Vista de la Catedral de Palma y el Passeig del Born, símbolos del patrimonio urbano y cultural de la ciudad

Palma como Capital de la Cultura 2031: oportunidad con matices

La candidatura de Palma para ser Capital Europea de la Cultura 2031 despierta esperanzas y también inquietudes. Un vistazo al programa, la ausencia de planes financieros claros y propuestas concretas para una política cultural sostenible.

Palma quiere ser Capital de la Cultura 2031 — ¿oportunidad o promesa sin sustento?

El próximo martes una delegación viajará a Bruselas, y la administración municipal espera que el nombre Palma tenga peso en los pasillos del Parlamento Europeo. El alcalde Jaime Martínez y la presidenta de las Baleares Marga Prohens presentarán la candidatura. En el Passeig del Born, aún iluminado por un cielo matutino oxidado, escuché ayer a dos galeristas con café humeante discutir: "Por fin alguien habla de nuestros talleres", dijo una, medio contenta, medio recelosa. Ese tono resume bien cómo vive la ciudad la iniciativa: como una oportunidad, pero también como un riesgo.

¿Por qué compite realmente Palma?

La candidatura apuesta con fuerza por el patrimonio visible: la catedral, las callejuelas con palacetes urbanos, los mercados, lugares como La Llonja o la Plaça Major. Eso resulta predecible y probablemente necesario: la arquitectura se vende bien en los concursos. Lo sorprendente es la asociación con Malta, que también tiene ambiciones para 2031; la idea de una historia compartida y el intercambio transfronterizo de artistas es atractiva, pero plantea la pregunta de cuán vinculantes son esos compromisos.

Mucho más interesantes son los pasajes sobre trabajo cultural social: centros culturales en barrios como Son Canals y Ciutat Jardí, programas de residencia para jóvenes talentos, colaboraciones con escuelas. En los documentos a los que pude acceder falta, sin embargo, en varios puntos la cifra concreta que asegure de forma duradera esos proyectos. La financiación y los cronogramas claros aparecen como carencias — eso es honesto, pero no basta; la discusión sobre el presupuesto de inversiones de Palma lo pone de manifiesto.

La pregunta central: ¿queda algo más que un logo?

Esa es la pregunta guía que hasta ahora se formula poco. Un título genera atención —y visitantes a corto plazo, como indican los viajes culturales en alza en Mallorca. Para pequeños negocios en el puerto y en Portixol sería un impulso, y la dinámica portuaria es un factor clave (525 millones para los puertos de las Baleares). Los artistas locales esperan becas, los museos, una red internacional. Pero para muchos vecinos está la preocupación por el desplazamiento. Un hombre mayor en la Plaça de Cort, que dobla su periódico a diario, lo resumió así: "La cultura es importante, pero por favor nada de conciertos a las dos de la madrugada en medio del barrio".

Si el jurado solo celebra la arquitectura, Palma se quedará al final con bonitos carteles. Pero si valora la agenda social —becas para talleres, participación de los barrios, cooperaciones con municipios del interior— podría surgir algo duradero. Si se ha pensado así es algo que aún no está claro.

Lo que queda fuera del debate público

Primero: gobernanza. ¿Quién controla que los compromisos no desaparezcan tras 2031? Sin fondos contractuales, estructuras de seguimiento y indicadores evaluables, muchas iniciativas corren el riesgo de desvanecerse. Segundo: política de alquileres y espacios. La cultura necesita espacios —talleres, salas de ensayo, galerías asequibles. Esos espacios deben protegerse o los artistas se irán o desaparecerán. Tercero: turismo sostenible. Un año cultural no puede significar más aviones, más autobuses, más ruido (Premios Guía de Cruceros 2025: Palma en el foco).

Aspectos silenciosos que a menudo se pasan por alto: ¿cómo se integrarán realmente las escuelas de los barrios más pobres? ¿Cómo pueden participar los municipios rurales de la isla para que el efecto no beneficie solo a Palma? ¿Cómo evitar que las subvenciones fluyan hacia las grandes instituciones dejando a las pequeñas al margen?

Enfoques concretos en lugar de buenas intenciones

Algunas propuestas practicables que Palma aún podría incorporar: primero, un contrato de fondo vinculante con garantía de financiación plurianual —no solo para 2031, sino al menos para cinco años después. Segundo, cláusulas sociales de alquiler y modelos de uso temporal que protejan talleres y espacios culturales. Tercero, un presupuesto de participación para los barrios que permita verdadera co-decisión, acompañado de criterios de evaluación independientes.

Otras medidas: normas claras de ruido y descanso nocturno, un límite a los alquileres vacacionales de corta duración en los barrios más saturados, y un sistema de seguimiento transparente con informes anuales de acceso público. Y: convertir la conexión con los municipios del interior en una parte fija del programa, no en una mera palabra vacía.

Mirando hacia adelante

La candidatura es un momento en el que muchas voces confluyen: políticos, responsables de museos, hosteleros, las personas que hacen la vida cotidiana en los barrios. Que de ello surja un proyecto con futuro dependerá de si el ayuntamiento toma en serio las cuestiones abiertas y adopta medidas vinculantes. El jurado en Bruselas no solo mirará fachadas bonitas —querrá ver sustancia. Para eso Palma necesita más que ideas: cifras claras, garantías legales y un compromiso real con la justicia social.

El martes se celebrará la presentación. Quizá esté entonces con un café en la mano en mi cocina, escuchando las primeras reacciones en la radio y pensando en los galeristas del Born. Crucemos los dedos para que al final no sea solo un nuevo logo, sino espacios reales para la cultura —y que los palmesanos conserven su descanso.

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