Sobrasada de 76 kg en la Plaza de Sant Joan, vecinos con platos y paprika en el aire, tradición mallorquina.

Cómo una sobrassada de 76 kilos agitó el pueblo

En Sant Joan, durante una fiesta de verano, se cortó una sobrassada de 76 kilogramos — y todo el vecindario la probó. Una velada entre tradición, risas y mucho pimentón.

Una noche de pueblo con embutido XXL

El pasado sábado por la noche la plaza de Sant Joan olía diferente a lo habitual: pimentón en el aire, un poco de humo y gente con platos en las manos. La razón no fue una orquesta ni fuegos artificiales, sino una sobrassada que puesta en la balanza parecía simplemente absurda: los colaboradores dijeron más tarde 76 kilogramos; Sant Joan corta una sobrasada de 76 kilos.

La acción tuvo lugar en el centro cultural; el bar "Can Tronca" fue el punto de encuentro. Un ganadero abrió la piel gruesa, repartió lonchas en varias mesas y cortó con soltura, como si fuera algo normal porcionar tanta sobrasada. La gente reía, padres enseñaban a los niños, las abuelas probaban igual que los chicos del equipo de fútbol. "Estaba muy bien curada", escuché decir a una vecina mientras aún buscaba hojuelas de pimentón.

Más que tocino y pimentón

De qué va la sobrassada lo sabe casi todo el mundo aquí: carne de cerdo y tocino, abundante pimentón dulce, sal y especias. Lo que muchos no ven es el trabajo manual detrás. Antes de embutir, la carne se muele a un tamaño fino —lo ideal son partículas de unos 3–5 milímetros, no debería ser más gruesa—. Después el embutido envejece en habitaciones frescas: típicamente a unos 14–16 °C y una humedad relativa de alrededor del 70–85 %, hasta que alcanza la textura adecuada; para entender el proceso técnico puede consultarse el curado de embutidos.

Sobre la sobrassada gigante me contaron que la carne procedía de un cerdo bastante grande —el número que se mencionó fue 356 kilos. Por eso hubo que, según la tradición artesanal, coser la masa en la tripa previamente limpiada, para que todo se mantuviera compacto. ¿Suena arcaico? Lo es un poco —y precisamente eso hizo la noche tan encantadora.

No fue una competición, sino convivencia: en las fotos posteriores la escena parecía casi festiva. Nadie apostó por quién conseguiría la loncha más gruesa. En su lugar se compartió, se probó y se intercambiaron opiniones sobre el picante y la textura. Para muchos visitantes fue un ejemplo de tradición mallorquina viva, para otros simplemente una excusa curiosa para acercarse al pueblo.

La próxima vez que estés en Sant Joan, vale la pena estar atento a las pequeñas fiestas. A menudo son las veladas con atracciones inesperadas —una sobrassada gigante, una receta antigua y muchas voces— las que más perduran en la memoria.

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