Vaca mallorquina pastando en paisaje rural de Mallorca con cercas y colinas al fondo

Del borde de la extinción al regreso frágil: la vaca mallorquina entre éxito y riesgo

Del borde de la extinción al regreso frágil: la vaca mallorquina entre éxito y riesgo

De once animales a cientos: la vaca mallorquina regresa, pero la alegría no debe cegar. Por qué la población sigue en riesgo y qué medidas son necesarias.

Del borde de la extinción al regreso frágil: la vaca mallorquina entre éxito y riesgo

¿Qué tan seguro es realmente el regreso de la vaca mallorquina? La cifra fría suena bien: alrededor de 570 animales, de los cuales unas 435 son vacas y 135 toros y bueyes, deberían vivir hoy en Mallorca. Tras ese número hay una historia de pocos establos, mucho esfuerzo y algunos golpes de suerte. Pero el éxito no es garantía, y debemos decirlo alto y claro.

La situación de partida fue dramática: en las décadas de 1970 y 1980 la población se redujo tanto que solo quedaban once ejemplares en fincas aisladas como Son Vidal (Bunyola), l’Ofre (Escorca) y Ariant (Pollença). Veterinarios y criadores encontraron restos de una forma original, que se diferenciaba en aspecto y adaptación a pastos de montaña pobres. Decisivos para la recuperación fueron compras selectivas, la creación de las primeras manadas de cría y acuerdos entre agricultores y conservacionistas, y políticas sobre fauna silvestre como la prohibición de alimentar cabras silvestres, junto con la idea de conservar los animales no principalmente para leche, sino como ganado útil para el cuidado del paisaje.

Visto con ojo crítico, los riesgos siguen siendo grandes. Un aumento hasta unos pocos cientos de animales suena sólido, pero es genéticamente y epidemiológicamente vulnerable. Según datos, la tasa de consanguinidad se redujo notablemente (de algo más del diez por ciento a alrededor de dos o tres por ciento), pero el cuello de botella sigue presente: 43 criadores registrados y una concentración de manadas en ciertos lugares aumentan la vulnerabilidad frente a enfermedades, fenómenos meteorológicos extremos o choques económicos. Un brote, una ola de calor o simplemente un mal mercado para la carne —por ejemplo un encarecimiento de la carne de cerdo en Mallorca— pueden suponer un retroceso rápido.

En el debate público falta ahora, sobre todo, la discusión sobre sostenibilidad más allá de los números: ¿quién garantiza a largo plazo la diversidad genética? ¿Qué incentivos económicos existen para que los jóvenes agricultores mantengan un semental de la raza en lugar de usar razas foráneas más baratas? ¿Cómo se garantizará la salud animal y la bioseguridad frente a la gripe aviar de forma extensiva? Y no menos importante: ¿cómo estabilizar el mercado de la carne para que los criadores puedan planificar con seguridad?

Una escena cotidiana que lo ilustra: en una fresca mañana de primavera, cuando el sol se eleva detrás de la Serra de Tramuntana, algunas de estas vacas pequeñas y compactas recorren un sendero calizo en Ariany. Huele a romero silvestre y tierra húmeda, en el valle suenan cajas de queso de cabra en un transportador y un viejo pastor se seca el sudor de la frente, aunque el trabajo aún no ha comenzado realmente. Imágenes así muestran lo estrechamente relacionados que están la cría, el cuidado del paisaje y la vida local, y cuánto espacio hay para experimentos si cambia la situación económica.

Propuestas concretas para convertir el estado actualmente positivo pero frágil en un futuro seguro:

1) Aseguramiento genético: Crear un archivo criogénico de semen y embriones, vigilancia genética periódica y planes de cría coordinados entre los criadores para evitar cuellos de botella indeseados.

2) Red de bioseguridad y salud: Veterinarios móviles, programas de vacunación y planes de emergencia claros para casos de epidemias o estrés por calor, y, si procede, controles reforzados en el transporte porcino; apoyo estatal para la modernización de establos cuando sea necesario.

3) Incentivos económicos: Subvenciones o primas para criadores que mantengan líneas puras; ayudas para el uso de los animales en el cuidado forestal, ya que ahí prestan un verdadero servicio público: menor carga de combustible y mejor limpieza del sotobosque.

4) Mercado y transparencia: Desarrollo de la comercialización bajo la existente etiqueta «Raza autóctona Cien por cien», trazabilidad obligatoria y cooperación con la restauración y las carnicerías, para que el precio y la venta se mantengan estables.

5) Educación y turismo: Senderos interpretativos, visitas a fincas y ofertas informativas que muestren cuánto se vincula la raza con la agricultura mallorquina, la protección forestal y la cultura, para que los consumidores entiendan el valor y estén dispuestos a pagarlo.

Lo logrado hasta ahora es impresionante: las manadas establecidas pasaron de animales aislados a una distribución por la isla, las redes de criadores colaboran y existe demanda de la carne, incluso en restaurantes exigentes. Sin embargo, el estatus de «en peligro» persiste. Sin medidas estructuradas y duraderas, la categoría de riesgo puede volver.

Conclusión: la vaca mallorquina no es un símbolo que se pinta una vez y se da por concluido. Es un patrimonio vivo que necesita cuidados, financiación y políticas inteligentes y a largo plazo. Si seguimos solo aplaudiendo y esperando, un solo mal año bastará para perder mucho de lo conseguido. Pero si invertimos ahora en seguridad genética, sistemas de salud animal y mercados fiables, ese regreso frágil puede convertirse en una realidad estable —en beneficio del paisaje, de los criadores y de la isla en su conjunto.

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