
Cucharas de cocina, aplausos, patatas: los 'Pottkieker' en la casa parroquial de Arenal
Cucharas de cocina, aplausos, patatas: los 'Pottkieker' en la casa parroquial de Arenal
En el centro parroquial junto al Ballermann se reúne un grupo variado de hombres para cocinar, charlar y ver fútbol. Entre la prensa de spätzle y el pisco sour surge una vecindad que se puede saborear.
Cucharas de cocina, aplausos, patatas: los 'Pottkieker' en la casa parroquial de Arenal
Una noche en la que el schnitzel, los spätzle y las conversaciones importan
Huele a carne frita, a mantequilla y a una salsa que se reduce lentamente. En la cocina recién renovada del centro evangélico en Arenal, junto a Pan alemán en la playa: cómo una panadería en Arenal calma la nostalgia, suenan sartenes, las voces tapan por momentos la radio y en algún lugar, bajo la mesa, husmea Trudi, la perra de la pareja pastoral. Así comienza un típico viernes por la noche con los 'Pottkieker': una rondad de cocina entre hombres que se reúne una o dos veces al mes.
El grupo es diverso, la mayoría tiene entre 50 y 80 años. Algunos son cocineros aficionados experimentados, otros vienen sobre todo por la compañía. Cada uno aporta algo: uno una prensa para spätzle, otro un pack de seis cervezas, alguien trae una cuchara que ya podría contar historias. De bienvenida, esa noche hay un pisco sour que un miembro del consejo parroquial trajo de un viaje: un pequeño toque inesperado de Sudamérica entre migas de pan y aromas a asado.
En el menú de esa noche figura la clásica cena alemana: sopa de bolitas de sémola como entrante, luego schnitzel con spätzle caseros y una ensalada de campo con tocino y croutons, y de postre Salzburger Nockerl. La división del trabajo funciona sin demasiadas palabras: unos empanan los schnitzel, otros se encargan de los spätzle, la salsa se va afinando entre varios. Un hombre se ocupa del tiempo, otro de probar la sazón —y a veces una rápida mirada al móvil del pastor decide si una jugada de fútbol se comenta con más vehemencia que la sal.
Que en otras partes del mundo también hay trucos de cocina y ocurrencias creativas lo demuestra un relato de Hanns-Henning Krull, uno de los cocineros aficionados más veteranos de la ronda. Recuerda un plato colombiano que trajo una vez: un lomo al trapo, en el que la carne se envuelve en un paño, se cubre de sal y se empapa en cerveza antes de cocinarse a altas llamas. Historias así aportan variedad a los clásicos alemanes habituales.
El nombre 'Pottkieker' viene de un vocabulario del norte de Alemania y se lo puso Paul Stijohann cuando el grupo se fundó en 2015. La ronda está abierta: hombres de otras confesiones son bienvenidos, y quien prefiere mirar en vez de manipular, se sienta con gusto igual. No se trata tanto de clases de cocina como de estar juntos: de trabajar en un plato entre todos, de contar historias de reparaciones, de dar un abrazo al que llega con una avería en el coche.
Antes de la cena hay un pequeño ritual: una palabra de gracias rítmica acompañada de palmadas, que marca el tono entre la broma y la seriedad. La mesa empieza a corear, se toma tiempo. Luego se come hasta altas horas de la noche, se ríe y a veces se ve fútbol —esa noche el partido Frankfurt contra Dortmund terminó 3:3, lo que generó discusiones prolongadas hasta el postre.
La despedida aquí no significa estancamiento: al final, un miembro del grupo que pronto emigrará a Paraguay invita con una botella de 'Berliner Luft' —un pequeño recuerdo de casa para llevar. Gestos así dejan claro de qué se trata: comunidad, vínculo y un trozo de hogar en la isla.
Lo que significan estos encuentros para Mallorca es más que una mesa bien puesta. Fortalecen los barrios, aportan experiencias diversas a un mismo lugar —como se ve en iniciativas locales y eventos gastronómicos— y llenan la casa parroquial de vida en la temporada tranquila; por ejemplo, en ferias como Setas en el plato: en Alaró arranca la feria gastronómica «Cuina amb bolets» o en jornadas de repostería como Sábado en Palma: un paseo entre el calor del horno y el brillo del azúcar. Quien venga aquí no solo encuentra alimento para el estómago, sino también para los ojos y los oídos: historias, ayuda práctica y de vez en cuando un consejo para conseguir spätzle especialmente esponjosos.
Una vez al mes o más, bastan una olla, un oído atento y un poco de humor para hacer los barrios más vivos. Para los Pottkieker la perspectiva sigue abierta: seguir cocinando, seguir invitando, seguir contando. Y a quien le guste el olor que viene de la cocina —la puerta suele estar abierta.
Leído, investigado y reinterpretado para ti: Fuente
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