
Fin de una era vecinal: Can Comas en Aragón cierra tras 29 años
Tras 29 años, Antonio y Jaqueline entregan las llaves de Can Comas en la calle Aragón. Una despedida silenciosa y una pregunta guía: ¿Cómo protege Palma sus lugares cotidianos?
Fin de una era vecinal: Can Comas en Aragón cierra tras 29 años
Al final de la semana hay dos cajas junto a la barra y en una pizarra aparecen palabras de agradecimiento escritas a mano. No hay un gran cartel, ni una celebración con cava y cámaras de televisión: simplemente la recogida silenciosa de un local que durante 29 años fue parte del día a día de una calle de Palma. Antonio Lara y Jaqueline Lasere cierran Can Comas, devuelven las llaves y se jubilan.
La pregunta guía
¿Por qué desaparecen lugares como Can Comas y qué podemos hacer para que los huecos no se llenen solo con un nuevo logotipo? Esta cuestión es más que un lamento sentimental; conecta con decisiones urbanas, fuerzas del mercado y la relación entre turismo y vecindario.
Un lugar que en lo pequeño lo contenía todo
Can Comas nunca fue un escenario, sino cocina y punto de encuentro: el café fuerte a las nueve, el tintinear de las tazas, el olor a ajo y asado, los domingos cochinillo, las grandes paellas, la fideuà que se acababa antes de que te dieras cuenta. Sobre las diez de la noche el murmullo a menudo derivaba en un debate improvisado: política, fútbol, el tiempo, los nietos que habían crecido allí. Esos rituales dan continuidad a una ciudad; no son espectáculo, pero sí importantes.
Entre la nostalgia y la realidad económica
En los últimos años en Palma desaparecen con más frecuencia comercios y bares tradicionales. El problema no se arregla con mera pena: los alquileres crecientes, otras prioridades de los propietarios, contratos de arrendamiento complicados y la atracción de conceptos turísticos ponen en aprietos a los negocios pequeños. Can Comas tuvo suerte: hay un nuevo inquilino dispuesto a entrar, pero no está claro si conservará a la clientela habitual. Que el local no esté protegido por categorías especiales hace la situación más visible. Casos de presión sobre residentes y negocios se reflejan también en historias de jubilados que abandonan Mallorca por el alquiler.
Aspectos que rara vez se discuten en voz alta
1) La cuestión generacional: regentes como Antonio y Jaqueline suelen ser el último eslabón de una gestión familiar. Si falta una sucesión clara, la existencia de puntos cotidianos corre peligro.
2) Marco contractual: muchos contratos de arrendamiento permiten rescisión a corto plazo o prevén alquileres variables ligados a la facturación, que dejan de ser viables cuando cambia la clientela. Las dinámicas de compra y venta de alojamientos en barrios concretos también influyen, como ocurre tras la venta de villas vacacionales en Son Espanyolet.
3) Costes invisibles: normativa, exigencias de higiene, seguros y las demandas del marketing moderno gravan además a cocinas pequeñas que ofrecen comida casera, honesta y sencilla.
Oportunidades concretas y propuestas
Para que las calles de Palma no estén dominadas solo por conceptos de marca y experimentos gastronómicos efímeros se necesita más que apelaciones nostálgicas. Algunas medidas pragmáticas serían:
Registro municipal de protección: más allá de una regla de 75 años, el ayuntamiento podría crear un registro de lugares vivos de barrio, con acceso facilitado a créditos y asesoramiento.
Incentivos financieros: exenciones fiscales o subvenciones para quienes mantengan la cocina tradicional o creen plazas de formación.
Modelos cooperativos: cesiones de arrendamiento a empleados o vecinos en forma de cooperativa —así se preservaría el capital social.
Estabilidad de alquileres y arrendamientos: normas que limiten subidas de renta a corto plazo y fomenten planes de sucesión.
Lo que es posible ahora
Para Can Comas las próximas semanas son decisivas: los vecinos podrían crear una comunidad de interés, hablar con el propietario o dirigirse a las autoridades locales. Pasos pequeños y concretos —una petición, una jornada de puertas abiertas con mesas de diálogo, una propuesta para un modelo cooperativo— pueden ganar tiempo y demostrar que el bar es algo más que un local comercial. La intervención municipal y sus efectos sobre negocios de barrio han provocado cierres inesperados en otros casos, como los recientes episodios con kioscos de Palma que volvieron a cerrar tras la puesta a punto.
Una despedida silenciosa y una tarea para la ciudad
Antonio y Jaqueline quieren reducir su ritmo, pasar más tiempo con la familia y tal vez volver a tomar un café sin prisas en el puerto. Para la calle Aragón queda el recuerdo de un lugar que, sin alharacas, sostuvo muchas cosas. La despedida no es un escándalo; es un síntoma: si los puntos cotidianos de Palma desaparecen, la ciudad va perdiendo su textura. Otros cierres de establecimientos históricos recuerdan la magnitud del fenómeno, como el caso de la Mercería Àngela, que cerró tras 340 años.
El cierre de Can Comas es una invitación a no solo recordar, sino a actuar. Si no, pronto habrá más mesas vacías y solo quedarán historias sobre el sabor de la paella y la voz desde la barra.
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