Castillo de Bellver en Palma con pinar circundante y visitantes, mostrando proyecto de inversión municipal.

Palma invierte en Bellver: Mucho dinero, preguntas abiertas

Palma invierte en Bellver: Mucho dinero, preguntas abiertas

El Ayuntamiento de Palma planea un proyecto de 3,18 millones de euros en torno al Castillo de Bellver. Dos millones provienen del impuesto turístico. ¿Qué aporta realmente esto al bosque, a los visitantes y a los vecinos?

Palma invierte en Bellver: Mucho dinero, preguntas abiertas

Pregunta guía: ¿Son suficientes 3,18 millones de euros para hacer realmente a prueba de futuro el castillo, los accesos y el bosque?

En la ladera sobre la ciudad, donde las gaviotas juegan con el viento y por la mañana comienza el tráfico de reparto de los cafés de Santa Catalina, se encuentra el Castillo de Bellver. El Ayuntamiento ha presentado ahora un plan (Palma anuncia un gran presupuesto de inversiones – alrededor de 624 millones de euros): en torno al castillo, en dos fases, se renovarán caminos, accesos, aparcamientos y protección contra incendios; seguidamente se llevará a cabo una puesta en valor ecológica del bosque. Presupuesto estimado: unos 3,18 millones de euros, de los cuales alrededor de 2 millones proceden del impuesto turístico (Palma planea 624 millones de euros para la transformación urbana). Las obras podrían durar hasta 30 meses.

En el papel suena a una mezcla sensata de infraestructuras y conservación. En la realidad, sin embargo, el debate se concentra más rápido en cuestiones prácticas que en conceptos bonitos. ¿Quién paga aparcamientos que al final apenas se usan? ¿Cómo se implementará la protección contra incendios sin destrozar el pinar con amplias franjas de grava? ¿Y qué significa exactamente "puesta en valor ecológica" en un bosque urbano que ya sufre la presión de visitantes, el empuje de raíces y veranos secos? Proyectos de rehabilitación en la ciudad muestran la tensión entre inversión y convivencia (Palma apuesta por El Terreno: tres millones para un barrio que debe volver a la vida).

Análisis crítico: las prioridades deben estar más claras. La primera fase del proyecto se centra en accesos, aparcamientos y caminos. Eso beneficia a visitantes y repartidores, pero existe el riesgo de que la comodidad a corto plazo provoque daños a largo plazo. Un nuevo pavimento, más plazas de aparcamiento, vías de acceso más anchas —todo ello puede atraer más coches y dificultar la conservación del arbolado. Que dos tercios de la financiación provengan del impuesto turístico deja claro: no sólo se trata de protección ambiental, sino también de atención al visitante y a la imagen. Es legítimo, pero conviene replantear el orden de las actuaciones; debates sobre qué aporta cada intervención ayudan a clarificar prioridades (Palma destina más dinero a El Terreno: qué aporta realmente la rehabilitación).

Lo que falta en el discurso público: la vida cotidiana de los vecinos y el propio bosque. Conversaciones con residentes de las calles alrededor de Bellver —el Carrer del Castell o la Plaça de la Porta de Sant Antoni— muestran preocupación por el ruido de las obras, las líneas de bus desviadas y la pérdida de plazas de aparcamiento. Técnicos forestales que conocen el estado de los pinos hablan de zonas de erosión, plantas invasoras y falta de agua en periodos secos. Ambas cuestiones aparecen hasta ahora poco en la argumentación: ni la protección de las personas que viven allí a diario, ni medidas concretas contra los factores de estrés climáticos para los árboles. El acceso y la política de entradas también forman parte del debate sobre quién usa el entorno (Castillo de Bellver: entrada duplicada — ¿Para quién sigue abierto el acceso?).

Una pequeña escena cotidiana: en una fresca mañana de enero, una mujer mayor con la bolsa de la compra se sienta en un banco del mirador de Bellver, se ajusta la bufanda y observa a corredores, turistas con cámaras y a unos obreros sacando cajas de una furgoneta. Una moto sube por el estrecho acceso, un niño da de comer a las palomas. Dos años de obras significan para esos momentos un cambio palpable —no sólo para los visitantes, sino para quienes hacen aquí su vida diaria.

Propuestas concretas que deberían complementar la planificación: primero, priorización por fases con principio de neutralidad ecológica. Es decir: actuaciones en la red de caminos y aparcamientos sólo hasta donde no impliquen más sellado del suelo ni ampliación de la calzada. Segundo, asignación abierta de presupuesto para monitoreo —al menos el 10% del importe para el mantenimiento a largo plazo del bosque y para mediciones de afluencia, estabilidad del suelo y salud de los árboles. Tercero, un plan de movilidad acompañante —regular claramente el tráfico de obra, estudiar líneas de autobús temporales o lanzaderas desde la periferia, promover aparcabicicletas para reducir los coches privados. Cuarto, participación ciudadana en el lugar —consultas periódicas en la plaza para aliviar miedos vecinales y encontrar soluciones prácticas. Quinto, desglose transparente de cómo se usan los 2 millones del impuesto turístico y qué criterios definen la "puesta en valor ecológica".

Un ejemplo práctico: en lugar de crear un gran aparcamiento de asfalto, el Ayuntamiento podría construir plazas modulares permeables con franjas verdes y aplicar una capacidad máxima diaria mediante gestión de aparcamiento. Esto reduce la presión sobre el suelo y mantiene controlado el tráfico de coches. En protección contra incendios son viables soluciones sensibles: cortafuegos sin corte severo, combinados con bandas de plantas resistentes, en vez de bandas de grava desnuda que fomentan la erosión.

Conclusión: hay dinero y voluntad visible —pero sin directrices ecológicas claras, uso transparente de los fondos turísticos y una implicación real de usuarias y vecinos, corre el riesgo de hacerse una ampliación que genere más problemas que soluciones. Bellver no es un producto puramente turístico; es un fragmento de bosque urbano con un castillo que forma parte de la identidad de Palma. Cuando las obras acaben, los árboles deberían quedar más fuertes que antes y los vecinos no deberían sentir que han perdido su pequeño refugio cotidiano.

Recomendación breve: más monitoreo, menos asfalto, formatos de participación claros y un presupuesto vinculante para el cuidado —así el proyecto encaja mejor con Bellver, con la gente que vive aquí y con un clima que nos está cambiando las reglas con frecuencia.

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