Calle de Santa Catalina con terrazas de cafeterías modernas junto a puestos del mercado, mostrando gentrificación y turismo.

Santa Catalina: ¿A quién pertenece el barrio? Entre molinos, mercado y estilo de vida

De un barrio industrial se convirtió en un imán para cafés, expatriados y alquileres vacacionales. ¿Quién se beneficia — y quién queda rezagado? Una mirada a la historia, la vida cotidiana y posibles contramedidas.

Santa Catalina: ¿A quién pertenece el barrio? Entre molinos, mercado y estilo de vida

Pregunta central: ¿Quién decide hoy el rostro de Santa Catalina — las personas que viven aquí desde hace generaciones, o quienes compran, renuevan y alquilan por períodos cortos?

Historia que aún se aprecia en las paredes

Santa Catalina no siempre fue la zona del aguacate-toast y las lámparas de diseño. Mapas ya del siglo XVII muestran molinos alrededor del barrio; a lo largo de los siglos la zona se desarrolló gracias a la artesanía y la industria. El arqueólogo Raúl Guardiola Navarro, del colectivo de historiadores Cultura Ufana, recuerda que la zona creció desde el siglo XIV y que durante la industrialización del siglo XIX se instalaron aquí varias actividades —desde fabricación de cuerdas y vidrio hasta el primer molino de grano de Mallorca—. Quien pasea por el mercado percibe esas capas de la ciudad: piedras antiguas, calles estrechas y fachadas curtidas por el tiempo que cuentan historias.

El mercado como corazón — y como medida

El Mercat de Santa Catalina es el punto neurálgico. Para muchos vecinos es más que un lugar para comprar; es punto de encuentro, lugar de trabajo y ancla de identidad. Comerciantes como Thomas Grasberger, que desde 2018 regenta una panadería frente a la plaza del mercado, ven precisamente en eso un escudo para el barrio: mientras el mercado mantenga su función, se conserva una parte del día a día. Al mismo tiempo, observa que la paciencia de muchos residentes de siempre se agota —no solo por las oleadas de turistas, sino porque cambia el ritmo del vecindario.

Entre recuerdo y realidad

Algunas voces provienen de empresas familiares arraigadas en Santa Catalina durante generaciones. Pep Amengual, nacido en 1954 y antiguo propietario de una panadería tradicional, cuenta calles sin pavimentar, artesanos y vecinos que se sentaban por la noche delante de la puerta. Esa escena se ha desvanecido: hoy son mesas llenas frente a los bares, furgonetas que pitan a primera hora y conversaciones en varios idiomas que marcan el paisaje sonoro. La artista Tatiana Sarasa, que trabaja aquí desde hace unos 15 años, describe el barrio como «más cuidado, pero estéril» —una observación compartida por muchos: una puesta a punto estética no puede sustituir automáticamente la red social. Fenómenos similares se describen en Palma: Cómo el lujo va ocupando lentamente los antiguos barrios obreros.

Un conflicto concreto

Actualmente un caso causa controversia: una pareja local se quejó de un inversor extranjero que habría comprado varias viviendas y supuestamente las habría utilizado como alojamientos vacacionales, además de realizar modificaciones en los inmuebles. Frente a ello está la versión del comprador, que afirma poder presentar inspecciones y permisos existentes. La disputa es sintomática: no se trata solo de errores aislados, sino de relaciones de poder en el mercado de la vivienda, de seguridad jurídica y de la cuestión de cómo controlamos el espacio urbano; véase, por ejemplo, el reportaje “Quieren echarnos”: Vecinos históricos en Santa Catalina contra presunto inversor.

Lo que suele faltar en el debate

La discusión pública se queda demasiado en casos aislados y en las apariencias. Faltan datos sobre la proporción de viviendas en alquiler a largo plazo frente a alojamientos vacacionales. Se oyen demasiado poco las voces del sector artesanal, de las limpiadoras, de los vendedores del mercado y de los estudiantes. También está poco iluminado el papel de los modelos de financiación que atraen a inversores internacionales, y las debilidades en el control municipal, por ejemplo en el registro de los alquileres vacacionales o en la ejecución de permisos de obra.

Escena cotidiana

Una mañana en Santa Catalina: la plaza del mercado huele a café y a pescado frito, las vendedoras anuncian precios, un repartidor empuja un carro por el empedrado, un turista pregunta en inglés por el mejor lugar para tapas. Al otro lado de la calle una vecina mayor se sienta en la puerta, observando en silencio cómo un agente inmobiliario prepara un piso para visitas. Esa coexistencia es frágil y a veces parece provisional; también hay encuentros informales que reúnen a locales y visitantes, como el relajado café de idiomas en el AC Hotel.

Propuestas concretas para la política local y el vecindario

- Obligación de un registro transparente de propietarios con posibilidades de acceso para asociaciones vecinales y el Ayuntamiento.
- Control más estricto y sanciones para los alquileres vacacionales ilegales; órdenes de cierre rápidas en lugar de procedimientos que duren años.
- Cuotas de viviendas para alquiler a largo plazo y obligaciones de incluir vivienda social en nuevas construcciones.
- Apoyo a los oficios tradicionales: subvenciones al alquiler o alivios fiscales para talleres y productores locales.
- Proyecto piloto “Mercat Local”: horarios o puestos determinados que se reserven prioritariamente a productores locales.
- Fomento de formas de propiedad comunitaria como los Community land trust, para que la propiedad inmobiliaria no quede totalmente sujeta a la especulación.

Conclusión

Santa Catalina está en una encrucijada. Las piedras de los antiguos molinos y las voces de los vendedores del mercado hablan de una ciudad con raíces. Si la administración, los vecinos y los comercios locales no actúan ahora, un barrio vivo puede convertirse en un escenario: bonito a la vista, pero vacío en su contenido. El reto es menos impedir el cambio que gestionarlo de forma que las personas que viven y trabajan aquí sigan formando parte del futuro.

Leído, investigado y reinterpretado para ti: Fuente

Noticias similares