Fachada semiderruida del complejo Espigol Beach cerca de Can Picafort con balcones deteriorados

Entre hormigón y rompiente: ocupas en Espigol Beach en Can Picafort — ¿a dónde irán las personas?

En el complejo vacacional semiderruido «Espigol Beach» cerca de Can Picafort, personas han encontrado un hogar precario. La escena muestra por qué la escasez de vivienda en Mallorca se vuelve tan aguda y qué soluciones pragmáticas podrían aplicarse.

Cuando se van los turistas, quedan personas: Espigol Beach entre el abandono y la vida cotidiana

Si se recorre la carretera costera hacia Son Bauló, por la mañana se oyen las gaviotas sobre el mar, el lejano ruido de las cadenas de las bicicletas y a veces la campana de la iglesia de Can Picafort. Entonces aparece un edificio medio derruido: ventanas con carteles marchitos de "Se vende", balcones agrietados, geranios secos. Antes debía recibir a turistas, como muestra la instalación okupada en ruinas de Can Picafort. Hoy viven allí familias, bebés y personas que dicen: «No sabemos a dónde ir.»

Pregunta central: ¿Qué hacer con los edificios turísticos vacíos cuando las personas no tienen alternativas?

Ésa es la cuestión clave que nadie quiere decir en voz alta cuando el sol político brilla sobre la playa: las redadas y las palas no solucionan el problema, y mirar hacia otro lado solo lo hace más grande. En Espigol Beach se ha formado una comunidad improvisada y diversa, como relata un reportaje sobre el declive en el paseo y los apartamentos Espigol: personas de África, ciudadanas de la UE, españoles. Unos tienen papeles, otros no. Los residentes limpian las escaleras, recogen la basura y cuentan rituales sencillos: por la noche atenúan la luz para que los niños puedan dormir y por la mañana las vecinas cocinan juntas en cocinas provisionales. Esto suena menos a aventura y más a supervivencia.

Zona jurídica gris y salud — la piscina como síntoma

Un problema central y poco atendido no es una declaración política, sino un agua estancada: la piscina. Verdosa, llena de algas y larvas de mosquitos, recuerda a una charca, no a un lujo vacacional. Los residentes piden que el ayuntamiento corte el suministro, cubra el vaso o, al menos, organice desinfección. Ironicamente y de forma alarmante a la vez: personas que viven de forma ilegal se ofrecen a colaborar y hasta a aportar pequeñas contribuciones si las autoridades actúan de forma pragmática. La ficha de la OMS sobre dengue y mosquitos recoge el riesgo sanitario asociado a aguas estancadas.

Legalmente la situación es compleja. El complejo nunca contó con permisos de habitabilidad claros, las promesas de venta quedaron a medias y los propietarios suelen ser difíciles de localizar. Esto crea un caldo de cultivo para la incertidumbre: ¿quién puede actuar, quién es responsable — el ayuntamiento, el consell insular, los propietarios o los tribunales? La normativa en el Boletín Oficial del Estado regula competencias y procedimientos.

Lo que a menudo falta en el debate

En el discurso público se tiende a dividir entre categorías "legales" e "ilegales" y, al hacerlo, las personas desaparecen. Se proyecta menos atención sobre que estas ocupaciones son consecuencia de todo un sistema: parcelas privatizadas, edificios desocupados durante años, un mercado inmobiliario privado que prioriza la rentabilidad sobre las necesidades sociales y una maquinaria municipal de planificación que avanza despacio. A esto se suma la percepción amplificada por las redes sociales: las postales de playas dominan la imagen pública mientras las consecuencias de la falta de vivienda crecen en las calles laterales.

Oportunidades concretas y propuestas pragmáticas

Hay vías para aliviar la situación — no con soluciones románticas y rápidas, sino con medidas locales y concretas:

- Acuerdos temporales de uso: El ayuntamiento podría pactar con los propietarios soluciones de transición: derechos de uso temporales para organizaciones sociales a cambio de actuaciones de mantenimiento.

- Salud y seguridad ante todo: Medidas inmediatas como cortar el agua de la piscina, protección contra mosquitos y recogida regular de basura reducirían rápidamente los riesgos. Cuestan poco y ayudan mucho.

- Alojamiento intermedio modular: Viviendas de fácil autorización, temporales o módulos tipo contenedor, podrían dar tiempo a las familias mientras se estudian soluciones a largo plazo.

- Incentivos para propietarios: Alivios fiscales o subvenciones para convertir apartamentos turísticos vacíos en vivienda social crearían perspectivas y aliviarían la presión del mercado.

Todo ello exige valentía para cooperar: desde el ayuntamiento, la administración insular, los servicios sociales y el vecindario. También exige escuchar antes de imponer decisiones desde fuera. Los habitantes de Espigol Beach muestran disposición pragmática; limpian, reparan y se organizan. Eso debería verse como un recurso, no sólo como un problema legal.

Vecindario, política y pragmatismo — una conclusión

En pueblos pequeños como Can Picafort la gente se conoce. Algunos vecinos responden con comprensión, otros con miedo. Ambas reacciones son humanas. Pero la isla no puede permitir que bloques de hormigón vacíos se conviertan en problemas permanentes. Si la política y la administración continúan aferradas a trámites en lugar de buscar soluciones, casos similares aumentarán — en Portocristo, en Palma y en otros lugares, como recoge el análisis sobre el descenso de ingresos en playas como Playa de Muro y Can Picafort.

Espigol Beach no es un caso aislado, sino el síntoma de un mercado de la vivienda orientado al beneficio sin mecanismos de compensación rápidos. La tarea no es sólo jurídicamente compleja, también es política y moral: ¿a dónde deben ir las personas que no encuentran un hogar? Una respuesta son medidas pragmáticas a corto plazo combinadas con estrategias a largo plazo para vivienda social. Si no, al final sólo quedará el golpeo de persianas vacías, mientras dentro las voces piden perspectivas.

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