
Gigante frente a Palma: el USS Gerald R. Ford provoca júbilo — y preguntas abiertas
Del 3 al 8 de octubre, el mayor portaaviones del mundo estará frente a Palma. Comerciantes esperan ingresos, los residentes temen el tráfico y los controles. ¿Qué aporta realmente la visita — y quién paga el precio?
Cuando un coloso de acero llena la bahía
El 3 de octubre la silueta que normalmente solo aparece en documentales militares llenará la bahía de Palma: la USS Gerald R. Ford, actualmente considerada el mayor portaaviones del mundo, planea una estancia de varios días hasta el 8 de octubre; permanecerá una semana en la bahía de Palma. Unas 4.500 personas estarán a bordo —una pequeña ciudad que de repente se vuelca sobre el paseo y en los mercados. Ya se puede imaginar cómo en el Passeig Marítim los helados desaparecen más rápido, las mesas en Santa Catalina se juntan y en la calle de Sant Miquel se buscan tallas grandes en el almacén.
La pregunta clave: ¿Quién se beneficia — y a qué precio?
La respuesta fácil es: muchos se benefician, algunos pagan, como muestran las protestas en Palma. Comerciantes, restaurantes y taxis ven un potencial real a corto plazo. En rumores circula una cifra de hasta diez millones de euros de gasto —un titular atractivo, pero que plantea dudas. ¿Es eso solo el volumen bruto de ventas en unos días, o queda algo neto para los hogares mallorquines? ¿Cuánto de eso cubre costes adicionales de seguridad, desvíos de tráfico y limpieza?
Lo que a menudo queda fuera del debate público
Mientras el olor a café de los cafés y el tintinear de los cubiertos dibujan el lado optimista, tres puntos suelen quedar en la sombra:
1. Costes públicos: la policía portuaria, aduanas, servicios municipales extra de limpieza y la coordinación con el ejército no son gratuitos, como muestran los avisos a embarcaciones emitidos en torno a la llegada —para los vecinos de la Playa de Palma esto significa más controles, posibles cortes de calles y cambios en las líneas de autobús —impactos directos que no siempre se reflejan en las estimaciones de ingresos.
2. Cuestiones medioambientales y de ruido: un buque de esta envergadura trae más que personas: aguas residuales, emisiones de combustible, ruido adicional de embarcaciones y potencialmente más basura en los muelles. Zonas especialmente sensibles de la bahía podrían verse afectadas, y eso es un asunto que difícilmente se calcula en euros pero que puede perdurar años, como alertó una inspección rutinaria por radiación.
3. Medir el efecto económico: estimaciones globales suenan bien pero suelen ser especulativas. Sin estudios dirigidos —como muestreos en restaurantes, taxis y mercados o una cooperación vinculante con la autoridad portuaria— no queda claro cuánto llega realmente a las arcas locales.
Oportunidades concretas — y propuestas prácticas
La visita también es una oportunidad: durante una semana surge atención que se puede aprovechar con inteligencia; un evento así incluso provoca revuelo en Palma. Algunas propuestas concretas para que quede más beneficio en la isla:
Gestión coordinada de la información: una comunicación temprana del ayuntamiento con los vecinos sobre cortes, ofertas de lanzaderas y rutas alternativas reduce el malestar. Un punto de información en el Mercat de l’Olivar con plano y horarios ayudaría —especialmente cuando por la mañana chillan las gaviotas y se abren los primeros cafés.
Lanzaderas y zonas peatonales fijas: autobuses lanzadera desde aparcamientos señalizados hasta el paseo o miradores como Punta Gorda reducirían el tráfico individual. Zonas fijas para visitantes protegen los barrios residenciales de aglomeraciones y ruidos.
Transparencia económica: pequeñas encuestas en restaurantes y taxis durante la visita y una encuesta posterior podrían aportar cifras realmente fiables —en lugar de estimaciones hechas a ojo.
Ofertas culturales temporales: los proveedores locales podrían preparar propuestas específicas: puestos de cocina con ensaimadas y pescados cerca del puerto, mercadillos temporales con artesanía de Santa Catalina o visitas guiadas —ideal para las tripulaciones que tienen poco tiempo pero buscan una experiencia mallorquina auténtica.
Recuerdos y realidad
Al final quedan imágenes: un barco enorme, banderas al viento, el sonido grave del motor y gente con termos en el puerto, o la joven dependienta de la zapatería que cuenta lo rápido que se agotaron las tallas grandes. Para muchos la visita será una anécdota agradable; para algunos —por ejemplo pequeños hosteleros— puede suponer un verdadero, aunque breve, repunte. Para los residentes puede resultar molesto si no se regulan bien los canales de comunicación.
La verdadera cuestión no es solo cuánto dinero pasa, sino qué tan bien organiza Palma esta oportunidad: con responsabilidad hacia los vecinos, logística clara y medidas para proteger la bahía, el bullicio temporal podría convertirse en beneficio con menos efectos secundarios.
Estaré el 3 de octubre en el Paseo Marítimo —con un termo de café, la mirada hacia la bahía abierta y con la esperanza de que la ciudad aproveche la ocasión sin desbordar el ritmo normal de la isla. Una gran visita puede traer mucho —si la gestionamos con inteligencia.
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