
Acceso a la Cala Castell: Cómo Pollença media entre derecho, protección de la naturaleza y pasión por el senderismo
El Camí de Ternelles conduce a la solitaria Cala Castell, pero desde 2018 está prácticamente cerrado. El alcalde Martí March negocia con los propietarios, pero las restricciones legales y las zonas protegidas complican una solución.
Acceso a la Cala Castell: Cómo Pollença media entre derecho, protección de la naturaleza y pasión por el senderismo
Acceso a la Cala Castell: Cómo Pollença media entre derecho, protección de la naturaleza y pasión por el senderismo
Pregunta guía: ¿Cómo puede abrirse de forma permanente el histórico camino de Ternelles a la cala Castell sin vulnerar derechos de propiedad y sin sobreexponer un entorno natural sensible?
Antecedentes y un entramado legal complejo
El sendero, utilizado por generaciones de vecinos, lleva tiempo en tensión entre la propiedad privada y el derecho público de paso. El municipio de Pollença inscribió el Camí de Ternelles en 2008 en su registro de vías públicas. Los propietarios de entonces presentaron recurso; los tribunales determinaron más tarde que formalmente el camino está en terreno privado, pero que al mismo tiempo puede existir una servidumbre a favor de la colectividad que permite el acceso al mar. A pesar de este núcleo jurídico, el asunto quedó estancado: desde 2018 el tránsito de facto no es de libre uso.
Por qué una victoria judicial no equivale a acceso libre
El asunto no es solo una disputa de titularidad. Las resoluciones judiciales y posteriores instrucciones obligaron al municipio a adaptar sus documentos urbanísticos, entre otras cosas porque dentro de la finca se delimitaron dos áreas de protección destinadas únicamente a usos científicos. Esas zonas restringidas, fijadas ya en 2007, crean una barrera legal frente a una apertura sin condiciones del camino.
Qué se ha intentado hasta ahora
El ayuntamiento reaccionó al fallo concediendo permisos temporales de paso y encargando a la Universidad de las Islas Baleares un estudio ambiental. De esa precaución surgió un tope: un máximo de 20 autorizaciones al día, acompañadas de normas para proteger la flora y la fauna. Al mismo tiempo, el acceso depende actualmente de una fundación dedicada a la conservación, que por ahora veta el paso regular.
Qué suele faltar en el debate público
Se habla mucho de «vías públicas» y «propiedad privada», pero rara vez se aborda la ejecución diaria: ¿Quién se hará cargo de la gestión de visitantes? ¿Cómo se controlará que los senderistas respeten franjas horarias y recorridos? ¿Cómo se compensará a vecinos y propietarios cuando se limiten derechos de uso? El debate necesita menos consignas y más respuestas prácticas: señalización, servicios de acompañamiento y estímulos económicos para los propietarios.
Una escena cotidiana en Pollença
En una mañana fresca en la Plaça Major se ve a una mujer con botas de montaña que compra pan y aceitunas en el mercado antes de iniciar el ascenso por la Tramuntana. A lo lejos se oye el susurro de las pinas y el ladrido ocasional de un perro en una finca del extrarradio. Para ella, el Camí de Ternelles no es solo una ruta, sino un trozo de vida cotidiana: un atajo hacia la calma que muchos echan de menos. Historias como esta muestran por qué la solución debe ser algo más que un acto jurídico.
Propuestas concretas
Un acuerdo práctico podría combinar varias piezas: primero, aperturas temporales estacionales con un tope diario basado en los resultados del estudio ambiental. Segundo, un pacto vinculante con los propietarios que incluya compensaciones económicas o incentivos fiscales si se cumplen determinadas condiciones. Tercero, un sistema digital de permisos con registro claro y mecanismos de control para gestionar aforos y documentar incumplimientos. Cuarto, medidas a largo plazo como un contrato de mantenimiento y seguimiento asumido por el municipio o por una entidad conservacionista, de modo que las zonas restringidas se gestionen con fines científicos en lugar de ser selladas de forma indiscriminada.
Por qué hacen falta negociaciones, no solo tribunales
Los tribunales pueden constatar derechos; pero difícilmente organizan la práctica cotidiana. Las conversaciones en curso del alcalde Martí March con los propietarios apuntan precisamente a eso: una normalización basada en reglas concretas y compensaciones. Solo una solución negociada tiene posibilidades de perdurar, porque se apoya en la aceptación y no en la confrontación permanente.
Conclusión
La Cala Castell pertenece a esos rincones tranquilos del noroeste que muchos echan de menos. Recuperar el camino no debe entenderse como una victoria sobre los propietarios, sino como un acuerdo que proteja la naturaleza, respete la propiedad y devuelva el acceso a la gente local. Gestión práctica de visitantes, compensación transparente y acompañamiento científico son los ingredientes de tal acuerdo. Cuando el bullicio de la Plaça vuelva a mezclarse por las mañanas con conversaciones de senderistas sobre la ruta, sabremos que se ha hallado un equilibrio: no como acto jurídico, sino como solución vivida en Mallorca.
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