Kurztrip Paris: Warum Mallorquiner der Seine eine Chance geben sollten

Escapada a París: Por qué los mallorquines deberían darle una oportunidad al Sena

Escapada a París: Por qué los mallorquines deberían darle una oportunidad al Sena

Dos horas de vuelo, otro aire, demasiados croissants —y aun así: París es más que un cliché. Una propuesta para un fin de semana que despierta la curiosidad de los mallorquines.

Escapada a París: Por qué los mallorquines deberían darle una oportunidad al Sena

Cuando estoy en una mañana húmeda de enero en el Passeig Mallorca, con los auriculares puestos y una taza de café para despertarme, una escapada de fin de semana a París parece más lejana de lo que es. Dos horas —no se necesita más para, por la mañana, cerrar la puerta de casa en Palma y por la noche contar las farolas a orillas del Sena. Para nosotros en la isla no es un viaje lejano e irreal, sino una manera de cambiar de aires y sumergirse en una ciudad que funciona de forma diferente a Palma: más densa, más ruidosa, llena de detalles (ver Autobús acuático para Palma: ¿Oportunidad para los trabajadores o nuevo juego para turistas?).

París ofrece las grandes imágenes —la Torre Eiffel, el Sena, el Louvre— y junto a ellas pequeñas sorpresas que se pasan por alto si uno solo rastrea la superficie. En la Île de la Cité la ciudad comienza en otra dimensión: los muros huelen a piedra antigua, los barcos se deslizan tranquilamente y en una panadería aún se siente el calor matinal de los hornos. Quien parte desde aquí percibe cómo la historia está repartida en pisadas.

Mi consejo: no lanzarse de inmediato hacia la torre, sino planear la Sainte-Chapelle. Por la mañana, las vidrieras proyectan un fino vestido de colores sobre el suelo —una sesión teatral silenciosa, casi privada. Cerca hay cafés de calle donde los camareros, con su amabilidad rutinaria, toman pedidos; allí se puede practicar la observación al estilo mallorquín, solo que las escenas son distintas: parisinos con bolsas llenas de libros, parejas paseando con chubasqueros, repartidores con casco.

Pero París no es solo bonito; tiene rincones con una historia más áspera. Quien se planta en la Place de la Concorde verá más que avenidas: la plaza guarda huellas que recuerdan tiempos inquietos. Y los grandes bulevares que parecen tan encantadores no surgieron únicamente por amor a la simetría: a menudo estuvieron implicadas cuestiones de poder. Eso no es motivo de pesadumbre, sino una razón para mantener los ojos abiertos mientras se pasea.

Para los mallorquines una escapada así tiene varias ventajas: primero, el cambio. Quien huele el mar a diario se beneficia de orientar cabeza y pies de forma distinta durante dos días —museos, mercados, música en la calle. Segundo, París es más agradable fuera de temporada: menos aglomeraciones, cafés más tranquilos, la posibilidad de ver una exposición sin hacer colas. Tercero: ideas. Moda, gastronomía, espacios urbanos —mucho de lo que uno ve en París se puede traer de vuelta a la isla con una pizca de creatividad, ya sea en la decoración, en la panadería o en el paisaje urbano (leer también Turismo regenerativo en Bruselas: ¿visión o ilusión?).

Prácticamente eso significa: quien coge el primer vuelo encuentra un buen precio; dos días completos bastan para la suma de impresiones; una mochila cómoda es mejor que equipaje voluminoso. Caminar es la mejor moneda: Île de la Cité, Notre-Dame (desde fuera sigue siendo impresionante), Sainte-Chapelle, luego hacia el museo del Louvre y por los jardines de las Tullerías —todo en un agradable zigzag. Quien quiera profundizar encontrará muchos paseos temáticos, a menudo guiados por propina; así uno decide cuánto valora el conocimiento recibido.

Y algo más, observado desde la rutina en Mallorca: cultivamos la serenidad soleada, y eso es una ventaja. En París, precisamente esa serenidad puede hacer que el viaje sea más relajado. Nada de ir a toda prisa ni devorar todo lo visitable, sino dos días en los que prefieres contemplar una galería diminuta más tiempo o sentarte en una boulangerie a admirar la masa del croissant —tal como disfrutaríamos una ensaimada en la Plaça Major.

Al final, París para los mallorquines es una invitación. No para trabajar o comparar, sino para regresar inspirados. Quien quiera, trae nuevas recetas, colores frescos para el piso o simplemente una mirada distinta. Y cuando vuelvas a bajar en el Passeig Mallorca, el mar vuelve a estar ahí —y la isla se siente un poco más grande (ver ¿Escapada corta o maratón urbano? Palma lucha con calles llenas).

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