Prozessionsspinnerraupen in Reihe auf Kiefernzweig, erkennbar an weißen Brennhaaren

Procesionaria en Mallorca: ¿Qué peligro representan las orugas para personas y perros?

Procesionaria en Mallorca: ¿Qué peligro representan las orugas para personas y perros?

La oruga procesionaria ha vuelto a activarse. Las autoridades advierten sobre reacciones alérgicas; en Calvià se usan cartuchos sonoros hasta el 28 de febrero. Qué significa esto para paseantes, familias y propietarios de perros y cómo podemos protegernos en la práctica.

Procesionaria en Mallorca: ¿Qué peligro representan las orugas para personas y perros?

Pregunta central: ¿Son suficientes las medidas actuales o necesitamos una protección más planificada para las personas, las mascotas y las zonas verdes?

Desde mediados de febrero aparecen de nuevo los nidos peludos de la oruga procesionaria en pinares, parques e incluso en jardines de las afueras. El peligro, pequeño pero traicionero, no es nuevo: los finos pelos urticantes provocan en las personas erupciones cutáneas, tos irritativa y, en ocasiones, molestias oculares o respiratorias. Para los perros, un simple olfateo puede resultar peligroso; son posibles inflamaciones en la boca, dolor intenso o incluso estados de choque. Las autoridades recomiendan precaución y aconsejan buscar ayuda médica o veterinaria de inmediato ante cualquier síntoma, especialmente para quienes viajan con mascotas (Con perro o gato a Mallorca: ¿volar, ferry o renunciar? Una guía crítica).

En la isla ya se han aplicado las primeras medidas: en el municipio de Calvià se prevé el uso de cartuchos sonoros hasta el 28 de febrero con el objetivo de desprender los nidos de los árboles. La idea es práctica: los nidos caen y después se recogen. Pero el estruendo no es la única opción, y plantea dudas. También hay otros municipios con campañas activas, por ejemplo Llucmajor amplía las medidas de protección contra la procesionaria del roble.

Un pequeño control de la realidad: ¿qué funciona y qué no? Los cartuchos sonoros pueden efectivamente desprender nidos, pero los finos pelos permanecen en ramas, piñas y el suelo. Se pueden volver a levantar con facilidad y siguen siendo irritantes durante mucho tiempo. Además, el ruido genera estrés en la fauna y en los vecinos; en zonas residenciales concurridas el ruido no es bien recibido (Fiestas patronales en Mallorca: los fuegos artificiales ceden ante los shows de drones). Otros métodos, a menudo efectivos, son la retirada dirigida por profesionales con ropa protectora, el aspirado de los nidos o el uso de insecticidas biológicos como Bacillus thuringiensis en un estadio larvario concreto. Algunos municipios emplean trampas de feromonas o medidas biológicas sincronizadas temporalmente para causar el menor daño posible a animales domésticos y salvajes.

¿Qué falta en el debate público? Primero: información transparente sobre dónde se aplican exactamente las medidas. Para residentes y propietarios de perros sería útil un mapa de las zonas tratadas o al menos actualizaciones periódicas en varios idiomas. Información sobre la convivencia con la fauna y cómo actuar ante encuentros inesperados puede complementar esas comunicaciones (¿Encuentro peligroso? Por qué las serpientes aparecen ahora con más frecuencia en Mallorca). Segundo: reglas de conducta claras para los usuarios recreativos: familias con niños, paseantes con cochecitos, ciclistas y dueños de perros necesitan recomendaciones prácticas en lugar de advertencias vagas. Tercero: conceptos de eliminación para los nidos caídos; los restos abandonados en los bordes de las zonas verdes siguen siendo peligrosos.

Un escenario cotidiano en Palma: es una suave mañana de febrero en el Castillo de Bellver. Corredores trazan sus rutas entre los pinos, grupos escolares se dirigen al casco antiguo, propietarios de perros pasean con correa mirando al suelo. Nadie quiere enfrentarse de repente a picores en la piel o a un animal lesionado. Justo aquí deben estar visibles carteles informativos, vallados y rutas alternativas —no solo en la nota de prensa, sino en la entrada del parque, en la salida y en el café de la esquina.

Propuestas concretas y de rápida implementación:

1) Mapa transparente y multilingüe: Los ayuntamientos deberían mostrar en línea y en puntos centrales qué áreas han sido tratadas y qué rutas deben evitarse. Información en alemán, inglés y español alcanza tanto a turistas como a residentes.

2) Retirada dirigida por equipos especializados: Formación de equipos especiales con ropa protectora, equipos de succión y contenedores seguros. Aspirar los nidos reduce notablemente la presencia de pelos urticantes en el entorno.

3) Priorizar la salud animal: Informar con antelación a veterinarios y elaborar protocolos de emergencia para propietarios de perros (p. ej., no intentar retirar objetos de la boca, enjuagar inmediatamente, preparar al animal para el transporte).

4) Opciones biológicas menos invasivas y sincronización temporal: Donde sea posible, aplicar agentes biológicos en la fase larvaria adecuada en lugar de recurrir de forma general a ruidos. Las trampas de feromonas en puntos sensibles también pueden ayudar.

5) Educación pública: Folletos en parques, escuelas y clubes caninos: cómo retirar pelos (p. ej., con cinta adhesiva), cómo limpiarse tras el contacto y cuándo es necesario acudir al médico.

Un enfoque pragmático es posible: medidas combinadas, comunicación clara y consideración por los animales y la naturaleza. Ante signos de alarma, los afectados deben buscar asistencia médica de inmediato; lo mismo aplica para las mascotas en el veterinario. El pánico no ayuda: la precaución bien informada sí.

Conclusión: la oruga procesionaria ha vuelto este año; es desagradable, pero controlable. En lugar de basarse únicamente en estruendosos cartuchos, necesitamos un plan con cartografiado, retirada cuidadosa, señalización clara en lugares como Bellver o parques urbanos y recomendaciones prácticas para propietarios de perros. Así se puede reducir notablemente el riesgo para personas y animales, sin ruido innecesario y sin que los nidos terminen dispersos en los jardines de los vecinos.

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