Calles y obras en el barrio de Son Bordoy donde se realizan desalojos, mostrando el impacto social sobre los vecinos y comercios locales.

Son Bordoy: cuando la construcción nueva desplaza al vecindario

En Son Bordoy han comenzado los primeros desalojos. Vecinos que viven aquí desde hace décadas se enfrentan a plazos inciertos y a preguntas sin resolver. Palma debe actuar ahora: transparencia, alternativas vinculantes y un compromiso claro con el desarrollo urbano social.

Son Bordoy: cuando la construcción nueva desplaza al vecindario

A primera hora del lunes por la mañana, el pitido regular de las máquinas de obra en la MA-19 se mezcló con las voces de personas que llevan años viviendo aquí. El ayuntamiento ha iniciado los primeros desalojos en el barrio Son Bordoy —un área entre El Molinar y la autopista del aeropuerto que debe formar parte de un gran proyecto de nueva construcción de hasta 750 viviendas, en línea con la ofensiva de construcción de Palma. Lo que para los inversores suena a desarrollo, para muchos residentes significa la pérdida de su rutina y de sus seguridades.

¿Qué está ocurriendo exactamente?

Unas 200 personas fueron instadas a desalojar sus viviendas en los primeros días. Para muchos no se trata de alojamientos temporales, sino de lugares de vida de décadas: balcones con cuerdas para tender, gatos, juguetes de niños, vecinos que por la mañana temprano salen a comprar el pan. Algunas familias aseguran llevar casi 30 años viviendo aquí. Oficialmente la ciudad habla de reubicaciones ordenadas y de viviendas de sustitución, pero en el lugar faltan listas claras, plazos vinculantes y ofertas comprensibles.

La incógnita legal: el acuerdo de 1992

Un punto central de disputa es un supuesto acuerdo de uso de 1992 que, según dicen, debería garantizar la protección residencial de ciertas viviendas. Los habitantes aseguran que entonces fue confirmado por el alcalde de la época; la ciudad niega o relativiza su efecto jurídico. Estas incoherencias son algo más que papeleo: deciden sobre la protección legal, los plazos y el derecho a alojamientos de sustitución. Mientras una cuestión así no se resuelva judicialmente, las familias quedan en una situación legal incierta.

Entre la administración, los inversores y las personas

Los intereses están claramente distribuidos: la administración quiere la edificación y viviendas modernas, los inversores ven una zona nueva atractiva cerca del aeropuerto y la playa, y los residentes temen perder su vecindario consolidado. Menos visibles son los mediadores y los costes: ¿quién paga las soluciones temporales? ¿quién ayuda a las personas mayores con la mudanza? ¿qué comercios —el pequeño ebanista, la panadería de la esquina— podrán asumir alquileres de reemplazo o se trasladarán con ellos?

Lo que falta hasta ahora

Los afectados denuncian falta de información. Los plazos son cortos y las notificaciones difíciles de entender. El grupo de apoyo PAH pide una revisión independiente de las resoluciones y que en cada proyecto de nueva construcción se establezcan criterios sociales vinculantes: viviendas alternativas reales y asequibles, plazos de transición más largos y ayudas económicas para la mudanza y el amueblamiento. Hasta ahora hay muchas promesas, pero pocas garantías por escrito.

Se subestima la vida cotidiana

No se trata solo de cuestiones jurídicas. Aquí, en la Carrer de la Mar, los vecinos se encuentran tomando el café frente al mini supermercado, charlan sobre la escuela y los tiempos de desplazamiento, conocen el horario de la panadería. Estas redes informales son difíciles de cuantificar, pero su pérdida se siente: los niños pierden compañeros de juego, los mayores su ayuda para las compras. Un residente lo resume así: "Esto es más que una dirección. Aquí está nuestra vida cotidiana."

Consecuencias poco atendidas

Se habla menos de cómo los desalojos afectan a la economía local y a la cohesión social. Los pequeños empresarios pierden clientela, los artesanos encargos y los vecindarios su tejido social. A largo plazo esto puede disminuir la atractividad de un barrio —todo lo contrario del efecto de modernización buscado. Además existe el riesgo de espirales de desplazamiento: cuando las primeras familias se van, los precios del suelo y de los alquileres suben con rapidez. Casos recientes en la isla, como el desalojo en Manacor, y ejemplos de demoliciones urbanas como la de Son Dureta ilustran consecuencias similares.

Propuestas de solución concretas

El ayuntamiento y los inversores pueden hacer bastante a corto plazo: un moratorio sobre los desalojos forzosos hasta que se aclaren las incertidumbres legales; una lista pública con todas las direcciones afectadas y los plazos concretos; compromisos vinculantes para viviendas transitorias y ayudas para la mudanza; y la creación de una oficina de mediación con asesoría legal. A medio plazo Palma necesita una cuota social obligatoria en las nuevas promociones, acuerdos de beneficio comunitario que aseguren empleos locales y un programa voluntario para mantener los pequeños comercios.

Lo que viene ahora

Mañana se reunirán representantes de la PAH, vecinos afectados y un concejal. Será decisivo saber si la administración está dispuesta a presentar medidas vinculantes —no solo declaraciones de intenciones. El desarrollo urbano no puede decidirse solo desde los despachos de planificación; debe incorporar de manera visible las voces de la gente.

Nuestra impresión: Son Bordoy podría aportar nuevo espacio residencial y calidad de vida. Sin normas claras, transparencia y alternativas reales, sin embargo, el proyecto amenaza con abrir profundas grietas en la estructura social de Palma. Las próximas semanas mostrarán si de los planos surge un compromiso común o si el malestar y la protesta dominan las obras.

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