Esquina de la calle Blanquerna con tienda tradicional junto a edificio moderno con piscina en la azotea

Entre la tienda de barrio y la piscina en la azotea: cómo la esquina de Blanquerna pierde su identidad

Entre la tienda de barrio y la piscina en la azotea: cómo la esquina de Blanquerna pierde su identidad

La esquina al inicio de la zona peatonal de la Blanquerna se desgasta entre el pequeño comercio tradicional y la vivienda cómoda y moderna. ¿Qué queda de la Palma de antes?

Entre la tienda de barrio y la piscina en la azotea: cómo la esquina de Blanquerna pierde su identidad

Pregunta guía: ¿Está perdiendo identidad la zona alrededor de la Blanquerna — y quién puede todavía frenarlo?

Si una mañana templada se camina por la Riera, se oye el clac de los scooters, el tintinear de los cubiertos en los nuevos restaurantes y, de vez en cuando, el bombo apagado de un gimnasio junto a la piscina de un hotel. El aire huele a cebolla frita y garbanzos — en algún lugar cuece un guiso como los que los viejos hosteleros llevan décadas sirviendo aquí. Al mismo tiempo, en los escaparates parpadean logos llamativos, menús de sushi con iconos de aguacate y carteles en inglés. Esta es la esquina de Blanquerna: un collage de comercios de barrio, un cine retro y pequeñas islas de confort ordenado, como describe Entre llaüts y vacío: Un paseo crítico por los rincones olvidados de Palma.

El cambio no es espectacular, se infiltra. Tiendas de alimentación antiguas similares a la de Sabater, la pequeña barra con décadas de parroquianos y el cine con butacas acolchadas de los setenta aún existen. Junto a ellos, sin embargo, han llegado cadenas de hamburgueserías, bares de sushi, restaurantes italo‑estilizados y un hotel de cuatro estrellas con piscina en la azotea, un fenómeno analizado en Palma: Cómo el lujo va ocupando lentamente los antiguos barrios obreros. Escaparates vacíos recuerdan modelos de negocio olvidados; en una ruina aún cuelga el nombre de una antigua barra. Surge una convivencia que probablemente no permanecerá así por mucho tiempo.

Visto con lupa: aquí ocurre gentrificación de forma puntual. Los nuevos negocios traen dinero y visitantes, pero también subidas de alquiler y una clientela distinta. Quien viva hoy en esta esquina quizá pronto ya no pueda encontrarse con la gente con la que creció. No se sustituyen solo tiendas: cambia el ritmo y el sonido del barrio: menos charlas en la acera, más portátiles en las mesas de los cafés; y la transformación afecta también a personas vulnerables, como recoge Sin hogar en el Paseo Mallorca: cuando el banco se convierte en la última dirección.

Lo que en el discurso público suele faltar son cifras concretas y las perspectivas de los habitantes. Se habla de “estilo” y “autenticidad”, pero rara vez de contratos de alquiler, de la cesión de locales o de los proyectos que hay detrás de las nuevas construcciones, como la polémica en la Esquina General Riera/Antoni Marques: disputa por un nuevo bloque de viviendas y una fachada protegida. Tampoco se miden apenas los costes culturales y sociales: ¿qué talleres artesanales podrán sobrevivir en las nuevas condiciones? ¿Quién será desplazado porque las futuras generaciones no podrán costear la herencia?

Una escena cotidiana: delante del Taj‑Mahl — bueno, del pequeño local indio — están dos personas mayores, con botas y chaquetas cortavientos, hojeando un cartel pegado en el cristal. Se ríen de los precios, comparten recuerdos de la antigua barra de la Sagrera y siguen caminando, pasando por una tienda de moda con faldas demasiado cortas; la erosión de los puestos tradicionales se aborda en Cuando el quiosco desaparece: las pequeñas casetas de Palma entre tradición y planificación. En el Marquès, un niño se sienta en el peldaño; en el horizonte destaca una grúa de obra.

¿Qué hacer entonces? Hay propuestas concretas que necesitan respaldo político: 1) Protección por duración para locales comerciales: contratos cortos para emprendimientos y más largos para talleres tradicionales. 2) Fondos de ayuda para comercios históricos, que reciban subvenciones para modernizarse si mantienen empleos locales. 3) Topes o tramos en los alquileres de viviendas en zonas en transformación, acompañados de una cuota de vivienda asequible en las nuevas promociones. 4) Derechos de tanteo municipales y fideicomisos de tierra comunitarios para que los locales vacíos no se conviertan automáticamente en inmuebles de lujo. 5) Un registro de protección para lugares de valor cultural — cines, bares, panaderías — con pequeñas exenciones fiscales para los operadores.

Estas herramientas deben negociarse localmente: juntas de barrio, asociaciones empresariales, planificación urbana y los residentes afectados deberían tener voz vinculante. Si no, decide solo el inversor — y la esquina quedará tan pulida que solo quedarán los nombres de las antiguas tiendas en las fachadas.

Conclusión: la zona de Blanquerna no es un mito, es un campo de trabajo. Quien quiera a Palma más que como postal debería prestar atención ahora: al ruido de los platos, a las historias de los viejos hosteleros, al parpadeo del vestíbulo del Rivoli. No se trata solo de nostalgia, sino de decidir qué ciudad queremos reconocer mañana por la mañana en la barra del espresso.

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