
Fin de una era en las calles de Palma: la Mercería Àngela cierra tras 340 años
La Mercería Àngela en el casco antiguo de Palma cierra tras 340 años. Se pierde algo más que una tienda de costura: este cierre plantea cuestiones sobre turismo, presión de los alquileres y el futuro de la artesanía en Palma.
Un último ojal en la aguja, luego la puerta
Los botones de latón en el escaparate todavía brillan con la débil luz de noviembre, pero las estanterías se van vaciando. En una calle estrecha cerca de la Plaça Major, donde por la mañana los repartidores equilibran sus carros entre los peatones y el aroma del café de la barra de al lado llena el aire, la Mercería Àngela cierra sus puertas tras 340 años y en la undécima generación familiar. Quien pase por allí se detiene —no solo por los carteles de rebajas, sino porque en el vecindario se siente un pequeño choque.
Más que agujas: punto de encuentro, taller de arreglos, archivo
La tienda nunca fue solo un lugar de hilos y agujas. Fue un trozo de historia viva de la ciudad: un punto de referencia donde las vecinas intercambiaban retales, los jubilados hacían arreglar sus chaquetas y los turistas preguntaban sorprendidos si aún existía algo así. Los viejos libros de contabilidad en la estantería, las listas de pedidos escritas a mano, las finas huellas de dedos negros en el mostrador —son testimonios de una práctica comercial que no aparece en cada plan de negocio.
Hoy mucha gente ya no viene a comprar. «Antes venían las señoras con listas, hoy se paran y hacen fotos», dice el propietario medio riendo, medio triste. Las fotos documentan la desaparición, son una nueva forma de recuerdo. A la vez reflejan la transformación de Palma: de un lugar donde las cosas se reparaban y conservaban, a una ciudad en la que el consumo a menudo va más rápido que el cuidado.
Un cierre con signos de aviso
Las razones son múltiples: caída de ingresos, obstáculos logísticos, generaciones jóvenes que buscan otros caminos —y una presión constante sobre los alquileres que hace que los pequeños locales sean cada vez menos viables. Esta mezcla no es un caso aislado —casos recientes como Can Comas en Aragón cierra tras 29 años lo ilustran.
Lo especialmente doloroso es aquello que suele quedar fuera del debate público: la invisibilidad de los costes cotidianos. No solo sube el alquiler, también los seguros, la energía, la logística de suministro y el tiempo dedicado a las reparaciones. Las pequeñas empresarias trabajan con márgenes reducidos —y con poco margen de maniobra cuando un miembro de la familia se retira o cuando cambia la demanda.
Qué necesita realmente el centro de Palma
El cierre plantea una pregunta central: ¿cómo queda espacio para estructuras de barrio vivas en una ciudad dependiente del turismo? No se trata solo de nostalgia, sino de funcionalidad. ¿Quién repara, cose o asesora localmente? ¿Quién crea espacios de encuentro social entre residentes y visitantes?
Hay propuestas concretas: subvenciones selectivas de alquiler para oficios, contratos de local temporales con tarifas variables para start-ups y comercios tradicionales, desgravaciones fiscales para servicios artesanales o plataformas municipales de mediación que conecten artesanos con las necesidades vecinales. Conceptos valientes podrían convertir locales vacíos en espacios multifuncionales —taller por la mañana, espacio cultural por la tarde. Eso preservaría la diversidad en lugar de reemplazarla por tiendas de recuerdos o locales hosteleros uniformes; de hecho, problemas similares han afectado a otras iniciativas urbanas, como se aprecia en Kioscos Urbanos en Palma: Amarillo Pastel, Abandonado — y Cerrando a Fin de Septiembre y en Los nuevos kioscos de Palma vuelven a cerrar: cuando la normativa municipal se impone al vecindario.
No es una batalla simplista contra el progreso
Sería demasiado sencillo demonizar el desarrollo en bloque. El turismo crea empleos y da vida a las calles —pero a menudo falta un equilibrio. La responsabilidad no recae solo en los propietarios o en las políticas públicas, sino en todos los implicados: administración municipal, arrendadores, comerciantes y los ciudadanos que deciden qué quieren apoyar.
La familia Àngela abandona el comercio con dignidad. Vacían las estanterías, meten recuerdos en cajas y dejan la puerta una vez más abierta para que las vecinas puedan saludar. En la calle quedan las voces: algunos esperan un café, otros temen una tienda de recuerdos. Sea lo que sea lo que venga —la ciudad no debería limitarse a mirar, sino actuar estratégicamente para que la próxima generación aún tenga un lugar donde reparar una costura sin tener que comprar una prenda nueva.
Una despedida que exige más: El cierre de la Mercería Àngela es el final de un capítulo personal y una llamada de atención clara para Palma. Si queremos conservar la diversidad del casco antiguo, hoy hay que crear las condiciones para que los pequeños negocios puedan sobrevivir.
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