Yate de 27 m encallado en la arena frente a Son Servera durante las labores de salvamento

Cuando un naufragio se convierte en un espectáculo de pago: el rescate del yate encallado en Son Servera

Cuando un naufragio se convierte en un espectáculo de pago: el rescate del yate encallado en Son Servera

El rescate del yate de alta mar de 27 metros, que yace en la arena frente a Son Servera desde el 19 de enero, está previsto, pero la idea de vender acceso cercano por 20.000 euros plantea preguntas. ¿Quién se beneficia, quién protege la costa y qué falta en el debate público?

Cuando un naufragio se convierte en un espectáculo de pago: el rescate del yate encallado en Son Servera

Quien paga está en primera fila – Medio ambiente, transparencia y bienes comunes quedan relegados

Desde el 19 de enero un aparejo de dos palos de 27 metros reposa en la arena frente a Son Servera. El barco, de alrededor de 80 toneladas, fue empujado a tierra por la borrasca de enero llamada 'Harry'. Durante semanas no hubo indicios de que el rescate fuera a ser rápido: obstáculos jurídicos y financieros retrasaron el proceso. Ahora una empresa alemana de salvamento registrada en Palma, Sud-West Divers, ha recibido oficialmente el encargo, y los preparativos deberían comenzar a finales de febrero.

La pregunta principal es sencilla y tajante: ¿Pertenece un siniestro que afecta a la costa y al interés común a un producto que se vende de forma exclusiva? Los propietarios aparentemente ofrecen plazas en la "primera fila" a cambio de un pago de 20.000 euros. El paquete incluye: manutención por parte del patrón, champán, un puesto de observación junto a grúas y bolsas de aire y hasta la posible invitación al posterior viaje inaugural del yate, siempre que la reparación y el calendario se desarrollen según lo previsto.

Esto es más un espectáculo que una operación de rescate y plantea varios problemas. Primero: la protección ambiental. En el plan están el bombeo de restos de combustible, la limpieza de los tanques y el despliegue de una barrera anti-hidrocarburos de unos 100 metros. Todo ello debe supervisarse de forma independiente (protección medioambiental y respuesta a vertidos). ¿Quién garantiza que las medidas se ejecuten completa y correctamente si paralelamente existe un área VIP donde se celebra? ¿Hay un monitor oficial que dé conformidad a los trabajos? Y ¿quién responde si sustancias vertidas acaban provocando daños en la playa y el ecosistema?

En segundo lugar: transparencia y financiación. Los costes puros de salvamento se estiman en unos 300.000 euros. Es comprensible que propietarios y empresa de salvamento busquen vías para cubrir gastos. Pero comercializar puestos de observación próximos como "donaciones" parece más orientado a generar ingresos que a una cobertura transparente de costes. ¿Cómo se registran esos ingresos? ¿Cubren solo gastos, o los excedentes van a parar a los propietarios o a la empresa de salvamento? Las autoridades locales deberían exigir acceso a contratos, permisos y al manejo de posibles excedentes.

Tercero: seguridad y acceso. La zona alrededor del lugar de rescate será acordonada; los que no paguen aparentemente solo podrán observar desde lejos. En una isla pequeña, donde playas y litoral pertenecen al público, esto es delicado. Imagínese la escena: en una mañana templada, habituales del paseo de Cala Bona toman su café, oyen el rugir de los motores de los barcos de salvamento, perciben olor a diésel y ven el movimiento de grúas; pero quien quiera acercarse necesita tener dinero en la cartera. Para residentes y curiosos se siente como un cierre elitista.

El debate público y la cobertura mediática han dado algunos detalles (Barco en llamas frente a Formentera: familia rescatada de un bote inflable, Drama en la playa en Son Serra de Marina: dos vehículos atrapados en la arena — caro y arriesgado y Naufragio de un barco frente a Portopetro: Un muerto, muchas preguntas), pero preguntas decisivas siguen abiertas. Falta un desglose claro de quién ha concedido los permisos, qué requisitos ambientales son legalmente exigibles y si se han contratado peritos independientes. Tampoco es transparente la garantía en caso de que las reparaciones fracasen o los propietarios no asuman los costes posteriores al rescate. El derecho de salvamento puede ser complicado (Convenio de Salvamento de la OMI): ¿quién acaba pagando si el barco termina en Port d’Alcúdia?

Se pueden señalar soluciones concretas. Las autoridades deberían establecer una página informativa obligatoria donde se publiquen números de permiso, empresas implicadas, estudios ambientales, reglas de responsabilidad y el destino exacto de ingresos externos (las llamadas "donaciones"). Es necesaria una observación ambiental independiente —por ejemplo por el Consell de Mallorca o una ONG acreditada— durante las fases de bombeo y elevación. La zona cerrada es comprensible por razones de seguridad; no debe convertirse en una zona de venta de privilegios. En lugar de entradas caras, un acceso limitado por sorteo para residentes y miembros de la comunidad sería más justo, combinado con una retransmisión pública en directo que documente los trabajos.

Prácticamente también se puede exigir una garantía financiera: antes de iniciar maniobras de levantamiento pesadas, debería constituirse una fianza o una cuenta fiduciaria que cubra posibles costes de eliminación o daños ambientales. Si los propietarios obtienen ingresos por los puestos de visitantes, sería transparente y jurídicamente seguro repartirlos entre la cobertura de costes y una reserva para posibles consecuencias ambientales.

Un pequeño corte de la vida cotidiana en la zona: en el paseo de Son Servera los pescadores hablan sobre la operación. Los hombres de rostros curtidos por el viento y dedos manchados de aceite murmuran que en acciones como esta se necesita sobre todo calma, experiencia y responsabilidades claras. En el paseo de Cala Millor, por las mañanas, jubilados con termos observan el mar, niegan con la cabeza y discuten si una entrada especial por un día en la costa es moralmente aceptable. Esas voces deben ser escuchadas —no solo las de los propietarios del yate y sus asesores.

Conclusión: un barco averiado no es un objeto de espectáculo. El rescate debe realizarse con rigor técnico, conforme a la ley ambiental y de forma socialmente justa. Lo que aquí se amenaza es la comercialización de un suceso en el que la playa y la orilla del mar sirven de telón de fondo. Autoridades y sociedad deben exigir ahora reglas claras: total transparencia, control ambiental independiente, garantías financieras y normas de acceso equitativas. Si no, tras la operación solo quedará una grúa ruidosa, una valla cerrada y las amargas preguntas sobre quién defiende verdaderamente el mar en Mallorca.

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