Sensor IA montado en un poste en el paseo de Cala Millor mientras turistas pasean

Contar con ojos: Cala Millor apuesta por sensores de IA — ¿servicio o vigilancia?

Contar con ojos: Cala Millor apuesta por sensores de IA — ¿servicio o vigilancia?

Son Servera invierte alrededor de 100.000 euros en sensores en el paseo marítimo de Cala Millor para contar personas. Buena idea — pero, ¿qué pasa con la protección de datos, la transparencia y la participación ciudadana?

Contar con ojos: Cala Millor apuesta por sensores de IA — ¿servicio o vigilancia?

Qué aporta realmente la nueva técnica de conteo en el paseo marítimo y qué preguntas quedan abiertas

El ayuntamiento de Son Servera ha decidido instalar dispositivos a lo largo del paseo marítimo de Cala Millor para contar el flujo de personas. Coste: cerca de 100.000 euros. Técnicamente se trata de sensores en las playas de Mallorca con funcionalidad de computación en el borde (edge computing), es decir, equipos que realizan parte del análisis localmente. Según el consistorio, el objetivo es una mejor planificación de la limpieza, la seguridad y la movilidad. Suena pragmático —sin embargo surge una pregunta sencilla pero acuciante:

Pregunta clave: ¿Cuánta vigilancia y qué detalles técnicos son necesarios para que el conteo mejore la vida diaria en Cala Millor sin socavar la privacidad de residentes y visitantes?

Un escenario cotidiano: es temprano por la mañana en el paseo marítimo, la taberna junto al parque infantil sube las persianas, pasa un camión de basura, dos jubilados con cestas de la compra se sientan en un banco, voces en alemán se mezclan con charlas mallorquinas. Esos mismos momentos pretende captarlos la tecnología: ¿cuántas personas circulan a cada hora? Esos datos pueden ayudar: menos viajes en vacío de los servicios de limpieza, presencia más dirigida del personal de seguridad, mejor planificación de autobuses en temporada alta.

Pero la tecnología tiene dos caras. La computación en el borde suena a protección de datos porque las imágenes en bruto no tendrían que almacenarse de forma centralizada. Aun así, no queda claro qué reconoce y qué almacena exactamente el equipo: ¿El software cuenta solo cabezas, registra movimientos corporales, se procesan metadatos como tiempo de permanencia o direcciones de movimiento? ¿Se conservan temporalmente imágenes de cámara con fines estadísticos o para comprobaciones posteriores? ¿Quién puede acceder a las imágenes en bruto: el ayuntamiento, la empresa contratada, subcontratas?, cuestiones que ya han generado debate en casos como Ojos digitales en las playas de Mallorca.

Desde la perspectiva legal, en proyectos así resulta aplicable el Reglamento General de Protección de Datos de la UE. Las autoridades deben evaluar si es necesaria una evaluación de impacto en la protección de datos (DPIA) y publicar los resultados. En la práctica eso significa: transparencia sobre la finalidad, plazos de conservación, medidas técnicas de anonimización y si se excluye o no el reconocimiento facial. Los datos comunicados hasta ahora mencionan costes y tecnología, pero no esos detalles de protección de datos; este tipo de preguntas se han planteado también en iniciativas urbanas, como en Más ojos en Palma: cámaras con IA y en Palma se equipa: más cámaras, drones.

Lo que falta en el debate público es una discusión sosegada sobre los límites de uso: ¿Se usará el conteo solo con fines estadísticos o también para dirigir de forma puntual a las fuerzas de seguridad? ¿Cómo se tienen en cuenta las tasas de error o sesgos algorítmicos (por ejemplo por el tiempo, la ropa o la agrupación de personas)? ¿Quién se hace responsable si los datos provocan decisiones erróneas —por ejemplo, una limpieza insuficiente en días concretos o controles excesivos?

Información concreta que el ayuntamiento debería facilitar: un resumen público de la evaluación de impacto en protección de datos, especificaciones técnicas (sin identificación basada en imágenes faciales), plazos de conservación de imágenes en bruto y metadatos, la identidad del contratista y sus subcontratistas, y un plan de funcionamiento claro con responsables para consultas ciudadanas.

Propuestas prácticas que Son Servera podría implementar de inmediato: 1) Antes de una instalación completa, un ensayo piloto transparente con criterios de éxito claros y duración limitada (p. ej. seis meses). 2) Publicación de una DPIA comprensible y de un informe técnico resumido. 3) Exclusión contractual y técnica de cualquier forma de reconocimiento facial. 4) Uso únicamente de datos agregados en un panel público —sin acceso a imágenes en bruto. 5) Revisión independiente por una autoridad de protección de datos o por un órgano local compuesto por residentes, comerciantes y expertos técnicos.

Existen alternativas o complementos prácticos a la contabilización basada en cámaras: conteos manuales esporádicos, contadores ópticos sin datos de imagen, o señales Wi-Fi/Bluetooth anónimas y agregadas. A menudo basta combinar varios métodos para compensar sesgos y reducir costes; sobre quién gana y cómo se implementa esta medición se ha reflexionado en piezas como ¿Quién nos cuenta en la playa?.

La decisión del municipio de avanzar digitalmente no es errónea per se. Pero en un lugar como Cala Millor, donde mucha gente trabaja, vive y pasa sus vacaciones, «más datos» no es argumento suficiente. Hacen falta reglas, controles y transparencia; si no, la aceptación social puede erosionarse. Quien se sienta por la mañana junto al mar y percibe ese olor a fritura no quiere sentir que está siendo observado constantemente: quiere aceras limpias y conexiones de transporte fiables.

Mi conclusión: los sensores pueden ser útiles —como herramienta, no como pretexto para una vigilancia generalizada. Son Servera debería ralentizar el siguiente paso: fase piloto, publicación de la evaluación de impacto en protección de datos, garantías contractuales claras contra la identificación y un órgano público de control. Así el proyecto tendría la oportunidad de mejorar realmente la vida cotidiana en lugar de sembrar desconfianza.

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