién protege a quién — y quién controla? Esa es la verdadera cuestión en disputa. Por un lado están los propietarios y propietarias de cafeterías y chiringuitos, que temen reglas complicadas y poco prácticas. Por otro lado están las personas que en la playa solo esperan un poco de aire limpio, los niños que juegan entre las tumbonas y los equipos de limpieza que recogen colillas a diario. El gobierno balear apuesta por ahora por la información y la voluntariedad. Es comprensible, pero no basta como única estrategia.

Lo que suele faltar en el debate público

El debate suele moverse entre dos polos: protección de la salud versus consecuencias económicas. Se presta menos atención a cómo la dirección del viento o la hora del día modifican el efecto del humo. Un día en el Passeig Marítimo sopla el poniente y el humo apenas se nota; al día siguiente entra el levante y una hilera de playa lo respira. Tampoco se analiza suficientemente la cuestión de los costes: ¿quién paga controles adicionales, cuadrillas de limpieza de playas o formación para el personal de la hostelería?

Riesgos concretos para la isla

Existen costes derivados claros: las colillas son el residuo más frecuente en las playas, dañan la fauna marina y generan microplásticos en la arena; sobre por qué las colillas son problemáticas para los océanos (Ocean Conservancy) hay abundante información. Esto afecta la reputación de Mallorca como destino familiar y natural. Además, la práctica desigual provoca disgusto entre los turistas: algunos se sienten dirigidos, otros desprotegidos. El resultado puede ser quejas, problemas en redes sociales y, en el peor de los casos, una imagen deteriorada a largo plazo.

Por qué la voluntariedad aún tiene su lugar

Las zonas voluntarias sin humo funcionan sorprendentemente bien cuando los anfitriones comunican la oferta activamente y los establecimientos turísticos ven en ello una ventaja competitiva. Hoteles o chiringuitos que se posicionan como totalmente libres de humo lo usan como sello de calidad. El gobierno balear quiere apostar por eso: subvenciones, certificados y campañas informativas en lugar de una prohibición universal. Es una estrategia inteligente — pero insuficiente sin medidas complementarias.

Propuestas que pueden ayudar tanto en Madrid como en la isla

Un mix de normas e incentivos sería realista y práctico: zonas piloto en playas muy concurridas, prohibiciones estacionales en periodos de elevada afluencia, distancias mínimas obligatorias entre grupos de asientos en terrazas con áreas para fumadores y multas claras solo para infracciones reiteradas o que se ignoren de forma agresiva. También harían falta programas de ayudas para que los pequeños locales puedan delimitar físicamente áreas libres de humo y recursos para dejar de fumar (OMS) dirigidos a trabajadores de hoteles y restauración.

Además suele faltar un sistema sencillo de notificación e información: una app o una línea directa para que los bañistas puedan comunicar problemas, vinculada a la policía local o al ayuntamiento, profesionalizaría la gestión de quejas — sin que cada aviso implique necesariamente un procedimiento sancionador.

El camino pragmático intermedio

Otra idea: un sello voluntario «libre de humo» para hoteles y locales, vinculado a una comunicación visible durante el proceso de reserva. El sector turístico se beneficiaría porque los viajeros cada vez valoran más estándares de salud y medioambientales. Para las autoridades supondría menos controles y, aun así, una oferta palpable de alternativas sin humo.

Qué debe suceder ahora

En las próximas semanas se celebrará una mesa de diálogo —con autoridades, médicos, representantes del turismo y restauradores. Es la oportunidad no solo de intercambiar posiciones, sino de diseñar un programa piloto claro: ¿dónde probamos prohibiciones, dónde apostamos por la voluntariedad y cómo medimos el éxito? Hace falta claridad jurídica para que en otoño no surja un mosaico de normas en Mallorca.

Mi impresión: al pasear junto al mar no solo se oyen olas y gaviotas, a veces también el lejano crujir de una cajetilla. Un poco de calma está bien — pero la responsabilidad no debe diluirse con la brisa. Mallorca necesita reglas prácticas y proyectos piloto valientes para seguir siendo una isla limpia, sana y acogedora.

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