
Excavadoras, terrazas y ruido de obras: Peguera entre el impulso y la paciencia
Peguera despierta: cafés y comercios abren, pero excavadoras y martillos neumáticos marcan la cotidianeidad. ¿Cuánta obra puede soportar el destino vacacional y quién carga con el coste?
Excavadoras, terrazas y ruido de obras: Peguera entre el impulso y la paciencia
¿Cuánta obra soporta un destino vacacional antes de que la temporada se resienta?
En el bulevar de Peguera se mezclan, junto al sonido de las máquinas de espresso, el ronroneo de los grupos electrógenos y el estridente traqueteo de los martillos neumáticos. En las terrazas ya se sientan los primeros clientes, las tazas suenan y los camareros colocan sillas al sol. Al mismo tiempo, hay vallas en el paseo y vehículos de obra trabajando en la calle —señales visibles de que el municipio invertirá este año con fuerza en la infraestructura.
Los datos son claros: según el Ayuntamiento, Calvià ha consignado alrededor de 3,25 millones de euros para obras de rehabilitación y embellecimiento en Peguera. El objetivo es un bulevar más moderno, mejores accesos a las calas y, en partes, la renovación de infraestructuras. Para los empleados de tiendas y muchos empresarios esto suena bien —sobre el papel. En la realidad significa, de entrada: obras, polvo y recorridos peatonales restringidos.
La cuestión central es simple e incómoda: ¿quién paga el precio de la mejora —los huéspedes, que esperan tranquilidad, o las personas que viven y trabajan en Peguera? Cuando los hoteles ya abren y los comerciantes salen antes del letargo invernal, se cruzan expectativas. Algunos comercios, como la Dream Boutique del bulevar, ya han colocado mercancía en los escaparates y han abierto las puertas; otros siguen bajo lonas y con herramientas por doquier.
Las obras se realizan por tramos, según explican desde el Consistorio, y deberán detenerse en los momentos de mayor afluencia. Es un buen enfoque, pero no basta por sí solo. En mi paseo por el lugar observé que la información para peatones es puntual: una valla amarilla, un cartel con fechas, pero casi sin indicaciones concretas para los viandantes ni avisos audibles sobre cuándo habrá trabajos especialmente ruidosos. Quienes van con carro de bebé o en bicicleta se ven obligados a tirar por la calzada o dar grandes rodeos.
En el debate público quedan fuera los pequeños problemas prácticos: ¿cómo se organizan las entregas a los cafés si faltan zonas de carga y descarga?; ¿cómo acceden los vecinos mayores a los comercios?; ¿cómo se garantiza la limpieza del paseo durante los trabajos? Tampoco se ha tratado lo suficiente la cuestión de las medidas de protección contra el ruido ni las compensaciones para los negocios cuando una terraza queda prácticamente inservible por las obras en un fin de semana.
Una escena cotidiana: a la mañana, frente al Café Pacific Bay, una mujer mayor con sombrero de sol tiene un pequeño cuaderno en el regazo. Pasa las páginas, bebe un sorbo de café y mira hacia la playa Palmira, donde el antiguo restaurante de pescado S’Oblada está vacío y se anuncia espacio para un nuevo beach club. A lo lejos se oyen las máquinas; en la caja del bar de al lado una joven empleada coloca pasteles en la vitrina. Momentos como ese muestran cuán contradictorio puede ser el empuje y la molestia a la vez.
Si Peguera quiere gestionar las obras de forma sensata, hay medidas concretas que aportan más que simples pausas en el trabajo. Primero: un plan de fases de obra accesible al público —online y colgado en puntos centrales del pueblo— con indicaciones claras de horarios y picos de ruido previstos. Segundo: limitar las tareas más ruidosas a franjas horarias establecidas entre semana para proteger los fines de semana y las tardes, cuando los clientes suelen estar en las terrazas.
Tercero: pantallas visibles contra el ruido y desvíos peatonales temporales en lugar de atajos improvisados. Cuarta medida: un interlocutor del Ayuntamiento disponible diariamente como punto de contacto para comercios y vecinos, además de medidas compensatorias a corto plazo para los negocios que pierdan facturación por las fases de obra —por ejemplo, aparcamientos con descuento o apoyo en publicidad antes y durante la temporada.
No deben faltar soluciones técnicas: baldeos con agua regular para reducir el polvo, horarios fijos de entrega coordinados con las entradas de hotel y logística de obra organizada para evitar que varias máquinas pesadas trabajen al mismo tiempo en tramos contiguos. Pequeñas medidas con gran efecto: ¿un difusor de aromas móvil delante de los cafés abiertos? No es broma —plantas bien situadas y accesos barridos ofrecen a los visitantes una sensación positiva pese a las obras.
Otro punto poco mencionado: la transparencia con los turistas. Muchos viajeros aceptan el ruido de los oficios si saben que habrá una pausa por la tarde o que los fines de semana habrá tramos más tranquilos. Un simple folleto informativo en los hoteles o un cartel en las recepciones puede reducir tensiones.
Al final importa menos la velocidad a la que rodén las excavadoras que cómo se reparte y se atenúa la carga. Peguera tiene la oportunidad de presentar una imagen más atractiva tras la temporada —si Ayuntamiento, empresas y las empresas de obra coordinan horarios, equipamientos y comunicación. Sin esa coordinación, la sensación puede ser que las inversiones solo han traído una consecuencia: más ruido.
Conclusión: las obras forman parte de la renovación. Lo decisivo es organizarlas de forma socialmente aceptable. Quien ahora acelera debe también explicar, compensar y mostrar consideración. Si no, de la primavera solo quedará el traqueteo de las máquinas, en lugar del aroma del café recién hecho en el paseo.
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