
Por qué el derribo de la piscina en las rocas de Mallorca sigue sin ejecutarse – una prueba de la realidad
Por qué el derribo de la piscina en las rocas de Mallorca sigue sin ejecutarse – una prueba de la realidad
Cuatro años después de una orden judicial de derribo, la piscina privada en la costa sigue en pie. ¿Quién frena la ejecución — y cómo podría la administración resolver finalmente el problema?
Por qué el derribo de la piscina en las rocas de Mallorca sigue sin ejecutarse – una prueba de la realidad
Pregunta central: ¿Por qué una orden judicial de demolición en la costa de Mallorca permanece sin ejecutarse durante años (véase el Proceso de Playa de Palma sobre responsabilidad tras desplome de terraza)?
A primera vista la escena resulta familiar: a última hora de la tarde, el viento de la Tramuntana golpea con fuerza las rocas en Costa dels Pins, los pescadores ordenan sus redes y los paseantes se detienen para mirar al mar. Y en medio de todo —difícil de pasar por alto— se ve una piscina para la que los tribunales han exigido el derribo. Cuatro años después de una sentencia que ordenaba la demolición, no se ha hecho nada. Correos electrónicos de la abogada del propietario dirigidos al ministerio balear competente, fechados el 15 de octubre de 2025 y el 19 de enero de 2026, quedaron sin respuesta. La presión de activistas provocó nuevas acciones legales, la ejecución ya se ha intentado en el pasado; aun así la construcción permanece intacta, como ocurre en Son Banya, donde se discute por qué el derribo por sí solo no basta.
Análisis crítico: varios factores se combinan y explican la aparente inacción de la administración. Primero: la vacilación institucional, visible en casos como Medusa Beach: quién asume la responsabilidad tras el derrumbe. Cuando las autoridades y los ministerios técnicos no responden de forma clara y oportuna a las solicitudes, surge inseguridad jurídica —y los interesados lo usan para ganar tiempo. Segundo: esfuerzo técnico y ecológico. Derribar en una costa escarpada exige peritajes detallados, medidas de seguridad y una logística precisa para no dañar áreas protegidas colindantes. Tercero: tácticas legales de los propietarios. La presentación de planes de derribo revisados retrasa la ejecución, porque las autoridades deben comprobar si esas soluciones cumplen las condiciones impuestas. Cuarto: cuestiones financieras. ¿Quién paga la demolición y cómo se recuperan los costes? Son obstáculos prácticos que a menudo disuaden a los funcionarios de actuar con celeridad.
Lo que falta en el debate público: la discusión suele girar en torno a la simbología —el acceso al mar, la notoriedad de los implicados— y no tanto en torno a la práctica administrativa. Falta transparencia sobre los plazos, las revisiones internas y los verdaderos obstáculos a la ejecución. Tampoco se debate con frecuencia con qué asiduidad actúan las administraciones en casos comparables mediante medidas coercitivas y cuáles son las consecuencias económicas; sería útil un seguimiento público similar al que ofrecen trabajos de comprobación de la realidad, por ejemplo Por qué los embalses de Mallorca siguen vacíos: comprobación de la realidad. Sin esa información, la crítica se queda en lo general y la confianza en la aplicación del derecho se erosiona.
Escena cotidiana: quien conduce la carretera costera un sábado por la mañana ve familias junto a la calzada, paseantes con perros, unos hombres mayores con tazas de café en un banco —para ellos la piscina ya forma parte del paisaje costero. Se preguntan por qué una decisión desde Madrid no parece tener efectos visibles en el lugar, mientras la vista al mar se ve afectada por usos privados.
Propuestas concretas: 1) Plazos con obligación de transparencia: las autoridades deberían publicar ventanas temporales vinculantes para alegaciones y resoluciones. 2) Peritaje independiente: una comisión técnica externa con expertos en protección costera podría, en plazos claros, verificar si los planes de derribo presentados cumplen las condiciones. 3) Definir de antemano exigencias de seguridad y medioambientales: listas de verificación estandarizadas para demoliciones en puntos costeros sensibles reducirían los tiempos de revisión. 4) Garantía de costes: creación de una cuenta de garantía o una fianza de demolición que las autoridades puedan utilizar en caso de ejecución y posteriormente reclamar. 5) Registro público de ejecuciones: un portal en línea que documente casos, plazos, documentos presentados y medidas de cumplimiento aumentaría la presión y la trazabilidad. 6) Medidas escalonadas: si un derribo total resulta técnicamente arriesgado de inmediato, deberían imponerse medidas provisionales (vallas, anclajes de seguridad) hasta que pueda procederse a la ejecución.
Un ejemplo práctico: la administración podría fijar en el plazo de cuatro semanas, tras una sentencia firme, una ventana oficial para la presentación de un plan de derribo ejecutable. Si se incumre ese plazo o las aclaraciones no se responden, la autoridad debe activar la ejecución y registrar inmediatamente los costes para su reclamación. Paralelamente, un informe técnico de un tercero debería garantizar la protección de biotopos colindantes —así se elimina el argumento de que hay que esperar por respeto al entorno.
Conclusión contundente: cuando las sentencias judiciales sucumben a razonamientos simplistas y a obstáculos burocráticos, no sólo se perjudica el derecho, sino también la confianza de la gente en el lugar. En Mallorca, donde el acceso a la costa y el paisaje frecuentemente chocan, no basta con dictar sentencias. Se necesitan mecanismos de ejecución claros y transparentes y una administración que lleve a cabo decisiones incómodas con rapidez. Si no, la piscina seguirá siendo el símbolo de la brecha entre derecho y realidad —y el mar, el pequeño cartel de protesta diario.
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