Tortugas terrestres agrupadas en un recinto en una finca, relacionadas con la investigación por cría ilegal en Llucmajor

Juicio por cría de tortugas en Llucmajor: ¿Quién se beneficia del comercio ilegal?

Juicio por cría de tortugas en Llucmajor: ¿Quién se beneficia del comercio ilegal?

Ante el tribunal de Palma comienza un caso que es más que un delito contra los animales: en una finca de Llucmajor se habrían criado y vendido más de 1.000 tortugas protegidas. ¿Qué dice eso sobre los controles, el comercio y nuestra isla?

Juicio por cría de tortugas en Llucmajor: ¿Quién se beneficia del comercio ilegal?

Pregunta guía: ¿Cómo pudo una cría de más de mil tortugas protegidas funcionar durante años en una finca cerca de Llucmajor — y qué aprendemos de ello?

El 19 de enero comienza ante el Tribunal de Palma un procedimiento que suena a algo más que un caso clásico de derecho penal animal. Están acusados dos alemanes y un comerciante de reptiles de las proximidades de Barcelona. Los investigadores atribuyen las acusaciones a actividades entre 2012 y 2018: en una finca en las cercanías de Llucmajor se habrían criado tortugas protegidas y comercializado con ellas — al parecer también con ingresos no declarados. En 2018 la Guardia Civil incautó varios animales y huevos; algunas crías nacieron más tarde en Natura Parc. En total la acusación menciona 1.063 ejemplares y un valor económico de más de 545.000 euros. La Fiscalía pide para cada uno de los tres acusados cinco años y medio de prisión.

En resumen: muchos animales, mucho dinero — y mucho tiempo sin que se generara atención pública. Eso resulta inquietante si se piensa en la labor de conservación de la naturaleza y las especies en Baleares.

Análisis crítico: fallos en el sistema

Si se habla de más de seis mil euros por animal, ya no es un proyecto de hobby. La pregunta es cómo pudo operar sin que las inspecciones existentes dieran la alarma. Que la Guardia Civil no actuara hasta 2018 muestra que la cría ilegal no solo ocurre en patios traseros, sino en explotaciones agrícolas que apenas son controladas. El problema tiene varias dimensiones: obligaciones de registro insuficientes para especies exóticas, competencias de control poco claras entre ayuntamientos, autoridades autonómicas y el Estado, así como incentivos económicos para la venta al extranjero.

Además, el caso muestra la interrelación entre infracciones de protección de especies y delitos fiscales. Quien vende animales con fines lucrativos debe declarar fiscalmente. Si se ocultan ingresos, no solo pierde dinero la hacienda pública —también falta una pista que facilitaría las investigaciones. Las autoridades solo llegan así a conocer la punta del iceberg.

Lo que suele faltar en el debate público

Solemos hablar de incautaciones espectaculares, pero con demasiada poca frecuencia sobre la estructura que hay detrás, incluso en casos de rescate puntual como el Rescate en el Passeig. En la esfera pública falta la discusión sobre los incentivos: ¿por qué compensa el riesgo a los comerciantes? ¿Qué vacíos permiten que el comercio fluya a través de fronteras y plataformas online? Y: ¿qué formación tienen los veterinarios locales, las asociaciones de criadores y los arrendatarios para identificar especies protegidas? Estas preguntas se pasan por alto con facilidad cuando el foco está solo en casos concretos, incluso cuando la economía local cambia, como se observa en operaciones inmobiliarias y comerciales recientes en Palma, por ejemplo la Plaza de las Tortugas.

Tampoco está clara la perspectiva de los animales: ¿dónde acaban los ejemplares incautados, cómo se les atiende médicamente y qué posibilidades tienen de ser reintroducidos? Natura Parc desempeñó un papel en la eclosión de crías —pero no todas las incautaciones son automáticamente un caso de rehabilitación; a veces faltan capacidad y fondos, aun cuando episodios de nacimiento de tortugas en playas locales alertan sobre la necesidad de coordinación, como muestra la noticia de 62 crías de tortuga marina nacen en la playa de Palma.

Una escena de la isla: Llucmajor por la mañana

Quien haya circulado por Llucmajor conoce la mezcla de tierra seca, pinos y el olor de higos maduros. Camino de una finca se oyen campanas de iglesia, se ven máquinas agrícolas y parejas de paseantes con perros. Estas propiedades parecen inofensivas —muros encalados, cipreses, un antiguo pozo. Justo donde la vecindad conoce al perro, pueden ocultarse sistemas cerrados de cría, discretos, detrás de un seto. Eso hace que el caso resulte tan desconcertante: la economía ilegal se mezcla con la vida rural cotidiana.

Medidas concretas

1. Registro transparente: Un registro obligatorio y de acceso público de todas las granjas de reptiles protegidos en Baleares facilitaría las inspecciones. Los ayuntamientos, los servicios veterinarios y aduanas deberían tener acceso.

2. Controles interconectados: Un sistema conjunto de alertas entre Guardia Civil, controles en puertos y aeropuertos y autoridades locales puede rastrear más rápido las vías comerciales. También es necesaria la cooperación con organismos de la UE —la mercancía ilegal no conoce fronteras insulares.

3. Supervisión financiera: Auditorías fiscales ante ingresos sospechosos procedentes del comercio de animales y multas más duras por fraude fiscal reducirían la rentabilidad de las crías ilegales.

4. Fortalecer las instalaciones de acogida: Más apoyo a lugares como Natura Parc: fondos, personal veterinario y programas de reintroducción para que los animales incautados puedan recibir atención permanente.

5. Sensibilización local: Agricultores, veterinarios, vendedores de mercado y vecinos necesitan información accesible sobre cómo identificar el comercio y dónde denunciar sospechas —una línea telefónica, información online y charlas locales podrían ayudar.

Conclusión

El juicio en Palma es importante porque ofrece una visión de un problema mayor: el comercio ilegal de especies protegidas, que afecta a la ecología, el derecho y la fiscalidad. Para Mallorca esto significa: hay que mirar con más precisión, no solo los casos aislados, sino las estructuras que hacen rentable ese comercio. Quien pasea un domingo por Llucmajor y siente la tranquilidad debería pensar también que detrás de una finca pueden no solo haber olivos, sino un negocio que daña nuestra isla y su biodiversidad. El tribunal decidirá sobre culpabilidad y pena. La verdadera tarea empieza después —con mejores controles, más transparencia y con la voluntad de no convertir la naturaleza en mercancía.

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