
Entre la red y el muro: cómo un club de tenis vacío se convirtió en la última dirección para unas 20 personas
Un antiguo club de tenis en Port d'Alcúdia alberga desde hace años a unas veinte personas. ¿Quién es responsable y qué soluciones faltan en el discurso?
Entre la red y el muro: cómo un club de tenis vacío se convirtió en la última dirección para unas 20 personas
En el norte de Mallorca un recinto de club abandonado se ha convertido en un espacio de vivienda provisional. La situación evidencia lagunas en la ley, en la ayuda social y en el mercado de la vivienda.
La carretera que va de Alcúdia hacia Artà está, en una mañana templada, tan transitada como siempre: autocares pitan, gaviotas gritan sobre los contenedores en la costa y el olor a café recién hecho sale de un pequeño supermercado. Detrás de un muro desgastado, apenas visible para quien pasa, se encuentra el terreno de un antiguo club de tenis. Donde antes volaban pelotas sobre la red, hoy cuelgan camisetas y pantalones húmedos; las vallas sirven de tendedero improvisado. El lugar recuerda historias locales como Rescate de último minuto en el Paseo.
En el lugar vive desde hace años un grupo de aproximadamente veinte personas. Proceden de distintos países, trabajan en ocasiones por días —recolectando chatarra, en la construcción o en servicios— y han encontrado aquí un refugio de emergencia; este fenómeno tiene ecos en la ciudad, por ejemplo Sin hogar en el Paseo Mallorca. Formalmente el terreno sigue perteneciendo a un propietario; al parecer hay un pleito sobre la devolución y el uso. Mientras el procedimiento se prolonga, existe un estado intermedio: tolerancia sin perspectiva.
Pregunta central: ¿quién debe actuar y con qué rapidez? En Mallorca convergen tres realidades: inmuebles que están ociosos; personas sin vivienda asequible —y, en ocasiones, soluciones improvisadas como Cuando las caravanas se convierten en la última dirección—; y autoridades que, legalmente, a menudo pueden intervenir solo en limitadas medidas. La cuestión no es solo jurídica, sino también política y práctica: ¿quién asume la responsabilidad por quienes viven en estos intersticios?
Un análisis sobrio muestra varias lagunas. Primero: el derecho a la propiedad y el poder de disposición sobre los edificios chocan con la realidad social. Los tribunales precisan tiempo, los propietarios esperan recuperar su seguridad jurídica —y mientras tanto las personas permanecen en situación de riesgo. Segundo: los servicios sociales están al tanto, pero llegan a sus límites (Servicios sociales del Govern Balear). Tercero: el mercado de la vivienda, tensionado —sobre todo antes y durante la temporada turística— hace casi imposible que quienes no tienen un sueldo fijo a tiempo completo encuentren una vivienda permanente.
Lo que casi no aparece en el debate público es la voz de las personas que viven allí. Sus experiencias cotidianas, sus itinerarios hacia la inseguridad y sus necesidades permanecen muchas veces invisibles. También falta un inventario realista de inmuebles vacíos o infrautilizados que podrían vincularse socialmente a corto plazo. Tampoco se discuten con frecuencia vías legales prácticas y rápidas para casos en que exista peligro para la vida, la integridad física o la salud pública.
Una mirada a la vida diaria hace visible la urgencia. Por la noche, cuando el viento viene de la bahía, una mujer se sienta en el bajo muro y clasifica botellas de plástico. Desde una habitación contigua se oye la risa de un niño —no jugando, sino un pequeño radio con un programa en español sudamericano. Los vecinos conocen al grupo: unos saludan, otros se quejan de robos en la zona. Esas tensiones alimentan prejuicios, aunque con frecuencia proceden de individuos y no de la comunidad en su conjunto.
Las soluciones concretas deben ser pragmáticas y locales: 1) Equipos sociales móviles deberían estar disponibles diariamente en el lugar —no solo de forma esporádica en intervenciones policiales. 2) Alojamientos seguros y temporales con una perspectiva clara (por ejemplo, vivienda de tránsito vinculada a ofertas de empleo e integración) impiden que las personas permanezcan en la ilegalidad. 3) Un registro municipal de viviendas vacías: inmuebles sin uso prolongado podrían activarse temporalmente para fines sociales, con una compensación justa para los propietarios (Plan Estatal de Vivienda). 4) Un procedimiento acelerado y transparente entre la justicia, los propietarios y los servicios sociales que tenga en cuenta los riesgos para vidas humanas. 5) Medidas preventivas: ayudas al alquiler, mediación para empleo estacional con opciones de vivienda y asesoramiento para hogares en riesgo de desalojo.
Es importante nombrar claramente las responsabilidades: propietarios, ayuntamiento y administración regional deben cooperar —y hacerlo con un calendario. Solo procedimientos jurídicos sin soluciones sociales paralelas implican el desplazamiento hacia otros espacios peligrosos. Solo ofertas sociales sin aclaración jurídica generan inseguridad para vecinos y propietarios. Ambas cosas son necesarias.
Conclusión: los lugares ocupados en un antiguo club de tenis son más que una molestia local. Son síntoma de un problema más amplio: un mercado que trata la vivienda como mercancía, un sistema social que frecuentemente reacciona en lugar de planificar, y un orden jurídico que permite plazos de decisión prolongados. Quien pasa por la carretera hacia Artà quizá solo vea un muro. Quien mira de cerca debería exigir acciones concretas —hoy, no solo tras una sentencia.
Preguntas frecuentes
¿Cuál es la mejor época para visitar Mallorca si quieres buen tiempo?
¿Se puede bañarse en Mallorca fuera del verano?
¿Qué ropa conviene llevar a Mallorca en primavera?
¿Mallorca es buena idea para viajar con niños?
¿Qué se puede hacer en Palma de Mallorca si solo tienes un día?
¿Merece la pena visitar Sóller en un viaje a Mallorca?
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