David Khrikuli tocando piano en las bóvedas de Cap Rocat con iluminación cálida y público atento

Concierto en Cap Rocat: David Khrikuli entre mística, dramatismo y danza

Concierto en Cap Rocat: David Khrikuli entre mística, dramatismo y danza

El pianista georgiano David Khrikuli llenó las bóvedas de Cap Rocat con un programa de Skrjabin, Liszt y Chopin. Una noche que abrió espacios sonoros y mostró la fortaleza como cuerpo resonante.

Concierto en Cap Rocat: David Khrikuli entre mística, dramatismo y danza

La noche fue templada, el mar detrás de la fortaleza todavía brillaba por el sol tardío, y en las callejuelas sobre Cap Rocat tintineaban las copas mientras los invitados buscaban las empinadas escaleras hasta la sala de conciertos. Quien viene hasta aquí trae curiosidad: la propia fortaleza forma parte de la velada, sus gruesos muros hacen que los sonidos respiren de otra manera. Precisamente eso aprovechó el joven pianista David Khrikuli: en lugar de buscar efectos, apostó por la densidad, la precisión y un calor que se quedó adherido en la sala.

El programa trazó amplios arcos. Al principio Khrikuli recorrió miniaturas tempranas y tardías de Alexander Skrjabin, desde préludes hasta los Deux Danses. Se notaba cómo trataba las formas pequeñas como espacios interiores: cada frase estaba cuidadosamente modelada, la cromática era para él más un medio atmosférico que una mera técnica de aderezo. En la Décima Sonata dio la impresión de que el instrumento mismo se convirtió en un pequeño cosmos, donde la calma y los momentos eruptivos convivían muy próximos.

Tras esa sonoridad trascendida, a veces casi frágil, Franz Liszt ofreció un contrapunto. La Sonata Après une lecture de Dante exigía no solo destreza digital, sino también musculatura narrativa. Khrikuli resaltó las tensiones dramáticas, los abismos y los fulgores de luz sin caer en el patetismo. La sonata ganó así en contundencia espacial; el público vivió el tránsito de la oscuridad a la claridad como una experiencia formal, casi escénica.

El bloque de Chopin al final del programa aportó otro color: la Polonesa Op.44, el Vals Op.64 nº 1, la Mazurca Op.56 nº 3 y la gran Sonata en si menor Op.58 mostraron la capacidad de Khrikuli para alternar entre la gestualidad nacional y la introspección personal. Los ritmos de danza respiraron ligereza, mientras que la sonata desplegó un panorama dramático con un final que llevó visiblemente al público consigo. Para otra referencia sobre Chopin en la isla, véase Matiné en la Bodega Macià Batle: Scherzi de Chopin y trío de Mendelssohn — 30.11.2025.

La atmósfera y el lugar hicieron la velada especial. Cap Rocat no es una sala corriente: la acústica transforma el sonido en una experiencia corporal, el recorrido desde el vestíbulo hasta las butacas, el rumor del mar, la conversación tenue de los asistentes —todo ello funcionó como parte de una pequeña ceremonia. Que una parte del ciclo organizada por Nina Heidenreich tenga lugar aquí encaja: son veladas que buscan cercanía, no distancia, y la fortaleza permite precisamente eso, en consonancia con otras propuestas de la isla, como Deslumbrante inicio de temporada del OSIB: de Turina a Strauss.

La reacción del público fue cálida: al final muchos se pusieron de pie, no por mera cortesía sino por convicción. Khrikuli volvió para dos propinas, entre ellas la Grande valse brillante Op.18, que con una sonrisa y toques leves cerró el programa de forma reconciliadora. Esos momentos muestran cómo los jóvenes solistas, mediante programas inteligentes y una coherencia dramática, ganan la confianza del público.

Para Mallorca, un concierto así es más que una velada agradable: ancla la isla como lugar donde experimentos artísticos e interpretaciones de alto nivel encuentran espacio, como demuestran desde el Auditori de Palma: Wagner, Colomer y Bruckner hasta Simone Kermes trae Barroco, Pop y una dosis de punk a Sóller. En tiempos en que vacaciones y cultura a menudo coexisten por separado, resulta refrescante ver cómo la cultura aquí vuelve a integrarse en la escena cotidiana: paseantes que tras el trabajo paran en el paseo marítimo, empleados de hotel que después de su turno escuchan una pieza más, vecinos que se alegran por un sonido inesperadamente elevado.

Mirando al futuro: si Cap Rocat continúa ofreciendo programas de este tipo e invitando a intérpretes jóvenes como Khrikuli, se irá tejiendo una red de lugares y artistas que atrae visitantes y al mismo tiempo fortalece la cultura local. Sin grandes aspavientos, más bien con la persistencia de una melodía que no se va de la cabeza.

Lugar: Cap Rocat, fortaleza cerca de Palma. Destacados del programa: obras de Alexander Skrjabin, Franz Liszt, Frédéric Chopin; propina: Grande valse brillante Op.18. Una noche que unió sonido y lugar de manera singular.

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