
¿160 euros por dos tumbonas? Disputa por el acceso a la playa de Formentor
Toallas blancas como barrera, precios altos por tumbonas y la pregunta: ¿de quién es la playa de Formentor? Una mirada al derecho, la vida cotidiana y posibles soluciones.
Bloqueo con toallas y precio elevado: ¿de quién es la playa de Formentor?
En una mañana despejada, cuando el aroma de los pinos aún flota sobre la bahía y el mar susurra contra el guijarro, de repente aparecieron toallas blancas tendidas a lo ancho en la arena. Como una línea, como una frontera. Una foto, tomada por una visitante habitual, llegó poco después al Ayuntamiento de Pollença, que ha abierto investigaciones sobre el uso de la playa y a la autoridad costera. La queja es simple: los no huéspedes del hotel apenas llegan ya a las primeras filas — ese es el argumento.
La pregunta central
¿Quién decide quién ocupa el mejor lugar junto al mar? En el fondo la disputa no trata solo de sombrillas y camas balinesas, sino de accesibilidad, participación social y de cómo se reparte el espacio público en tiempos del boom turístico. Si una tarifa diaria de alrededor de 157,50 euros por una sombrilla con dos tumbonas circula, eso es más que un precio: es una exclusión que se hace visible. Sobre este tipo de polémicas puede verse, por ejemplo, ¿Se privatiza la playa? Camas de 210 euros en Formentor generan polémica.
Qué ocurrió exactamente
Testigos relatan un bloqueo con toallas frente a la zona de tumbonas del hotel; otros dicen que la recepción rechaza a los visitantes con el argumento: «Solo para huéspedes». En la web del hotel se presenta el tramo de playa en parte como perteneciente al resort — una formulación que provoca indignación entre vecinos y visitantes habituales. Al mismo tiempo, los gestores disponen de la concesiones del dominio público marítimo-terrestre, lo que les otorga ciertos derechos de prestación de servicios. Pero una concesión no es un privilegio que privatice automáticamente el mar.
Lo que la ley realmente dice
Según la Ley de Costas, el acceso al mar debe garantizarse; al menos una franja desde la línea de agua debe permanecer de uso público. Esto significa: se pueden ofrecer tumbonas y servicios, pero no de forma que se impida el paso al agua. Lo decisivo aquí es la interpretación y la vigilancia in situ: ¿Se colocan carteles con vías de acceso claras? ¿Se marcan franjas? ¿O todo queda en toallas y palabras vacías?
Lo que a menudo se pasa por alto
En el debate público suele tratarse la cuestión desde el plano legal o no legal. Menos atención reciben tres aspectos: 1) La brecha social — ¿quién queda fuera, quién puede permitirse las primeras filas?; 2) El papel del ayuntamiento: ¿qué condiciones están ligadas a la concesión y con qué rigor se controlan?; 3) Las consecuencias para la imagen del lugar: si la gente es desplazada a las plazas laterales, también cambia el tejido local, desde la cafetería hasta el vendedor ambulante.
Una vendedora de playa que encontré allí lo resumió así: «Antes venían los abuelos con una toalla, hoy vienen con tarjeta de crédito». La frase suena amarga, pero describe un cambio real. Los sonidos de la bahía — el crujir de las tumbonas, el reclamo de las gaviotas, las conversaciones en varias lenguas — siguen siendo los mismos. Lo que cambia son los rostros en primera fila.
Problemas concretos en la aplicación
En la práctica suelen ser detalles: señalización insuficiente, delimitaciones poco claras, personal con información contradictoria. Las autoridades pueden intervenir en teoría, pero los controles requieren personal. Y en plena temporada alta, cuando cada plaza en la playa cuenta, una pequeña práctica se convierte rápidamente en un conflicto visible.
Enfoques de solución — realistas y concretos
¿Cómo podría ser un compromiso que aporte más transparencia y justicia?
Marcaciones claras: Un corredor continuo, al menos del ancho exigido por ley, con señales y carteles visibles. Ninguna toalla puede bloquearlo.
Reservas limitadas: Los hoteles podrían reservar ciertas tumbonas delanteras para huéspedes, pero deberían dejar suficientes plazas libres a precios justos para el público.
Listas de precios transparentes: En la playa y en línea debe quedar claro cuánto cuesta una tumbona — y si hay descuentos para familias o vecinos.
Controles municipales: Inspecciones periódicas por parte de la autoridad costera durante la temporada, con sanciones claras ante infracciones de las normas de acceso.
Formato de diálogo: Una mesa redonda con propietarios de hoteles, representantes municipales, residentes y vendedores de la playa. A menudo los compromisos sencillos — franjas horarias fijas, cupos sociales — ayudan más que los largos pleitos.
Por qué el tema afecta a Mallorca
No se trata solo de un buen sitio junto al agua, sino de cómo la isla preserva su carácter. Si el acceso a la playa se convierte en cuestión de billetera, se pierde parte de la apertura del día a día. Las voces de Pollensa y de la bahía de Formentor muestran: se necesitan reglas, pero también pragmatismo.
Si las toallas blancas permanecen o pronto desaparecen no lo deciden solo jueces y funcionarios. También decide si estamos dispuestos como comunidad a defender un espacio público de forma compartida — con mesura, pero con determinación.
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