
Son Amar se mantiene — pero con un nuevo ritmo en Bunyola
La histórica finca Son Amar en Bunyola sigue abierta, pero con una oferta modificada: alejándose de las fiestas espontáneas y orientándose a eventos corporativos y sociales estructurados. ¿Qué significa esto para la cultura de la isla y las personas del lugar?
Son Amar: Un fragmento de la cultura festiva mallorquina en transformación
Quien conduzca por la tarde por la sinuosa MA-10 en dirección a Bunyola ya lo ve desde lejos: los altos muros, el aroma a romero en la entrada y la escalera de piedra que sube hasta la terraza. Detrás de los candelabros y los salones de mármol surge ahora una pregunta central: ¿Puede Son Amar conservar su papel como escenario de la isla —aunque sea en una forma diferente?
Por qué fue necesario el cambio de rumbo
Tras la muerte de Margaret Whittaker la dirección cambió. Dominic Miles y Paul Abrey tomaron las riendas de una casa que durante mucho tiempo se sostuvo en parte por recursos familiares y cierta benevolencia británica. Ese colchón ha desaparecido. La consecuencia: no se puede continuar como hasta ahora, sino que toca un funcionamiento más sobrio y enfocado. Menos fiestas abiertas hasta el amanecer, más ofertas claramente empaquetadas para empresas, galas y recepciones privadas.
Puede sonar seco, pero también es una especie de salvavidas. En los últimos meses se oía a menudo el reloj de la iglesia de Bunyola, timbres de teléfono y, de vez en cuando, el zumbido de los cortacéspedes, mientras el equipo reorganizaba espacios, agilizando procesos y reordenando proveedores. Trabajo práctico en lugar de generosidad teatral: ese es el nuevo compás.
Lo que queda — y lo que falta
El escenario opulento permanece: suelos de mármol, candelabros, jardines amplios. Al respirar se percibe el romero y un tenue olor a la madera antigua. La vista sigue disfrutando y el corazón de los clientes habituales late al recordar las celebraciones familiares. Pero las noches de club espontáneas, que retumbaban hasta la madrugada, deberán ser menos frecuentes. Quienes esperaban pura diversión de fiesta tendrán que replantearse sus planes.
Detrás hay un problema que a menudo se pasa por alto: la reorientación económica no afecta solo a los propietarios, sino también a proveedores locales, DJs, equipos de catering y al personal de servicio. Si hay menos eventos espontáneos, muchos puestos de trabajo y encargos están en riesgo. Estas consecuencias sociales rara vez se analizan con detalle en el debate público.
Una oportunidad para más profesionalidad
El cambio aporta ventajas concretas: los organizadores de eventos obtienen paquetes más claros, procesos fiables y un equipo fijo que controla la logística. En vez del caos de una noche, se promete orden en el desarrollo. Para empresas que cuidan su imagen es una ganancia —y para planificadores de bodas, un alivio. Las primeras reservaciones indican que existe esa demanda.
Pero la pregunta a largo plazo sigue siendo: ¿será eso suficiente para preservar el papel cultural de Son Amar? ¿O se convertirá la dirección en una maquinaria de eventos estéril, sin ese calor algo caótico que muchos asocian con el lugar?
Lo que la política insular y la vecindad deberían plantearse
Aquí hay tres puntos que deberían debatirse con más frecuencia: primero, seguridad laboral para el personal —quizá mediante horas mínimas garantizadas o formación continua. Segundo, la integración de proveedores locales para que caterings, floristas y empresas técnicas sigan beneficiándose. Tercero, un plan claro de protección contra el ruido y normas de convivencia para mantener el equilibrio entre celebración y vida cotidiana.
Una propuesta pragmática: Son Amar podría reservar ciertos días para proyectos culturales locales —pequeños conciertos, veladas de teatro o mercados de artesanía cuando no haya grandes eventos. Eso mantendría la conexión con la sociedad de la isla y cubriría huecos en la agenda de actividades.
Equilibrio entre comercio y cultura
La nueva orientación no es una traición a la tradición, sino una adaptación al clima económico. En los jardines las cigarras susurran, una ligera tramontana acaricia los olivos y entre bambalinas se planifica con precisión. Si Son Amar logra lo que pretende, la ubicación podría convertirse en un modelo: menos grandes eventos de masas y más calidad con arraigo local.
El camino no es evidente. Se necesita valentía para ser transparentes, cooperación con el ayuntamiento y una escucha atenta hacia las personas cuya vida depende de estos muros. Son Amar puede quedarse —pero solo si se piensa más allá del glamour.
Una gran finca que sigue respirando —con menos ruido, pero quizá con más futuro.
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