Calesa tirada por caballos en las calles empedradas de Palma al atardecer

Palma y las calesas: entre nostalgia, costes y cambio de mentalidad

El golpeteo de los cascos sobre el empedrado forma parte de la imagen de Palma para muchos. Pero licencias vitalicias heredadas, altos costes de compra y críticas crecientes en materia de protección animal convierten la cuestión de las calesas en un conflicto político. Una mirada a las opciones, problemas desconocidos y posibles compromisos.

Palma y las calesas: entre nostalgia, costes y cambio de mentalidad

Cuando por la tarde la luz del sol entra lentamente desde el Passeig del Born hacia las callejuelas, el temblor del calor se mezcla con un sonido familiar: el golpeteo de los cascos, el traqueteo de las ruedas, una voz fuerte del cochero. Para quienes viven aquí y toman su espresso en la Plaça Major, en algunos de los bares de barrio, es un rasgo de la ciudad; para defensores de los animales y algunas turistas, es un vestigio fuera de época. Desde hace tiempo se debate en Palma: ¿deben desaparecer las calesas del casco antiguo —y si es así, cómo?

La pregunta central: ¿prohibir, modernizar o regular?

El debate no solo gira en torno a sentimientos, sino también a hechos que con frecuencia se pasan por alto. Muchos de los problemas visibles hoy se originan en la concesión de licencias: numerosas autorizaciones se otorgaron en su día de por vida y de forma heredable. Eso hace que un corte drástico sea prácticamente imposible. La recompra de todas las licencias dejaría las arcas municipales tocadas; se habla internamente de cifras millonarias. Políticamente, los responsables están entre tácticas electorales y restricciones presupuestarias —y nadie quiere aparecer de pronto como el causante del gasto.

Aspectos que rara vez se dicen en voz alta

Reciben menos atención los detalles técnicos y logísticos: las calles estrechas con adoquines no siempre son vías ideales para los caballos, especialmente en las calurosas tardes de verano. El calor, los carros pesados y la afluencia turística aumentan el riesgo de accidentes y el estrés tanto para los animales como para las personas. Además existe una interrelación legal con otros derechos municipales: algunos propietarios de calesas disponen de licencias que podrían tener un valor económico —pero solo bajo complejas reglas de intercambio o compensación.

Otro punto casi invisible es el social: para muchos cocheros esa es su única forma de subsistencia. En una noche de martes hablé con una cochera que, sobre todo, pedía algo: claridad. La inseguridad es difícil de calcular y, sin reglas de transición claras, amenazan agravios sociales que nadie desea.

¿Qué opciones hay sobre la mesa?

El abanico de vías posibles va desde la prohibición inmediata hasta la modernización completa. Las opciones en resumen:

Recompra de licencias: Parece definitiva, pero es costosa. El ayuntamiento tendría que disponer de grandes sumas y prever pasos legales.

Reducción gradual: No conceder más permisos indefinidos; comprar progresivamente las licencias existentes con incentivos. Aligera la carga presupuestaria, pero exige calendarios transparentes.

Carros eléctricos u otros vehículos alternativos: Proyectos piloto con vehículos de bajas emisiones y silenciosos suenan atractivos. En la práctica existen retos de maniobrabilidad, infraestructura y aceptación —y no resuelven automáticamente las cuestiones de bienestar animal.

Canje de licencias o reconversión profesional: Los propietarios de calesas podrían recibir licencias de taxis o de reparto o apoyarse para reconvertirse en pymes. Este tipo de intercambios chocan con la oposición de otros sectores y requieren mecanismos claros de compensación.

Oportunidades concretas — y cómo podría aprovecharlas Palma

Un posible plan de acción podría ser así: primero, introducir de inmediato normas obligatorias de bienestar animal y de tráfico (límites de temperatura, pausas obligatorias, restricciones de rutas, controles veterinarios regulares, seguimiento por GPS). Segundo, una recompra escalonada de licencias, financiada con una tasa turística y fondos específicos —así se distribuye la carga. Tercero, líneas piloto para vehículos de bajas emisiones en el casco antiguo y un programa de reciclaje profesional para cocheros que les permita trabajar como guías o conductores de medios de transporte modernos.

La transparencia es clave: publicar planes de costes, garantizar protección social e involucrar desde el principio a sindicatos locales e interlocutores implicados. Solo así puede evitarse que el debate acabe en protestas y pleitos.

Por qué hace falta una decisión ahora

La cuestión no es solo estética. Palma representa más que postales: el paisaje urbano, la protección animal, la economía del turismo y las finanzas municipales están estrechamente entrelazadas, como señala Dos Palmas en una ciudad: por qué el dinero divide las calles. Si la ciudad tarda demasiado, pueden surgir escándalos, protestas más duras y una pérdida de imagen más estruendosa que el golpeteo de los cascos. Por otro lado, un corte precipitado dejaría a personas en apuros.

En la Plaça Major, entre cafeterías y quioscos de prensa, como muestra Cuando el quiosco desaparece: las pequeñas casetas de Palma entre tradición y planificación, la gente ya dice: «Es hora de tomar una decisión.» El reto para Palma es tomarla de forma inteligente, socialmente justa y transparente. Entonces la disputa puede convertirse en una transición ordenada —y el sonido que marque el futuro de la ciudad será una elección cuidada.

Entre cartas oficiales, rutas de calesas y tazas de espresso se está decidiendo cómo quiere sonar y verse Palma. Algo de nostalgia puede permanecer —siempre que sea justo y legal.

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