Calle de Ciutat Jardí en Palma con fachadas desgastadas, puertas de colores y un llaüt en el muelle

Entre llaüts y vacío: Un paseo crítico por los rincones olvidados de Palma

Ciutat Jardí y Es Coll d’en Rabassa no son el Mallorca de los folletos, sino un mosaico de casas derruidas, puertas de colores y oportunidades silenciosas. ¿Quién se beneficia del cambio —y qué se pierde cuando la ciudad «embellece» el barrio?

Un barrio con contradicciones: ¿de quién es esta Palma?

Si te desvías del carril bici de Playa de Palma y paseas por las calles más tranquilas de Ciutat Jardí y Es Coll d’en Rabassa, lo notas de inmediato: esto no es el Mallorca de los folletos. Huele a mar y a borde de paella frita, en alguna parte ronronea un gato atigrado en una entrada y aparentemente hace de guardián del barrio. Entre altas terrazas con balaustradas y árboles de caucho torcidos por el viento surge una pregunta que aquí debería escucharse con más frecuencia: ¿de quién es este trozo de Palma —de la gente local, de los ciclistas camino al centro, de los turistas, según el debate sobre turismo masivo en Mallorca o pronto de los inversores?

Antiguo, algo descuidado —y aun así vivo

Muchas casas parecen importadas directamente de los años setenta: contraventanas desgastadas, azoteas con vistas al mar y placas de calle pintadas a mano que tienen más personalidad que alguna que otra boutique moderna. En una acera florecen pequeños jardines y en la otra hay un edificio abandonado que antes decía criar langostas y ahora lo ocupan jóvenes. Entre el golpeteo de las olas en el pequeño puerto de Cala Gamba y el ruido de una ambulancia del San Juan de Dios se percibe una mezcla de calma y pragmatismo cotidiano. Los gatos patrullan donde antes hubo cañones: la Torre d’en Pau ofrece hoy más ratones que historia militar. Esa memoria urbana aparece en Palma en el retrovisor.

Lo que suele faltar en el debate público

Los hechos poco mencionados son los que marcan el día a día: las zanjas alrededor de la Torre d’en Pau ya no son una ruina romántica, sino basureros; la cercanía al hospital genera una demanda especial de alojamiento barato para enfermeras y cuidadores; el carril bici está lleno —a menudo con bicicletas procedentes de Alemania, como delatan muchas matrículas. Todo eso son señales de que el barrio no está «adormecido», sino en un estado intermedio. Estas transiciones interesan a propietarios, inversores y urbanistas, pero rara vez a la opinión pública —y ahí radican los riesgos. Este choque se refleja también en Palma lucha con calles llenas.

La pregunta central

La cuestión central no es sentimentalismo: ¿puede Palma dejar que este barrio siga respirando sin asfixiarlo o transformarlo por completo? Dicho de otro modo: ¿cómo evitar que lo que hoy resulta encantador y asequible se convierta en un barrio homogéneo y caro cuando lleguen los inversores apropiados?

Peligros y consecuencias concretas

La gentrificación creciente no solo trae fachadas más bonitas. Aumenta los alquileres, desplaza a residentes de larga trayectoria y borra las pequeñas tiendas con sus horarios y olores singulares —sí, incluso el olor a paella frita. La proximidad al puerto hace el barrio atractivo para el alquiler vacacional; los edificios industriales vacíos son objetivos ideales para transformaciones de diseño. Sin una planificación adecuada hay riesgo de estandarización: cafés iguales, paseos limpios y pocos de esos puntos de encuentro improvisados que hoy dan alma al barrio. La restauración también lo nota, como muestra Mesas vacías, billeteras ajustadas.

Oportunidades en vez de desplazamiento: propuestas concretas

Existen medidas locales sencillas que pueden ayudar a gestionar el cambio de forma social y ecológica. Por ejemplo:

1. Zonas protegidas y planes de conservación – partes del barrio podrían catalogarse como «área de conservación urbanística» para preservar detalles históricos y vivienda asequible.

2. Fomento del pequeño comercio – ayudas específicas al alquiler o incentivos fiscales para chiringuitos locales, artesanos y tiendas que conforman la vida cotidiana.

3. Proyectos comunitarios – usos temporales en edificios vacíos (talleres, huertos comunitarios, centros vecinales) que generen identidad en lugar de especulación.

4. Mejor infraestructura de residuos – en vez de que las zanjas sean un problema, establecer puntos de recogida discretos y campañas de limpieza periódicas; involucrar asociaciones locales y personal del hospital.

5. Conceptos de movilidad – más aparcamientos para bicicletas, señalización clara y zonas de velocidad reducida para disminuir los conflictos entre ciclistas y residentes.

Una pequeña perspectiva realista

El desarrollo urbano no tiene por qué significar «embellecer» automáticamente. Si la administración, los vecindarios y el pequeño comercio colaboran, Ciutat Jardí puede convertirse en un modelo: un lugar con cercanía al mar, con olor a mar y a fritura, con llaüts en el muelle y plazas donde los gatos todavía mandan. ¿Suena romántico? Puede. Pero son precisamente estas pequeñas medidas, casi imperceptibles, las que pueden evitar que pronto todo sea uniforme, limpio y caro.

Para terminar: por qué vale la pena visitar —y por qué es importante actuar

Quien camine despacio aquí en vez de ir con prisa descubrirá carteles escritos a mano, balaustradas oxidadas, el rumor de las olas y la risa ocasional en la terraza del chiringuito El Bungalow. Estas pequeñas contradicciones hacen interesante al barrio —pero son frágiles. La pregunta que deberíamos hacernos es menos estética y más política: ¿queremos que Palma tenga lugares pensados para gente y no para postales? Si la respuesta es sí, merece la pena visitar ahora las esquinas silenciosas y hablar alto por ellas.

Noticias similares