Banco de madera hecho con un tronco, anclado sobre una piedra junto a la carretera entre Bunyola y Orient

¿Quién colocó los bancos de madera entre Bunyola y Orient — y a qué precio?

En la sinuosa ruta de Bunyola a Orient han aparecido de repente robustos bancos de madera hechos con troncos. Un gesto amable para los senderistas, pero ¿quién asume la responsabilidad legal, práctica y ecológica?

De repente ahí y aun así con preguntas: bancos de tronco en la Tramuntana

Es una de esas mañanas claras en las que el viento trae el aroma a pino de la Serra de Tramuntana y el repique de timbres de bicicletas resuena en las curvas. En el camino de Bunyola hacia Orient, desde hace algunos días llaman la atención en varios puntos robustos bancos de madera —no delicados bancos de metal de parque, sino troncos huecados, lijados, tratados con protección y anclados sobre grandes peñones; la prensa local incluso pregunta ¿Quién colocó los bancos de madera entre Bunyola y Orient — y a qué precio?.

La pregunta central: ¿quién lo hizo —y con qué derecho?

El ayuntamiento está sorprendido y habla de una iniciativa privada de un propietario cercano. La administración insular, por su parte, es competente en la carretera local, y allí ya existe una lista de futuras reparaciones. En resumen: un gesto amable para excursionistas y ciclistas, pero también un caso clásico sobre competencia, permisos y responsabilidad a largo plazo; el asunto fue recogido en reportajes que describen cómo aparecieron de la noche a la mañana estos bancos de tronco.

Quién transportó y montó los troncos de noche es motivo de especulación. Vecinos cuentan que los bancos aparecieron en pocos días —con pericia y gran esfuerzo. Eso plantea varias cuestiones prácticas: ¿se han evaluado aspectos estáticos y de seguridad vial, existe responsabilidad en caso de accidentes y hay riesgo para la vegetación colindante? Varias crónicas locales han reflejado el debate sobre un lugar junto al camino y la reacción vecinal.

Lo que en el debate público suele quedar fuera

En acciones así se suele destacar la buena intención —pero hay puntos poco visibles: derechos sobre el espacio público, mantenimiento a largo plazo y financiación, posibles conflictos con el mantenimiento de la vía y la huella ecológica. La Tramuntana es un espacio protegido; incluso pequeñas intervenciones pueden afectar la flora y fauna local o alterar el drenaje de las laderas.

Además suele faltar una identificación sencilla: quién fabricó los bancos, quién los mantiene, cuánto durará la madera y qué sucede en caso de vandalismo. Sin una placa o un aviso informativo, el origen queda nebuloso —puede parecer romántico, pero es jurídicamente poco práctico.

Propuestas concretas en lugar de mera sorpresa

Se puede optar por un enfoque constructivo: primero, el ayuntamiento y el consejo insular deberían aclarar conjuntamente si se necesita una autorización retroactiva —temporal o permanente. Una solución pragmática: tolerancia provisional vinculada a condiciones (distancia de seguridad a la calzada, protección contra incendios, anclaje firme, tratamiento superficial resistente al clima).

Además proponemos:

1. Transparencia: Cada banco debería llevar una pequeña placa con el fabricante, año de construcción e información de contacto para su mantenimiento.

2. Colaboración: Un acuerdo entre el propietario del terreno, el municipio y el consejo insular para asumir costes de mantenimiento o la adopción por asociaciones locales.

3. Evaluación ecológica: Una revisión breve por parte del departamento de medio ambiente para comprobar si los materiales y emplazamientos cumplen con las restricciones de protección.

4. Aprovechar el carácter de modelo: Si la iniciativa funciona bien, la isla podría desarrollar una guía para que futuras mejoras privadas del espacio público se realicen con seguridad jurídica y responsabilidad ecológica; la controversia sobre los bancos en la curva ilustra la necesidad de reglas claras.

Oportunidades para la comunidad y los visitantes

Estos bancos de madera no son un suceso puramente negativo: para ciclistas, senderistas y paseantes suponen una mejora visible de la calidad. Fomentan recorridos más pausados y atentos por los pueblos —un plus para el turismo y la vecindad. Bien integradas, estas iniciativas podrían fortalecer talleres locales: un proyecto de carpintería o forestal en lugar de trabajos anónimos nocturnos.

Y una cosa más: los bancos dan a un lugar tiempo para respirar. Quién se sienta en una cuesta para descansar ve con otros ojos los olivares, escucha el lejano repique de una tijera en la poda y el susurro del viento sobre la Serra. Es un pequeño lujo que no conviene subestimar.

Conclusión: más coraje para reglamentar —y para colaborar

Los pocos bancos entre Bunyola y Orient son más que un asiento: son un caso de prueba. La tarea central ahora es convertir una acción espontánea y bienintencionada en transparencia, seguridad y sostenibilidad. Con reglas claras, mantenimiento compartido y algo de implicación local, esto puede convertirse en un ejemplo —y no solo en una curiosidad para las excursiones de domingo.

Si pronto circula usted hacia Orient: siéntese en un banco de madera, respire el aroma de la resina —y piense por un momento a quién agradecería si en la pequeña placa apareciera un nombre.

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