Rafa Nadal paseando con su familia por la costa de Mallorca

Rafa Nadal un año después de la despedida: padre, entrenador, vecino en Mallorca

Un año después de su retirada del tenis profesional, Rafa Nadal vive una vida diferente: más familia, más dedicación a la academia, más paseos por la costa. Una mirada a la nueva rutina del mallorquín más conocido.

Un año, un nuevo ritmo

Hace aproximadamente doce meses, uno de los hijos más conocidos de Mallorca se despidió del deporte profesional. En lugar de los vítores en estadios llenos ahora hay otros sonidos: risas de niños en la plaza de Manacor, el zumbido de una moto en la calle lateral y, de vez en cuando, el silbido lejano de una partida de pádel. Quien lo encuentra aquí lo nota enseguida: no ha perdido la voz que antes dictaba el juego, simplemente la utiliza con menos frecuencia.

La familia antes del despertador

El ritmo diario ha cambiado. En lugar de un despertador temprano e implacable, ahora quien le despierta es la orquesta de voces infantiles alrededor de las siete y media. Sonríe cuando cuenta que su hijo pequeño se ha convertido en el despertador más eficaz de la casa. Para alguien que durante años planificó torneos y entrenamientos con extremo detalle, esto suena casi revolucionario: la prioridad ya no es el siguiente match point, sino desayunar con la familia.

La Academia sigue siendo el corazón

La Rafa Nadal Academy en Manacor sigue siendo su centro (ver Rafa Nadal Academy abre centro de tenis en Brasil – un éxito de Mallorca que viaja): ya no como escenario de Grand Slams, sino como punto de encuentro para personas a las que importan el movimiento y la disciplina. Llegan entrenadores, jóvenes talentos practican sus golpes y de vez en cuando se une algún colega de la época profesional. Se le ve en la pista, corrige una colocación del pie, se ríe de una derecha perdida y vuelve a una taza de café. El compromiso está tan presente como antes; solo que el volumen es distinto.

Nuevos proyectos, valores conocidos. Además de pequeñas iniciativas empresariales y un podcast, dedica tiempo a su fundación y visita colegios de la isla (leer El regalo de Nadal a Juan Carlos: una foto que conecta con Mallorca). Asume esos compromisos con la misma humildad con la que elaboraba un plan de entrenamiento: a fondo, pero sin pretensiones.

Golf, costa, pequeños rituales

Además de la Academia, ha incorporado aficiones más tranquilas. El golf ahora es una competición ocasional: con amigos, no contra el ranking mundial. Los fines de semana se le ve con la familia en la costa, por ejemplo en Portocolom sobre las cinco de la tarde, cuando el sol está bajo y el mar huele a sal (ver El refugio de Rafa Nadal en Porto Cristo: tranquilidad, mar y familia). Pequeñas costumbres como un paseo por la orilla, una partida de petanca con vecinos o un café en una terraza de la plaza configuran su día a día.

La disciplina se mantiene. En esta isla no es ningún secreto: quien conoció el ritmo del deporte de élite lo conserva. Pero el ego parece haberse reducido; hay menos foco mediático y más normalidad. Para muchos mallorquines no es una retirada, sino un cuidadoso nuevo comienzo.

Qué significa esto para la isla

Que siga residiendo en Mallorca tiene un efecto que va más allá de las fotos en redes sociales. La Academia atrae a jóvenes jugadores, las iniciativas locales se benefician de su fundación y los centros educativos cuentan con un defensor notable de la educación (ver Nadal tras la operación de la mano: Manacor cruza los dedos por el brazo enyesado). Todo ello refuerza la estructura deportiva y social de la isla, de forma silenciosa pero duradera. Si se observa la plaza de Manacor a media tarde se oye algo más que conversaciones sobre tenis: allí se tejen redes, se hablan de colegio, trabajo y futuro.

Y está también el mensaje simbólico: es posible rendir al máximo nivel y luego asumir responsabilidades menos brillantes pero con más profundidad. Puede ser un ejemplo no solo para atletas jóvenes, sino para cualquiera que busque un cambio de carrera.

Un año después de la despedida, Rafa Nadal en Mallorca parece un vecino al que a veces se le pide un consejo, que charla con los niños en la plaza y que por la noche pasea con su familia junto al mar. Sin grandes aspavientos, con días auténticos y con sentido. Para la isla es algo positivo: familiar, humilde y con la mirada puesta en el futuro.

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