
Rescate de último minuto en el Paseo: Cómo dos mujeres convirtieron la Red Party en la auténtica escena isleña
Un portero estricto, vestidos agotados en la tienda del club y un hallazgo espontáneo en la tienda de la esquina: Verena Kerth y Claudia Obert protagonizaron, en una templada noche en el Paseo Marítimo, un encantador final feliz —y demostraron cómo funciona el plan B en Mallorca.
Código de vestimenta rojo, improvisación mallorquina
Son esas noches templadas en las que el Paseo Marítimo suena especialmente vivo: el rumor del mar, el tintinear de vasos, pasos lejanos sobre la pasarela de madera. En una de esas veladas dos conocidas estaban a punto de encontrarse con una puerta cerrada: porque faltaba el rojo. Otros reportajes sobre la vida nocturna incluyen Corazones, post-its y poder femenino: cómo las citas rápidas en Palma son realmente divertidas.
Verena Kerth y Claudia Obert esperaban la legendaria Red Party en un club de playa. Las reglas eran sencillas: el rojo era obligatorio. Kerth llegó con un delicado tono rosa, Obert con un vestido blanco con flores. En pocas palabras: muy poco fuego para la política de la puerta.
Agotado, pero no fuera de la fiesta
Hacia las 23:15 el portero se mantuvo firme. Sin rojo, no hay entrada. Un gesto cortés pero rotundo: típico aquí, donde las normas y el espectáculo forman parte de la velada. La tienda del club sugirió una solución: comprar un vestido rojo. Mala suerte: el perchero estaba vacío. Ojos en blanco, un suspiro corto y entonces lo típico de Mallorca: improvisación. No es raro que la noche dé para sucesos inesperados, como recoge la crónica Huida nocturna en el Camí dels Reis: un accidente, muchas preguntas.
Al otro lado, una pequeña tienda de esquina con surtido variado —de esas en las que se amontonan recuerdos de quita y pon, protector solar y de vez en cuando algún hallazgo— aún tenía colgados algunos vestidos rojos por 9,99 €. Nada de alta costura, pero práctico. Compraron, se cambiaron y volvieron hacia el club acompañadas por el suave bocinazo de algunos taxis y el aroma a pescado a la parrilla de los restaurantes de la promenade.
Un aplauso para lo imperfecto
Esta vez la puerta se abrió. Un poco de risa, unas miradas irónicas y luego aplausos, como si la escena fuera parte del show. El club estaba en su habitual exceso de la Red Party: bailarines con trajes rojos, luces rojas, una piscina convertida en escenario y botellas incendiarias que lanzaban chispas en la noche. Saltaron tapones de champán, las trompetas marcaron acentos y la música vibró hasta el espigón.
La noche fue una mezcla de glamour y comedia cotidiana: un derrame de vino tinto sobre unos pantalones blancos, un móvil perdido entre las tumbonas y el área VIP, y un hombre de buen humor que paseaba sin molestar entre la multitud. En medio de todo, las dos mujeres salvaron la velada con una sonrisa. «¿Quién necesita alta costura cuando la tienda de la esquina ayuda?», dijo al parecer Claudia. Verena rió, bailó y se sacudió la arena —Mallorca al fin y al cabo.
Lo que el incidente cuenta sobre la isla
Esta pequeña anécdota es más que un simple cotilleo. Habla de una isla que vive de la espontaneidad. Muestra la importancia del pequeño comercio: la tienda de la esquina con un par de vestidos rojos fue esa noche la heroína inesperada. Son precisamente esos comercios los que dan color al Paseo cuando los grandes shows hacen una pausa; junto a estas historias también aparecen realidades como Sin hogar en el Paseo Mallorca: cuando el banco se convierte en la última dirección.
Y es un recordatorio para los organizadores: un puñado de vestidos de repuesto en el backstage, la mirada flexible de los porteros o una tienda del club bien abastecida pueden evitar momentos bochornosos y, al mismo tiempo, mejorar la experiencia para todos los asistentes. Para los visitantes la lección probablemente sea más simple: un pañuelo rojo en el bolso de playa nunca está de más. La seguridad y la prevención también son temas relevantes, como refleja la pieza Redada en Palma: llaves especiales, disfraces y muchas preguntas.
Encantador, un poco caótico —y típico mallorquín
Al final de la noche queda la imagen de una isla que no se toma demasiado en serio. Un portero estricto, un perchero vacío, una compra de rescate por 9,99 € y un final feliz con aplausos. Esa es el arte de la improvisación, casi ya parte de la cultura local. Y si la música sigue hasta las primeras horas de la mañana, no es solo una fiesta, sino una pequeña promesa colectiva: en Mallorca siempre aparece un plan B; en ocasiones los taxistas son protagonistas en noticias como Conductora ebria detenida en el Paseo Marítimo: taxistas evitaron lo peor.
Consejo para la próxima fiesta temática: lleva algo rojo. O al menos una sonrisa —ese fue, en cualquier caso, el mejor accesorio de la noche.
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