Portada del informe sobre las fuertes lluvias y seis tormentas que afectaron Mallorca en enero de 2026

Balance meteorológico de enero de 2026: Más lluvia, más preguntas — ¿Está Mallorca preparada?

Balance meteorológico de enero de 2026: Más lluvia, más preguntas — ¿Está Mallorca preparada?

Seis temporales, precipitaciones mucho más altas y rachas de viento fuertes marcaron el invierno en la isla. Un inventario crítico: ¿qué dicen los datos, qué falta en el debate y qué medidas ayudan frente a futuros episodios extremos?

Balance meteorológico de enero de 2026: Más lluvia, más preguntas — ¿Está Mallorca preparada?

Pregunta central: ¿Qué tan preparados están nuestros municipios, carreteras y costas para series de lluvias y temporales?

Enero dejó cifras que no resultan tranquilizadoras: en las Baleares se registraron de media mensual alrededor de 115,2 litros por metro cuadrado, es decir casi el doble de precipitación de lo habitual, como muestra el análisis "Por qué el clima de Mallorca ya no es lo que era". Seis sistemas de temporal pronunciados provocaron mares agitados, rachas fuertes y puntos con valores claramente superiores a la media insular. La Serra de Tramuntana anotó picos como 308,9 l/m² en Lluc y 281,6 l/m² en Son Torrella; en el puerto de Palma se acumularon 116,2 l/m², más del triple del valor normal.

Los datos de AEMET también muestran: hubo cuatro días con nieve, seis días de niebla y siete días de temporal en Mallorca. En el aeropuerto de Palma se registraron 15 días con viento fuerte —normalmente en enero son solo cinco. La racha más fuerte alcanzó los 158 km/h en Alfàbia. En el mar, la boya de Dragonera registró tres días con más de cuatro metros de altura significativa de ola; la ola individual más alta fue de 4,7 metros, casos que aparecen también en "Primero alerta de tormenta, luego sol".

En resumen: fue un mes con altos volúmenes de precipitación, vientos violentos y oscilaciones térmicas inusuales —la temperatura media rondó los 11 °C, con días cálidos aislados como 20,6 °C en Artà y noches frías hasta -3,7 °C en Escorca. Al mismo tiempo, los días de helada descendieron localmente respecto a la media a largo plazo; en Lluc las heladas ocurrieron con menos frecuencia que antes.

Análisis crítico: las cifras son una cosa, los impactos otra. El agua intensa afecta a la infraestructura en sus puntos débiles: desagües obstruidos, bocas de puente demasiado estrechas en torrentes, bordes de carretera dañados. En el Passeig Marítim y en callejones del casco antiguo se acumulan hojas y plásticos que pueden hacer desbordar rápidamente las canaletas. En zonas rurales, barrancos que se llenan provocan deslizamientos, y en la Ma-10 y vías de acceso pequeñas se producen aludes de lodo que pueden poner en riesgo el suministro de pueblos enteros.

Lo que a menudo falta en el debate público: no se trata solo de la estadística. No todos los lugares están igual de preparados, como muestra "Isla dividida: sol en el oeste, fuertes lluvias en el este". Algunos ayuntamientos limpian sus desagües de forma regular, otros no. Algunos propietarios dejan terrazas y laderas en mal estado, de modo que el agua escurre más rápido que antes. A menudo faltan sistemas de medición interconectados para torrentes y una priorización coordinada de fondos de reparación tras los daños por temporal.

Una escena cotidiana: en una mañana lluviosa en el Mercat de l'Olivar, los vendedores ajustan lonas, los taxis pitan y la guía turística de enfrente maldice en voz baja por la gravilla arrastrada frente al local. Más lejos, en el puerto de Sóller, los pescadores secan el agua salada de las embarcaciones y revisan las amarras. Estas pequeñas imágenes muestran que la gente vive las consecuencias directamente, a menudo antes de que las autoridades actúen.

Existen propuestas concretas y, en su mayoría, son técnicas y organizativas realizables. Primero: mantenimiento riguroso de las redes de aguas residuales y pluviales, con ciclos de limpieza obligatorios antes de la temporada de lluvias. Segundo: fomentar superficies abiertas y permeables en las ciudades; replantear aparcamientos impermeables y aceras anchas para que drenen hacia la red. Tercero: renaturalización dirigida de torrentes y reconexión de llanuras de inundación, por ejemplo en el interior y en humedales como la Albufera de Alcúdia, para retener más agua. Cuarto: una red de aforos y sensores locales en torrentes críticos, conectada a una plataforma de alarma central que informe en tiempo real a municipios y bomberos. Quinto: ampliación de balsas y zonas de retención en la Tramuntana, donde cae especialmente mucha lluvia.

A esto se suman medidas adaptables en las costas: accesos a la playa temporales que se puedan cerrar en caso de temporal y una planificación cooperativa entre municipios y la autoridad portuaria, para que las infraestructuras no dependan de reparaciones aisladas, como propone "Alerta meteorológica en Mallorca: ¿Están nuestras ciudades y playas preparadas?". Los recursos financieros no deberían asignarse solo tras los daños, sino preventivamente: sería viable un modelo de fondo local para medidas preventivas.

Lo importante ahora: no necesitamos debates abstractos solo sobre el “cambio climático”, sino pasos pragmáticos en el territorio; análisis sobre tormentas y chubascos intensos lo ponen de manifiesto. Más estaciones de medición, menos desagües obstruidos, más zonas de retención —y una lista de prioridades clara que indique qué carreteras, escuelas y hospitales proteger primero. Esto cuesta dinero, pero también evita caros arreglos de emergencia y las interrupciones diarias que molestan a residentes y comercios.

Conclusión: las cifras de enero son un toque de atención. Mallorca tiene sitios robustos y muchos otros que siguen siendo vulnerables. Quien invierta a tiempo en mantenimiento, espacios para la infiltración y en un sistema de alerta conectado, ahorra nervios y dinero. La próxima tormenta no avisará: vendrá del mar y golpeará primero los puntos que llevamos años ignorando.

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