Bandeja con llonguets recién horneados listos para servir en la Llonguetada de Palma

Llonguetada: Palma celebra su propio panecillo

Llonguetada: Palma celebra su propio panecillo

En Palma la ciudad huele a pan recién horneado: en el Festival del Llonguet bares y panaderías ofrecen las pequeñas especialidades en todas sus variantes. Una fiesta para vecinos, amantes del desayuno y guardianes de la tradición.

Llonguetada: Palma celebra su propio panecillo

Un día de aromas, música y panecillos preparados

El 18 de enero de 2026 Palma amaneció diferente: ya de camino al trabajo se percibía olor a masa caliente y corteza untada con mantequilla. En la plaza y en las calles laterales se veían personas con un llonguet en la mano apresuradamente —el panecillo estrecho y blando que solo aquí puede llamarse verdaderamente llonguet. El ambiente era relajado, las temperaturas suaves y, de vez en cuando, se oía música saliendo de las puertas abiertas de los cafés.

La Llonguetada reúne a bares y panaderías de la ciudad. Algunos locales, como la Bar Mónaco o Suquía Café en la Carrer de Blanquerna, presentaron versiones especiales: con queso regional, verduras salteadas o la clásica combinación de aceite de oliva y tomate. Quienes se detienen en esos puestos reciben una pequeña lección de historia sobre el pan: no es un producto brillante para el escaparate, sino un trozo de cultura cotidiana que en Palma se come desde hace generaciones a primeras horas de la mañana.

No se trata de grandes puestas en escena. En algunas esquinas había un pequeño altavoz con guitarra en directo, delante de una panadería colgaban unos dibujos de artistas locales y en otros puestos abrían el panecillo y lo rellenaban al instante, mientras las dueñas y los dueños charlaban con la clientela habitual. Todo eso transmite algo familiar: la vecina que desayuna, el jubilado con el periódico, los turistas que se asombran y preguntan —una escena urbana normal que, gracias a compartir una comida, se convierte en comunidad.

¿Por qué sienta tan bien? Porque la Llonguetada logra lo que a menudo desaparece en tiempos agitados: encuentros breves, apoyo a los pequeños negocios y la preservación de recetas simples. Las panaderías reciben atención fuera de la temporada turística, los bares recuperan clientela matinal y las panaderas jóvenes prueban nuevos rellenos sin traicionar la forma tradicional.

Un mapa con los locales participantes ayuda a planear la ruta. Quien quiera puede probarlos todos: desde el llonguet purista con aceite mallorquín hasta la versión moderna con pimiento asado y sobrasada. Justo ahora, un día antes de las grandes celebraciones de San Sebastián, la Llonguetada es un pequeño ensayo para las fiestas que vendrán.

Para Palma, el festival significa más que un buen desayuno: es una parte de la identidad urbana. En una ciudad donde se habla constantemente de turismo, alquileres y rotación, eventos así recuerdan el valor de la cocina local y de los lugares donde funcionan los vecindarios. La Llonguetada demuestra que tradición y creatividad no son opuestas: se puede tomar un pan histórico y darle un relleno nuevo sin perder el alma.

Mi consejo para quien aún quiera ir: llegar temprano, respirar los sonidos de la calle, mirar por encima del hombro de un panadero y comer el llonguet despacio. Probad distintas variantes y hablad con la gente detrás de la barra —ahí nacen los mejores descubrimientos. Y si la primera vez no toca el llonguet perfecto, siempre hay otra oportunidad al día siguiente: las panaderías de Palma practican con obstinación.

Perspectiva: Estos días de fiesta viven de la repetición. Ojalá la Llonguetada no quede solo como una fecha en el calendario, sino que se convierta en una cita fija del año urbano —un pequeño ritual que haga a Palma más cálida cuando el viento de enero silba entre los plátanos.

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