Balcones de El Terreno y Portixol con un avión despegando al atardecer, simbolizando el ruido nocturno que afecta a los residentes

Sueño en vez de pista: Palma entre la salud y el ruido de los aviones

Vecinos de El Terreno, Portixol y otros barrios exigen una prohibición de vuelos nocturnos de 23 a 6 horas. Las mediciones muestran picos de hasta 97 dB; aproximadamente 19.000 personas estarían afectadas. ¿Cuál es la magnitud del problema y qué soluciones existen?

Sueño en vez de pista: Palma entre la salud y el ruido de los aviones

Cuando por la noche las calles se calman y el canto de los grillos llega desde el mar, muchos residentes de Palma esperan por fin descansar. En su lugar, a veces retumba un zumbido profundo sobre los balcones de El Terreno, Portixol o del Paseo Marítimo. En una nueva iniciativa vecinal, los habitantes exigen ahora una prohibición de vuelos nocturnos: nada de despegues ni aterrizajes entre las 23:00 y las 06:00. Sus cifras resultan contundentes: mediciones en dormitorios de hasta 70 decibelios, picos en el exterior cercanos a los 97 decibelios —y según la iniciativa, unas 19.000 personas afectadas.

La pregunta central: ¿debe Palma proteger la noche?

Esta es la cuestión clave que hay detrás de las listas de firmas y los aparatos de medición. No se trata solo de noches interrumpidas, sino de salud, según las recomendaciones de la OMS sobre ruido ambiental: trastornos del sueño, más problemas cardiovasculares, dificultades de concentración durante el día. Familias con niños pequeños y trabajadoras de turnos nocturnos informan de consecuencias inmediatas. «Nuestro bebé se despierta constantemente, estamos agotados», dice una madre de El Terreno. Voces como esa dejan claro que no se trata de comodidad, sino de necesidades básicas de descanso.

Pero una prohibición general también choca con la otra cara: la operativa insular. Por la noche circulan cadenas de suministro, hay conexiones para vuelos tempranos, emergencias y procesos logísticos difíciles de reconvertir. Representantes del aeropuerto, y la propia gestión del ruido del aeropuerto, advierten sobre consecuencias económicas y organizativas —y esto no es mera retórica, sino la realidad de una isla que depende del turismo y del transporte de mercancías.

Aspectos poco iluminados

En el debate quedan a menudo sin mencionar algunos puntos: ¿quién asumiría los costes de una reconversión? ¿Pueden implementarse prohibiciones nocturnas con justicia social, sin perjudicar a quienes dependen de esos horarios para trabajar? ¿Qué pasa si los vuelos no desaparecen sino que se trasladan a las horas cercanas, de modo que la carga de ruido solo se desplaza? Vecinos de otras zonas también han salido a la calle para exigir tranquilidad, por ejemplo en Nou Llevant, donde el problema ha generado quejas masivas.

Además, el ruido no es uniforme: los despegues suelen ser más ruidosos que los aterrizajes, y la distribución del ruido depende de las rutas de aproximación y salida. El viento insular, como la Tramuntana, puede transportar el sonido; una noche de verano sin viento puede sentirse más ruidosa que una velada ventosa en la que el mar y el oleaje enmascaran el avión. Detalles locales así deben considerarse en cualquier campaña de medición, como ilustran reportes sobre noches sin descanso en Nou Llevant que recogen testimonios de residentes.

Enfoques concretos en lugar de una prohibición general

Una prohibición de 23 a 6 horas es una demanda clara, pero también existen pasos intermedios que merecen considerarse seriamente: límites de ruido más estrictos cerca de zonas residenciales, redistribución regulada de franjas horarias con incentivos económicos para máquinas más silenciosas, uso nocturno preferente de pistas menos ruidosas, mejores medidas de aislamiento acústico en viviendas o medidas compensatorias para los afectados.

Técnicamente también son viables regulaciones diferenciadas: prohibir solo los despegues, excluir ciertos tipos de aeronaves o reservar ventanas nocturnas para vuelos médicos y humanitarios. Es crucial un seguimiento vinculante: protocolos de medición estandarizados en interiores, datos accesibles públicamente y una comisión de revisión independiente que evalúe también las consecuencias sociales.

¿Quién decide — y cómo?

El debate ya tiene dimensión política. Municipios, asociaciones ecologistas e iniciativas ciudadanas recogen firmas y preparan audiencias. La política debe ponderar: protección de la salud frente a intereses económicos y logísticos. Hace falta bases de decisión transparentes, no solo propaganda. Las audiencias públicas no deberían limitarse a estadísticas, sino escuchar a los afectados: padres, enfermeras, conductores nocturnos, hoteleros, trabajadores del aeropuerto.

Al final no habrá una solución sencilla. Un cielo completamente silencioso de 23 a 6 sería una ganancia enorme en calidad de vida, pero las consecuencias prácticas son profundas. Realista y responsable sería un plan por fases: medidas inmediatas para reducir el ruido, mediciones obligatorias, incentivos económicos para tecnologías más silenciosas —y un calendario claro para restricciones más amplias si las cifras y las quejas no disminuyen.

Seguiré las próximas audiencias y seguiré escuchando —no solo a los aparatos de medición, sino a la gente de los barrios. Porque al final el sueño es más que una cuestión de confort; es la base de la salud y de una vida cotidiana funcional en esta isla. Y una tranquila noche de verano en Palma, con el sonido del mar en lugar del zumbido de las turbinas, sería un gran beneficio para todos.

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